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Una nueva oportunidad

Por Mario Teijeiro
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 25/07/03.- La primera visita del Presidente Kirchner a Washington ha servido para construir confianza mutua, a costa de evitar los temas conflictivos. Pero con el tiempo decisiones cruciales con respecto a temas como la lucha contra el terrorismo internacional, no podrán evitarse. Otro caso crítico, y el más trascendente de la agenda, será la Asociación de Libre Comercio de las Américas. El ALCA le ofrece a Argentina una nueva oportunidad de insertarse apropiadamente en la globalización. Es la oportunidad de abrirnos al comercio y crecer rápidamente como lo hizo Argentina a principios del siglo XX y como lo están haciendo los países asiáticos y Chile. ¿Aprovecharemos esta nueva oportunidad, superando la retórica "setentista" de estos primeros meses de gobierno?. O por el contrario, ¿nos abrazaremos a Brasil y sus políticas proteccionistas, como si fuéramos un nuevo Estado (brasilero) del Río de la Plata?.

Un poco de historia

Insertada en la globalización comercial de la mano de Inglaterra, Argentina fue a principios del siglo XX la cuna del progreso que atrajo a millones de inmigrantes. Pero la crisis del año 30 y la guerra mundial despertaron en nuestro seno vicios populistas y totalitarios que habían quedado ocultos por el fenomenal éxito económico. Después de la segunda guerra mundial, Argentina quedó marginada de los mercados mundiales, entrando en un proceso de autarquía y estatismo que nos llevó a una decadencia sin precedentes en un mundo que prosperó espectacularmente después de finalizada la segunda guerra mundial.

Desde el punto de vista de nuestra política exterior cometimos la enorme contradicción de simpatizar con el nazismo y el fascismo, cuando nuestros intereses económicos estaban fundamentalmente asociados con Inglaterra y el mundo libre. A diferencia de Brasil, nos negamos a aportar tropas para apoyar a los aliados. Las simpatías de nuestros militares estaban con los totalitarios. Desde el punto de vista económico y político interno, abrazamos el proteccionismo y el distribucionismo. Desarrollamos nuestro propio capitalismo corporativo, dependiente de la protección y los negocios con el Estado, a imagen y semejanza del modelo fascista. Después de la guerra dejamos de ser el socio confiable proveedor de alimentos. Luego la política agraria europea nos dió el golpe de gracia. Poco a poco se extinguió la posibilidad de extraer rentas del sector agropecuario para financiar el estatismo y el mercado interno para la industria protegida.

El fracaso evidente del proteccionismo distribucionista provocó intentos aislados de reinserción en la globalización. Primero fue el intento desarrollista de Frondizi, reabriendo los mercados locales a la inversión extranjera. El aporte de esta estrategia fue marginal, ya que estaba limitada a desarrollar una industria interna con un mercado sin economías de escala. El proteccionismo vedaba la posibilidad de inversiones orientadas a la exportación. Los otros intentos de reinserción en la globalización, la gestión de Martínez de Hoz y la etapa de la Convertibilidad, terminaron en fracasos rotundos. La razón fue que constituyeron reinserciones erróneas, basadas en un endeudamiento externo (a tasas altas) destinado a financiar gasto público improductivo, consumo privado o inversiones en sectores domésticos que no generaban capacidad de repago en dólares.

La lección de nuestra historia, avalada por el ejemplo de los países emergentes exitosos, es que la única oportunidad de crecer está en una inserción apropiada en la globalización. No vamos a crecer sostenidamente volviendo al proteccionismo y al mercado interno, ni recurriendo al endeudamiento externo (si es que los prestamistas desearan algún día retornar). La única inserción genuina y provechosa será a través de un comercio libre con los mercados de mayores ingresos, ya que ellos tienen el poder adquisitivo para proveer mercados amplios y buenos precios. A semejanza de una familia, que primero debe buscar empleos en el mercado y luego ahorrar una parte importante de sus salarios para progresar, el círculo virtuoso del crecimiento de un país requiere primero generar ingresos importantes a través de la exportación y luego ahorrar e invertir una parte sustantiva de esos mayores ingresos. Lo que distingue a los países de alto crecimiento es el aumento de su comercio exterior y el aumento de sus tasas de ahorro e inversión. Por el contrario, los países decadentes son los que se cierran al comercio y peor aún, los que además destruyen el ahorro y la inversión a través de políticas expropiatorias y distribucionistas.

Intereses e impedimentos ideológicos

La evidencia mundial es abrumadora a favor de la apertura y de políticas que no atenten contra la inversión productiva. Sin embargo no está para nada claro que vayamos a aprovechar la oportunidad que nos brinda la iniciativa del ALCA. Parece que estamos más cerca de continuar encerrados en el Mercosur y compartir con Brasil nuestras miserias latinoamericanas. La retórica "setentista" está a favor de fortalecer el Mercosur, llegar a la moneda única y aún al Parlamento común. ¿Se trata de una retórica negociadora, que intenta mejorar el posicionamiento para una negociación con Estados Unidos que en definitiva se hará de buena fe y con intención de llegar a la integración americana?. O por el contrario, ¿hay una convicción íntima de que el ALCA es inconveniente para nuestros países y la intención es negociar duramente como para no acordar?.

Si, como sospecho, no hubiera buena fe negociadora, cabría preguntarse cuáles son las razones de fondo para esa oposición. ¿Es nuestro rechazo a las "políticas imperialistas" americanas?. En parte lo es. A pesar de que Estados Unidos derrotó al totalitarismo nazista en la segunda guerra mundial, al totalitarismo soviético en la guerra fría y es el sostén militar de un mundo libre que fue liberado pero no conquistado, vemos a Estados Unidos como la amenaza imperial a la que hay que oponerse. Afganistán e Irak son planteados como ejemplos de una típica política imperialista conquistadora, en lugar de una nueva política preventiva ante la vulnerabilidad del mundo libre frente al terrorismo internacional. A pesar de haber sufrido antes que nadie las consecuencias del terrorismo internacional (Embajada de Israel y Amia), parece que seguimos ignorando la importancia de este tema para el mundo libre.

Pero los intereses económicos y la ideología política interna son también explicaciones críticas para la oposición que despierta el ALCA y cualquier otro modelo "aperturista". Nuestros industriales protegidos (muchos de ellos de capital extranjero, como la industria automotriz) no quieren competir, pues están cómodos con un tipo de cambio competitivo y las barreras arancelarias del Mercosur. Admiran la capacidad de lobby de los industriales brasileros y por eso prefieren atar nuestras políticas a las de un país proteccionista e intervencionista como Brasil.

El rechazo a la apertura y al ALCA es también masivo entre los dirigentes sindicales y políticos. Ellos viven de un Estado grande e impuestos altos, sea para financiar su política clientelista de burocracias inútiles, de los planes trabajar o el negocio de las obras sociales sindicales. Intuyen (correctamente) que un país puesto a competir y crecer no puede darse el lujo de seguir con el lastre de un sector público sobredimensionado e ineficiente. Prefieren la "solidaridad" con los ñoquis y corruptos antes que un "darwinismo" de mercado que premie a los más capaces y esforzados (tanto en el sector público como en el privado) y por lo tanto termine con sus corruptos privilegios. No se dan cuenta que sus prebendas, además de ser un lastre para el crecimiento económico, son absolutamente inequitativas, ya que los impuestos no lo pagan los capitales y las personas de altos ingresos (que emigran cuando no obtienen lo que quieren) sino los pobres trabajadores privados que reciben salarios de miseria, cuando no están desempleados.

La importancia del ALCA

El objetivo económico esencial debe ser el libre comercio con todos los países que quieran hacerlo, no una asociación preferencial con Estados Unidos que nos impida oportunidades comerciales con el resto del mundo. Afortunadamente las preferencias frente a otros países no es algo que Estados Unidos reclame desde una posición "imperialista". Chile ha ingresado al Nafta con aranceles muy bajos frente a todos los demás países. Méjico ha continuado celebrando acuerdos de libre comercio con quienes ha querido. El ALCA no es cuestión de convertirse en un Estado más de Estados Unidos, como algunos pretenden caracterizar. Es sí la oportunidad de que se nos abran los mercados de la primera economía mundial. Es también la oportunidad para tomar una decisión irreversible a favor del libre comercio, que es el punto crítico para que Argentina vuelva a crecer sostenidamente.

¿Pero qué hacemos con el Mercosur?. Si Brasil está genuinamente dispuesto a entrar en el ALCA y a abrirse al comercio con aranceles muy bajos y sin otras protecciones artificiales, bienvenida sea la continuidad del Mercosur. En caso contrario, debemos privilegiar nuestros intereses y esos intereses están indudablemente asociados con el libre comercio. Por supuesto estoy hablando del interés general de los argentinos, no de los intereses de la dirigencia política, sindical y empresarial que por décadas ha vivido de la protección y de la intervención estatal.

Corporativismo y comercio libre

El Presidente Kirchner ha asumido con la convicción y el compromiso de enfrentar a los lobbies empresarios y dejar atrás un capitalismo prebendario. Bienvenido sea con estos principios. Pero da la impresión que estuviera sólo en contra del corporativismo del sector financiero y de los servicios pero a favor del corporativismo "productivo". Sería óptimo que tomara conciencia que todos los corporativismos son potencialmente malos (cuando influyen para diseñar políticas públicas orientadas sólo por sus propios intereses) y que todos los empresarios son potencialmente benignos (cuando enfrentan condiciones competitivas). No se trata de reemplazar el corporativismo de los servicios (asociado al endeudamiento, el tipo de cambio atrasado y las privatizaciones monopólicas de los 90) por el corporativismo productivo (del viejo modelo del proteccionismo y la distribución). Dejar atrás el corporativismo requiere tratar al empresariado como si tratara de hijos que se pretende formar adecuadamente. Se debe equilibrar el amor protector (la seguridad jurídica y la estabilidad de las reglas de juego) con la firmeza en establecer límites (a las demandas por protecciones estatales). Se debe tratar equilibradamente a todos los empresarios y tener la capacidad de resistir sus "manipulaciones" para sobrepasar los límites que debe tener un capitalismo competitivo.

Pero la tarea de terminar con el corporativismo empresario no se puede realizar fuera de las reglas de la competencia. De lo contrario se entra en el mundo de la subjetividad, con gobiernos que optan entre empresarios buenos y malos, entre sectores "productivos" y "parasitarios". La inestabilidad de las reglas y el riesgo de las inversiones se maximiza, pues la subjetividad cambia con los Presidentes y los Ministros de turno. Las reglas competitivas del mercado son las únicas políticas de Estado que proveen un marco objetivo y estable para la inversión. En este sentido el comercio libre es la regla madre para la competitividad. Evitar los monopolios artificiales internos así como las ventajas impositivas y presupuestarias a favor de determinados sectores, son complementos insoslayables.

Con la iniciativa del ALCA, el gobierno del Presidente Kirchner tiene una oportunidad histórica para reinsertar adecuadamente a nuestro país en la globalización. Para aprovechar esa oportunidad deberá tomar conciencia que para lograr un capitalismo competitivo y un crecimiento alto y sostenible es imprescindible una adhesión genuina al libre comercio. Si se convence, deberá también utilizar su carácter para enfrentar las resistencias de los intereses corporativos internos. ¿Querrá hacerlo?. ¿Podrá hacerlo?.

(*)Presidente del Centro de Estudios Publicos.

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