Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
La clase política y sus deudas con los sectores más desprotegidos del país

El recuerdo de aquel diciembre

Por Andrea Lederer

El Municipal Lomense, Nº 76, diciembre de 2002.- Culmina el año y aparecen, inexorablemente, las sombras de lo que sucedió hace un año atrás. Por ese entonces se vislumbraban los sucesos que luego vinieron, el corralito y las protestas de los ahorristas, los saqueos y la tensión, los cacerolazos, la represión, la muerte, y un gobierno desacreditado ante la sociedad.

Y finalmente la caída de Fernando De la Rúa, mas días de miedo, de sospechas y de acusaciones cruzadas. Un gobierno que ya no era tal.

La Argentina no puede ser el mismo país después del 20 de diciembre del año pasado, o al menos no debería serlo.

Las fiestas pasaban, como también pasaban los presidentes. Y en el medio había renuncias y juras de nuevos presidentes. El dólar subía y continuaba en alza, los precios, para quien podía comprar, cada vez eran más inaccesibles, nos recordaba la tan célebre y conocida etapa de la remarcación de precios.

Los salarios se habían devaluado. El corralito, generaba a su vez bronca y más bronca, reflejada en las protestas callejeras de los que habían sufrido la incautación de sus depósitos, se buscaban nuevas formas de protesta, algunas mucho más violentas de lo imaginado. Aparecieron las presentaciones masivas de las acciones de amparo. Y en el medio de todo esto, estudios jurídicos, algunos jueces y una Corte sospechada.

En la Ciudad de Buenos Aires, los ciudadanos salían a hacer sonar sus cacerolas, mientras en los barrios más humildes del conurbano bonaerense, el temor a los saqueos, los aislaba y los inmovilizaba, quedándose a cuidar lo poco que tenían.

El cacerolazo, puso en acción, a personas que, por comodidad, porque sus intereses, no se veían afectados, o porque estaban "a salvo", no se movilizaban.

Pero existía, y sigue existiendo, otro país, otra realidad. Que desde hacía muchos años venía siendo postergada, se pasaba de ser pobre a ser indigente, se pasaba a ser un excluido del sistema social, a ser un excluido en su propia patria.

Y acá, le cabe la responsabilidad, a toda la clase política, que fue parte de los distintos gobiernos que se fueron sucediendo a lo largo de estos años.

Pareciera que el corralito, sirvió para que la clase media se diera cuenta que existían excluidos en su tierra. Que ahora le tocaba a ella, pero desde hace años, los que muchas veces no tenían voz, venían sufriendo la injusticia en un país que no los tenía en cuenta, más que como meros clientes políticos.

Empezaron las movilizaciones de los sectores medios y de las organizaciones piqueteras o movimientos barriales, todos marchaban por las calles argentinas, aún con la contraposición de los reclamos de cada uno. Esto, en cierta manera, amenazaba a la dirigencia en general, porque hasta ahora, el silencio, y la complicidad de los sectores medios, garantizaba la continuidad de una clase política que se desacreditaba cada día más.

Al cumplirse el primer aniversario del 20 de diciembre, pareciera que los sonidos de aquellos días, resuenan en nuestros oídos.

Hoy se mencionan conspiraciones, existen acusaciones cruzadas de algunos dirigentes piqueteros hacia punteros menemistas, se habla de agitadores que podrían provocar nuevamente los saqueos, El tema ha sido instalado en la opinión pública, los medios de comunicación se encargan de mostrar a comerciantes que se han armado para no permitir que esto ocurra.

El corralito se ha destrabado, el corralón aún sigue vigente y los ahorristas, algunos menos, aún reclaman. El dólar, a pesar de los pronósticos de algunos economistas, que aseguraban, que a esta altura del año rondaría aproximadamente los doce pesos, oscila entre los tres y los cuatro.

Las negociaciones con el F.M.I. siguen trabadas, por estos días el gobierno declaró un default, en algunos pagos que debían realizarse con organismos internacionales. Esto provocó la reacción de diversos sectores.

Mientras esto y muchas más cosas ocurren, el cincuenta y tres por ciento de la población es pobre y el veinticuatro por ciento es indigente, según datos de la última Encuesta Permanente de Hogares de mayo de 2002. Siete de cada diez chicos nacen en hogares pobres, y cuatro de cada diez niños son indigentes. Pobreza que no sólo es sinónimo de hambre, de desnutrición, sino que también significa falta de salud y falta de educación. Pobreza que implica la postergación de los sectores más desprotegidos de nuestro país.

Habría que preguntarse que hicimos como sociedad, ante la indiferencia de una clase política, ante una situación tan grave y extrema, que si bien no es nueva, parece haber alcanzado su punto más extremo.

Claro que hubo reclamos de algunos sectores, pero solo fueron algunas reacciones minoritarias, que no alcanzaron o no llegaron a ser escuchadas.

En esta instancia, y ya hace algunos meses, aparece la contención social de los planes Jefas y Jefes de Familia, financiados con recursos del Banco Mundial, un paliativo apenas, que permite acceder a ciento cincuenta bonos (Lecops) mensuales, para sobrellevar la crisis.

Pero habría que preguntarse porque dichos planes no llegan, muchas veces, a quienes deberían llegar. Tal vez porque no son suficientes, o tal vez porque en muchas provincias y municipios no se distribuyen como debiera; no hay que olvidar las numerosas denuncias en las cuales se mencionaron irregularidades.

Evidentemente algo anda mal, de lo contrario no habría que organizar de apuro operativos rescate, para salvaguardar la vida de tantos compatriotas.

Retomando la idea del comienzo de la nota, este diciembre encuentra un país cambiado porque nosotros somos otros, o al menos deberíamos serlo.

Mientras todo esto sucede, los partidos políticos mayoritarios se debaten en sus internas. El radicalismo habló de fraude electoral en la elección de su propio candidato a presidente. La interna en el Partido Justicialista, sigue sin definirse.

A lo lejos se sigue escuchando: "Que se vayan todos", pero de modo mucho más tibio que hace meses atrás. Un slogan sin fuerza, con matices histéricos e institucionalmente imposible. Porque la cuestión no es que se vayan todos, sino que cada uno ocupe el lugar que le corresponda, y juegue el juego de todos. Y quien no acepte estas reglas, quede fuera del juego.

Lo cierto es que, según las recientes encuestas, ningún candidato hasta el momento, tiene una porcentaje considerable de votos, que le dé la legitimidad suficiente para poder gobernar, en un país que aún tiene muchas deudas pendientes. Esto hace inimaginable creer que un solo candidato pueda cambiar la historia, y menos, si no cuenta con el respaldo mayoritario de la población.

A este país lo salvamos entre todos, o no lo salva nadie. Es hora de demostrar que sociedad y dirigencia, aprendieron la lección, aunque a veces esta última demuestre lo contrario.

Gentileza de El Municipal Lomense.

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