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La esperanza postergada

Por Mario Teijeiro (*)

Rebanadas de Realidad - 5/5/03.- Argentina es un ejemplo más de las dificultades de los países emergentes de conciliar la democracia con un capitalismo exitoso. El fracaso del "capitalismo salvaje" de Menem ha provocado que en las elecciones del 27 de Abril la mayoría del electorado se inclinara por candidatos que apoyan ideas distribucionistas e intervencionistas. Con el probable triunfo de Kirchner vuelve el viejo modelo de redistribuir y vivir con lo nuestro. Quedará ahora López Murphy como la esperanza (postergada hasta el 2007) para transformar una democracia mafiosa en un estado de derecho y un capitalismo corporativo en un capitalismo competitivo.

Las raíces de la (aparente) incompatibilidad

Son muchos los que descreen de la posibilidad de compatibilizar un capitalismo competitivo y exitoso con la democracia. Los ejemplos de países emergentes que lo han logrado son escasos. Chile es quizás el más notable, pero aún en este caso ocurrió luego de 17 años de un gobierno autocrático como el de Pinochet. El mundo tiene muchos ejemplos de países emergentes en donde el éxito económico está (todavía) apoyado en regimenes políticos autocráticos o democracias limitadas: Singapur, Hong Kong, Korea, Taiwan y ahora la China Continental son los ejemplos más notorios. También son abundantes los ejemplos negativos, de democracias participativas que persiguen fundamentalmente objetivos distribucionistas, para ello atentan contra los derechos de propiedad, ahuyentan al capital y fracasan estrepitosamente. En Latinoamérica han sobrado los ejemplos. Nuestro ejemplo más reciente fue la presidencia de Alfonsín.

Son también muchos los que creen que los regimenes autocráticos son más capaces de enfrentar la presión del distribucionismo en países emergentes con una alta proporción de población pobre. Por el contrario, gobiernos democráticos apoyados por mayorías populares son muy propensos a ejecutar mandatos distributivos, violando en el camino los derechos de propiedad y la confianza de los inversores. Las democracias populares terminan así destruyendo el imperio de la ley (que garantiza los derechos de propiedad). También son propensos a cumplir con sus mandatos distributivos a través de políticas macroeconómicas imprudentes que destruyen la estabilidad y a través de políticas intervencionistas y proteccionistas que impiden que la economía funcione eficientemente y crezca sostenidamente.

Los países desarrollados parecen hoy un ejemplo de compatibilidad intrínseca y mutuo apuntalamiento entre capitalismo y democracia. Sin embargo, con una perspectiva histórica cabe reconocer que se movieron a regimenes democráticos participativos sólo después que el imperio de la ley (que protegía los derechos de propiedad esenciales para una economía capitalista) estuvo asentado. Por el contrario, en las democracias de países emergentes, el voto universal llegó antes que se estableciera (al menos culturalmente) el respeto por los derechos de propiedad y por el libre funcionamiento de los mercados. Las elecciones ponen en discusión todo y los derechos adquiridos de las minorías quedan sujetas a las mayorías electorales. Las constituciones preexistentes no son obstáculo. El "populismo" manda. Ningún instrumento le está vedado para alcanzar sus objetivos distribucionistas. Zimbawe bajo el gobierno de Mugabe y Chávez en Venezuela son ejemplos contemporáneos extremos. Pero no hace falta recurrir a esos ejemplos para ilustrar las prácticas anticapitalistas de las democracias populares. Nos basta con mirar la reedición de las prácticas expropiatorias del gobierno de Duhalde en el 2002.

Nuestro camino democrático

El hecho notable es que prácticamente no existen ejemplos de países emergentes que hayan transitado hacia un capitalismo competitivo dentro de un régimen democrático con participación universal. Pero también es cierto que la mera existencia de regimenes políticos autocráticos no ha garantizado la adopción de un capitalismo eficiente. Sin ir más lejos, los gobiernos militares de nuestro país fallaron en el aspecto económico tanto como lo hicieron los gobiernos democráticos que los antecedieron y sucedieron. En el mejor de los casos fueron capaces de imponer orden pero no acertaron con el establecimiento de las reglas de juego apropiadas para el éxito de un capitalismo competitivo. No removieron el estatismo ni el carácter corporativo y prebendario del capitalismo privado. Continuaron adhiriendo a políticas proteccionistas y la indisciplina fiscal y financiera los llevó a crisis como la de 1982. Su experiencia indica que el orden interno es necesario pero nunca suficiente para el crecimiento económico sostenido.

Hasta 1989 Argentina parecía condenada a alternancias sucesivas de gobiernos militares "ordenancistas" y democracias populistas, que se sucedían unas a otras a partir de las crisis económicas que producían. Pero llegó el "milagro" de Menem, quien para sorpresa de partidarios y opositores, tuvo la capacidad de orientar el peronismo, quintaesencia del populismo, hacia los principios de una economía capitalista. Desde un punto de vista conceptual, su intento tenía el mérito de intentar una salida posible para la encrucijada Argentina: congeniar los intereses de las masas populares con los principios de una economía capitalista. Menem recreó la confianza que sería posible transitar hacia un capitalismo eficiente dentro de una democracia universal con una alta proporción de pobres. El mundo emergente no registra antecedentes exitosos de esta naturaleza. Pero conceptualmente era una utopía válida.

El problema del intento de Menem es que estuvo plagado de graves inconsistencias. Fue la mezcla de "la pizza con champagne". Fue el campeón de las privatizaciones, pero creó monopolios artificiales para maximizar los ingresos del Estado y de los "gestores". En lugar de usar el producido de su venta para repagar la deuda pública, aumentó los sueldos de los empleados públicos. Intentó conciliar el capitalismo con el distribucionismo populista a favor de sus clientelas políticas. El resultado fue un capitalismo prebendario (amparado en concesiones monopólicas y protegido por el paraguas del Mercosur), un sector público sobredimensionado e ineficiente y un déficit fiscal galopante financiado con privatizaciones (primero) y endeudamiento externo (después). El colapso era inevitable. De la Rúa fue un bombero de barrio puesto a la tarea de desarmar una bomba atómica.

El fracaso de Menem fue un traspié importante en el camino hacia la conciliación del capitalismo con la democracia. Además de los costos económicos y sociales de una crisis económica formidable, hay que atribuirle a su fracaso la confusión en la que ha dejado a una gran parte del electorado, que ahora identifica al capitalismo como un régimen intrínsicamente corrupto y socialmente excluyente. La consecuencia es que en las elecciones del 27 de Abril las mayorías se han inclinado por candidatos de ideologías distribucionistas e intervencionistas.

El incierto futuro inmediato

Con la probable llegada de Kirchner se impondrá una visión arcaica y equivocada. Su visión es que hay que retornar al modelo de la producción y el trabajo y desechar el modelo de la especulación financiera que se aplicó entre 1976 y 1982 y en los 90. Le asiste parte de la razón, pues es cierto que un capitalismo exitoso no puede estar basado en la indisciplina fiscal y el endeudamiento externo que caracterizó a esas dos experiencias. Pero se equivoca cuando cree que la alternativa válida es volver al distribucionismo, al estatismo y al mercado interno. La única alternativa válida al capitalismo "trucho" y financieramente irresponsable es un capitalismo competitivo abierto al mundo, con equilibrio fiscal, un gasto público acotado y eficiente e impuestos moderados que no impidan la inversión y la competitividad.

La presidencia de Kirchner tendría inicialmente el oxigeno de un "rebote" de la actividad económica que le garantizaría quizás dos años de "éxitos". Con el crecimiento de la actividad continuará creciendo la recaudación impositiva y las posibilidades de aumentar el gasto público. Esto se logrará simplemente manteniendo el respeto por los equilibrios monetarios y fiscales que caracterizaron a la gestión de Lavagna. Pero no podrá evitar decisiones difíciles para un gobierno "progresista", como el acuerdo con los acreedores externos, el reajuste de las tarifas públicas y las compensaciones a los bancos. Si no las resuelve satisfactoriamente, le dará un nuevo golpe a la confianza y se acortará su horizonte económico. Pero en última instancia el impedimento fundamental para tener un éxito sostenido será su adhesión a ideas y políticas distribucionistas y proteccionistas.

La esperanza postergada

Después de su crecimiento electoral, Ricardo López Murphy encarna una nueva esperanza (postergada para el 2007) de conciliar democracia y crecimiento económico a través de un capitalismo competitivo y financieramente responsable. A diferencia de Menem, intentará cautivar el voto independiente de la clase media, hoy aturdida por el fracaso del capitalismo "trucho" y la corrupción con la que fue ejecutado. Su tarea será de una dificultad formidable. Arranca con sólo el 17% de caudal de votos propios y potencialmente con una parte no despreciable del voto que obtuvo Menem en la primera vuelta. En el mejor de los casos su punto de partida sería sólo un 30% del electorado. Pero su objetivo no puede ser menos que llegar al poder con un mandato mayoritario, ya que para poder gobernar tendrá que vencer las resistencias al cambio de las instituciones y prácticas corporativas de nuestra envilecida dirigencia. ¿Lo podrá lograr?

 
(*) Presidente del Centro de Estudios Públicos - Web.

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