Bufete de Informaciones Especiales y Noticias

La Renegociación de la Deuda

Por Mario Teijeiro (*)
Información relacionada:
El Federalismo cuestionado - Por Mario Teijeiro

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 28/06/03.- Hay quienes piensan que no hay que pagar la deuda pública, porque la culpa del endeudamiento no es nuestra sino del Fondo Monetario y de los financistas internacionales. En el otro extremo están quienes piensan que hay que pagarla sin quitas, pues lo que está de por medio es nuestra reputación internacional, elemento invalorable para reconstruir cualquier futuro. Pero el mundo no espera de nosotros ni un extremo ni el otro. Una renegociación realista es el camino. Habrá que buscar un equilibrio entre la magnitud de la "quita" (de capital e intereses) y el ajuste fiscal (nivel del superávit primario). Por dónde pasa ese equilibrio, es una discusión importante. Pero el tema substancial es cuál es la estrategia económica a seguir, pues sin crecimiento cualquier renegociación "exitosa" se caerá y con crecimiento sostenible, hasta una renegociación aparentemente desventajosa sería fácil de pagar. En este sentido el obstáculo fundamental es que no podremos crecer sostenidamente con políticas keynesianas y proteccionistas.

La alternativa de no pagar

Muchos sostienen la posición de no pagar en función de las responsabilidades durante el endeudamiento. Si la culpa la tuvo el FMI porque avaló nuestras políticas o los financistas porque nos prestaron imprudentemente, entonces lo que correspondería es que los acreedores carguen con la culpa y no cobren. ¿Es esta posición razonable?. Por supuesto que no lo es. La responsabilidad del endeudamiento fue nuestra, nadie nos obligó a incurrir en déficit fiscales que acumularon una deuda impagable. Somos los principales responsables del endeudamiento y del mal uso que se hizo de él. Argüir lo contrario es una actitud infantil impropia de una Nación madura. Este tipo de "defensa" de nuestros intereses lo único que logra es empeorar nuestra imagen de país gobernado por una clase dirigente irresponsable.

Otros se plantean, ¿para qué pagar?. Si el diagnóstico es que la fuente de nuestros males son los procesos de endeudamiento provocados por una clase política irresponsable y facilitada por prestamistas imprudentes, ¿no será mejor no pagar para que nunca más nos presten?. Es muy probable que si pagamos y nos convertimos nuevamente en confiables, la tentación a endeudarnos volvería a ser irresistible. Entonces la solución más segura para nuestras debilidades sería que nunca enfrentemos nuevamente la tentación, lo que ocurrirá si no pagamos y "nos borran" de los mercados financieros de por vida. Con esta lógica, un default total sería una virtud.

Pero, además de su injusticia intrínseca, el default absoluto tiene enormes dificultades prácticas y otras consecuencias indeseables. En primer lugar es imposible distinguir entre deuda interna y externa y por lo tanto está fuera de nuestro alcance "castigar" a los prestamistas foráneos y exceptuar del castigo a los tenedores locales (entre ellos, bancos y AFJP). Pero aún si pudiéramos hacerlo, cualquier política discriminatoria entre tenedores locales y externos nos pondría fuera del mundo para cualquier otro tipo de discusión. No sería posible atraer inversión extranjera con políticas que limitan los derechos de propiedad a los residentes locales. Si va a haber quitas a la deuda, estas tendrán que ser parejas para todos.

¿Pagar sin quitas?

En el otro extremo están quienes sostienen que pagar sin quitas y recuperar nuestra reputación de país que honra sus compromisos, sería un activo invalorable para nuestra recuperación. Esta posición no se sostiene por la magnitud de los sacrificios que serían necesarios para servir una deuda pública cercana a 130% del PBI. Si Argentina pagara su deuda pública de acuerdo a las cláusulas originales, el servicio de intereses rondaría 10% del PBI, correspondiendo un 60% de ese monto a tenedores del exterior. Si el nivel de transferencias al exterior alcanzara niveles tan elevados, el ajuste doméstico cristalizaría el empobrecimiento general y la falta de ahorros internos para financiar la inversión necesaria para el crecimiento. Tampoco resultaría bueno que quienes financiaron alegremente los desbordes del sector público salgan indemnes, pues sería un aliciente para volver a repetir la experiencia.

La lógica de una convocatoria de acreedores

Si las alternativas extremas del default total y del pago sin quitas son imposibles e inconvenientes, el camino realista es el de una renegociación dentro de la lógica de una convocatoria de acreedores. Dentro de esta lógica, los acreedores se avienen a reducir sus acreencias, no porque el deudor se rehúsa a pagar caprichosamente, sino porque el negocio falló y no existe capacidad de pago. La quita sobre el capital apunta a adecuar las acreencias a la magnitud del fracaso. La quita de los intereses apunta a adecuar los pagos futuros a posibilidades realistas de crecimiento económico. Lejos de mirar al pasado en busca de culpas, el enfoque positivo es la búsqueda de un compromiso dentro de las posibilidades del país.

Dentro de esta lógica, será necesario encontrar un equilibrio entre sacrificio de los acreedores (quitas de capital e intereses) y ajuste del sector público (aumentos en el superávit primario). Serán necesarias ambas cosas, la pregunta es cuál es la combinación razonable. ¿Es necesaria una quita del 30% o una del 60%?. ¿Es necesario un superávit primario de 2.5% del PBI o uno de 5% del PBI?. Cuánto menor sea la quita, mayor será el ajuste interno (el superávit primario) necesario. Pero cuando mayor sea el superávit primario, menos ahorro quedaría internamente para invertir y crecer. Lo ideal es encontrar una combinación que nos permita crecer, pues sólo con crecimiento sostenido habrá margen para mejorar la situación económica y social y pagar la deuda. Por el contrario, sin crecimiento no mejoraremos la situación económica interna y cualquier reestructuración se caerá. ¿Cómo hacemos para encontrar un ajuste compatible con un crecimiento sostenible?.

La clave es una estrategia de crecimiento sostenible

No podremos volver a los mercados voluntarios de deuda (pagando tasas razonables como las de Méjico) hasta que nuestra deuda no haya bajado a alrededor del 25% del PBI. Pero con una deuda del 130% del PBI, nuestro país tiene muchos años por delante para normalizar su deuda (en el sentido de ser capaz de volver al mercado voluntario y pagar tasas bajas). En la medida que el tipo de cambio se aprecie moderadamente, tengamos un crecimiento "por rebote" importante en los próximos dos años y la deuda en default tenga una quita importante, la deuda hacia el 2005 se vería reducida a alrededor de 80% del PBI. De ahí en más, la única manera de reducirla al 25 % del PBI será con 15 años de un crecimiento sostenido del 4% por año. ¿Es esto posible?. En los últimos 25 años hemos crecido sólo el 0.9% por año. Brasil que es nuestro modelo, creció en el mismo período al 2.6% por año. Europa lo hizo al 2.1% y Estados Unidos, con todos los capitales y materia gris que atrae, lo hizo al 3.1%. Para encontrar ejemplos de países que crecen a más del 4% tenemos que recurrir a modelos como los de los países asiáticos o Chile, que a partir del 84 creció a un ritmo anual del 5.4%.

¿Podemos pagar con políticas keynesianas?

Mientras el Fondo y los acreedores presionan por un ajuste importante que permita una menor quita sobre la deuda, es lógico que el gobierno argentino defienda una posición de menor ajuste interno y mayor quita. Pero un menor ajuste (un menor superávit primario) no asegura un mayor crecimiento sostenido. Durante la década del 90 tuvimos enormes déficits que sólo sirvieron para crecer por un rato en base al gasto interno, hasta que el financiamiento se agotó y sobrevino el colapso. El hecho es que no podremos crecer sostenidamente ni pagar la deuda renegociada con políticas keynesianas que se orientan a reactivaciones del mercado doméstico a través del gasto público. Para esta estrategia el límite al crecimiento fácil está muy cercano, se llega apenas toquemos el límite de la capacidad ociosa. A partir de ahí nos estancaremos por falta de ahorro e inversión productiva y por las limitaciones del mercado interno.

Si pagamos menos y nos quedan más recursos internos, podremos generar crecimiento sustentable sólo si dedicamos esos recursos a inversiones privadas que generan o ahorran dólares. Esto se hace con un tipo de cambio competitivo (como el actual), con aranceles de importación uniformes y muy bajos y con una política fiscal que dedique la mayor parte del crecimiento de la recaudación a bajar impuestos para eliminar distorsiones, mejorar la competitividad de la economía y darle recursos al sector privado para invertir. Necesitamos negociar un superávit primario de (sólo) 2.5% del PBI para eliminar impuestos y reducir tasas impositivas, no para aumentar el gasto público improductivo.

¿Pagar sólo con crecimiento?

El gobierno Argentino ha lanzado la idea de condicionar los pagos de la deuda al crecimiento económico. Esta es una idea atractiva desde nuestro punto de vista, pues pagaremos más si crecemos y menos si nos estancamos. Convertiríamos a los acreedores en socios. ¿Pero esta propuesta les resultará atractiva?. Hay varios inconvenientes para convencer a los acreedores de esta idea. La primera es que los mercados internacionales no han desarrollado este tipo de instrumentos y pueden resultar muy ilíquidos para sus tenedores. El segundo problema es que los pagos de la deuda quedarían supeditados a lo que el mismo gobierno argentino diga que fue el crecimiento económico. Con nuestros antecedentes, las sospechas de "contabilidad creativa" no serían un impedimento menor. Por último y más importante, los acreedores tendrían que aceptar quitas ciertas muy importantes a cambio de una mejora potencial en sus acreencias si Argentina crece. Pero con nuestra historia (30 años de estancamiento) y la ideología estatista y proteccionista de este gobierno, ¿cómo se los convence que esta vez Argentina crecerá sostenidamente?.

Una negociación difícil

El Fondo Monetario parece decidido sólo a negociar un programa de largo plazo que incluya reformas estructurales esenciales para el crecimiento. La renegociación de la deuda, la solución del problema bancario y la renegociación de las tarifas de empresas privatizadas son elementos cruciales para reinsertar a Argentina dentro del mapa de países en los cuales resulta atractivo invertir. Pero aún resolviendo estos temas satisfactoriamente, estaríamos (en el mejor de los casos) de vuelta en la situación de principios de los 90, cuando atrajimos capitales a raudales. Sin embargo esa experiencia nos enseñó que no es sólo cuestión de atraer capitales sino también de invertirlos bien y no malgastarlos en gasto interno que no genera capacidad de repago.

La única posibilidad que todos (acreedores y deudores) ganemos es que Argentina crezca sostenidamente. El gobierno Argentina hace bien en defender posiciones que eviten un superávit primario exagerado. También hace bien en procurar quitas importantes y pagos futuros (de alguna manera) relacionados con el crecimiento de la economía. Pero su debilidad radica en su enfoque estratégico. No se sostiene que haya que hacer menos superávit primario para aumentar el gasto público y recuperar el mercado interno. Tampoco se sostiene argumentar que Argentina crecerá a tasas sostenidamente altas abrazando las políticas proteccionistas e intervencionistas de Brasil.

Será una negociación difícil y probablemente prolongada. Lo importante es que tanto el Gobierno argentino como el Fondo Monetario y los acreedores reconozcan que para que Argentina crezca sostenidamente tiene que seguir una estrategia económica similar a la chilena (apertura unilateral con tipo de cambio competitivo y un sector público austero y con impuestos bajos) y no el modelo brasilero. Esta elección es lo que marcará nuestro nivel de crecimiento y capacidad de pago. Si no lo reconocemos y sellamos un acuerdo dentro del marco de una estrategia proteccionista y estatista, más allá del crecimiento por "rebote" de los próximos dos años, deambularemos entre el estancamiento y un crecimiento mediocre. La deuda renegociada será entonces penosa de pagar y probablemente tenga que ser (nuevamente) renegociada.

 
(*)Presidente del Centro de Estudios Publicos.

Rebanadas de Realidad - Envíenos sus comentarios e informaciones