Bufete de Informaciones Especiales y Noticias

¡Apunten!...¡Fuego!...¡Apaguen!

Por Carlos M. Duré

Buenos Aires, Agencia SICLA, 30/ene/03 (09.59 p.m.).- Desde mediados de octubre de 2002 numerosos cuarteles de bomberos voluntarios vienen reclamando apoyo económico al Ministerio del Interior el cual, aparentemente, no reciben desde hace muchos meses.

Los bomberos voluntarios, como su nombre lo indica, no son una entidad que cobre por su labor. Por eso dependen del aporte del Estado, cuando no más frecuentemente, de colectas entre la ciudadanía. Con esos escasos fondos deben pagar los servicios básicos del cuartel, el combustible de las autobombas, reponer y mejorar el equipamiento en general.

Salvo en la ciudad de Buenos Aires -que se vale de los bomberos de la Policía Federal y de la Prefectura-; en zonas próximas a aeropuertos a bases militares en las que suele haber un destacamento de la respectiva fuerza, el resto del país depende de la capacidad de acción de los bomberos voluntarios para afrontar cualquier catástrofe, natural o artificial, o más comúnmente, cualquier accidente comprendido en un espectro que va desde la recuperación de cuerpos hasta la recuperación de un caballo caído dentro de un pozo.

La reducción de los subsidios del Estado debe interpretarse como emergente de la reducción del gasto público, condición sine qua non del reencuentro con los organismos internacionales de crédito.

Es un ajuste en extremo riesgoso cuando involucra la salud o, en el caso que se trata, la prevención y enfrentamiento de catástrofes. Es un ajuste que afecta la infraestructura del país en el punto más sensible: la seguridad.

La situación de los bomberos voluntarios es tan grave que, por ejemplo, en La Plata se verifica un escasísimo reclutamiento, aparte de las precariedades señaladas. Pero si el ciudadano fuera conciente, sabría que es él y no el bombero el que está en una situación grave, que no hay una merma en el reclutamiento- puesto que los bomberos son voluntarios-, sino una alarmante destrucción de la vocación de servicio a la sociedad.

Por supuesto que el abandono del Estado de sus responsabilidades es la musa inspiradora de toda desaprensión.

Hasta aquí, una parte del análisis. La otra debe remontarse al ataque de que fue objeto Estados Unidos el 11/9/01 bajo cuyos escombros perecieron 200 bomberos, que en ese país no son ad honorem pero que merecieron las honras de todo su pueblo.

Dicho ataque modificó abruptamente la concepción norteamericana de la seguridad continental. Debió reinstalarse en todo el continente un sistema de cooperación militar para prevenir y sofocar el terrorismo en todas sus manifestaciones, que, en la actual concepción del pentágono, son infinitas.

El problema con que tropezó el Comando Sur de Estados Unidos es el actual tránsito democrático de Latinoamérica. Una reedición del Plan Cóndor de la época nefasta se hace imposible de manera explícita, debido a numerosas leyes que prohíben la participación de las fuerzas armadas en asuntos de seguridad interior.

Una manera que permite sortear esa limitación es la intervención de las FFAA con carácter de socorristas en catástrofes naturales.

SICLA ha puesto en conocimiento de sus suscritores la coordinación de fuerzas armadas argentinas con sus pares de América del Sur y EUA para atender presuntas calamidades de la naturaleza (declaración del Brig. Mario Pergolini, en Perú). Esto les ha permitido mantener las asignaciones presupuestarias, que de otra manera, descartada sin muchos argumentos una hipótesis de conflicto originada en una potencia extrarregional, debería reducirse.

El ejército argentino ha acudido cual bombero -y esto es loable- al operativo rescate del gobierno en Tucumán. Es posible que este tipo de intervenciones al interior del país proliferen y nadie pondría reparos en ello. A menos que advirtiera que esa progresiva participación militar va ocupando paulatinamente el rol, por ejemplo, de unos bomberos voluntarios en vías de extinción por falta de recursos.

Se podría comprobar que la plata que no se les da a los bomberos se les da a los militares bajo pretexto de que cumplan la misma función.

Hubo épocas en que a los bomberos se los armaba para reforzar la represión de un desquicio social. Ahora parece que se quiere disfrazar a un militar de bombero porque ya viene armado y lo único que necesita es estar cerca del conflicto.

En un reportaje de SICLA al capitán de fragata, Engelman, del Estado Mayor Conjunto, el marino puso énfasis en el concepto de tecnología dual (de uso civil y potencialmente militar). Aparece aquí el concepto de función dual (un soldado con una manguera es un bombero y un bombero con una ametralladora es un soldado).

Puede ser que los militares -contra lo que deducen algunos periodistas- no tengan especial interés en meterse en conflictos internos. Pero de resignarse a las encíclicas del Comando Sur como únicas razones de existencia, con la mejor intención de apagar un incendio no les faltará el camarada que les acerque un balde de nafta.

El libro "De la guerra" del general Clausewitz tiene un prólogo burlón que transcribe las ininteligibles instrucciones de otro general prusiano para apagar un incendio.

Agencia SICLA.

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