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  El trabajo hormiga (Primera parte)
  Por Carlos M. Duré

Nota relacionada:

Trabajo hormiga (seguda parte), por Raúl González.

Buenos Aires, Agencia SICLA, 14/11/02.- En 1983 la Argentina estaba en cesación de pagos de su deuda externa. Organismos estatales y medios de prensa de Estados Unidos y de las primeras potencias europeas, tenían en consideración un contagio de la mora a Brasil y México.

A los ojos de sus estrategos aparecía la sombra de un colapso financiero internacional y cierta variedad de catástrofes. Los norteamericanos llegaron a calcular cuánto tiempo podía "resistir" su país y la Argentina a frontera cerrada: EUA, 15 días y la Argentina 180.

Desde que la Argentina se declaró en moratoria unilateral de su deuda han transcurrido 11 meses, carece prácticamente de gobierno, y, no obstante, mantiene una actividad económica y una dinámica político-social que en la teoría no debería existir.

Ante el fenómeno argentino, reputados sociólogos, politólogos y economistas con premio Nobel trasladaron sus observatorios al remoto país del sur. Pero hasta el presente no han aportado mucho más que sus predecesores del 83.

Este espacio no puede hacer otra cosa que contarse entre los desconcertados por la divergente opinión de los expertos. Pero cabe preguntarse si estos no están recurriendo a métodos de análisis propios de un modelo -y aún un sistema- para comprender otro de naturaleza desconocida.

La desocupación, por ejemplo, llega con el metro antiguo a niveles de parálisis (25%) que hacen inexplicable la recuperación del mercado interno por los pequeños almacenes (los supermercados han perdido hasta un 30% de las ventas que antes monopolizaban). La misma inflación, que suele asociarse al pequeño comercio, no ha acompañado simétricamente esa traslación del mercado como sucedió en otra época. Se puede atribuir a los cuatro años de recesión, a que el consumidor traslada la mitad de sus hábitos de consumo del supermercado al almacén de la esquina (ver SICLA-Tucumán 13/11/02).

Pero eso supone la capacidad del almacenero de fraccionar su mercadería. Y esto sugiere que hay mercadería en condiciones de fraccionarse (especies sueltas) porque ya no viene del exterior férreamente envasada por una marca. Todo lo dicho es una evidencia de gente trabajando, empleada o desempleada, pero con una ocupación tan simple como poco considerada: mantenerse vivo.

El proceso de sustitución de importaciones a partir del default y la violenta devaluación, llevó a algunos sectores empresarios a calcular en seis meses cubrir la demanda interna.

En el rubro de los medicamentos, la producción de genéricos fue inmediata. La "clonación" y resurrección de computadoras llevó tres días. Una fábrica de bicicletas de Rosario fue sobrepasada en un mes por la demanda. Y al margen de los sectores exportadores tradicionales (hidrocarburos y agro), pudo advertirse al menos un reacomodamiento a las nuevas circunstancias de pequeños y medianos empresarios que ya estaban activos como proveedores de empresas monopólicas transnacionales.

Los trabajadores, en sí, aparecen en este proceso por generación espontánea según la estadística. Porque el cóctel de un 36% de capacidad industrial ocioso, un 25% de desocupación, un 50% de salario u ocupación "en negro", son cifras que no explican cómo es que sobrevivían a cuatro años de estancamiento y a una transferencia del 70% de la masa salarial a los exportadores.

La proliferación de cartoneros, de vecinos que reparan heladeras, de zapateros que rehabilitan un calzado que antes se tiraba, pero más curiosamente la cooperativización de 130 industrias y otros 1800 establecimientos, indican que ya había una fuerza productiva haciendo lo mismo que hoy se observa como un curioso fenómeno de mantenimiento vegetativo de la economía.

En la segunda parte de esta nota se analizará el caso de las empresas cooperativizadas y el destino de sus trabajadores como tales o como futuros empresarios.

Agencia SICLA.

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