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26 de Julio de 1952: "Eva Se Va"

Por Roberto Bardini

Rebanadas de Realidad - BambuPress, 26/07/03.- El 15 de enero de 1944, un violento terremoto sacude la provincia de San Juan. En minutos, mueren 10 mil personas. El entonces coronel Juan Domingo Perón, secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y director de Aeronáutica Civil, ordena el socorro a las víctimas. La maquinaria bajo su cargo se pone en marcha inmediatamente. Su popularidad aumenta.

Una semana después, en un festival artístico realizado en el Luna Park a beneficio de los damnificados, el viudo de 48 años conoce a una atractiva actriz de segunda línea, de apenas 24: María Eva Duarte. Cuentan que cuando el coronel Aníbal Imbert, amigo de Perón, los presentó, ella le dijo: "Gracias por existir, mi coronel". Después, el militar y la artista se fueron a cenar juntos.

Ninguno de los dos podía saberlo en ese momento, pero a partir del día siguiente la historia argentina tomó otro rumbo. Sus efectos, como una prolongada onda expansiva, perduran hasta hoy.

María Eva Duarte falleció nueve años después, a los 33 años. En ese corto tiempo despertó pasiones a favor y en contra, y dividió en dos a la sociedad argentina. Generó desprecio y admiración, fue odiada desde las vísceras y amada con fervor casi religioso. Conquistó el corazón de hombres y mujeres de la clase trabajadora mientras despertaba el rencor de los sectores medios y altos. Considerada "santa" por unos y "resentida", "arribista" o "puta" por otros, nadie pudo quedar indiferente frente a su paso por la política. Quizá fue esa vocación -en la que mezcló ternura y furia, sed de venganza y hambre de justicia- terminó por consumirla precozmente en su propio fuego.

Una chica de pueblo

Evita nació el 7 de mayo de 1919 en un rancherío cercano a Los Toldos, una pequeña localidad provinciana a 300 kilómetros al suroeste de Buenos Aires. Resultó la menor de cinco hermanos. La partera fue una indígena integrante de un desprendimiento mapuche, llegado desde Chile bajo el liderazgo del cacique Coliqueo.

Frente al rancherío estaba la estancia La Unión, propiedad de Juan Duarte Echegoyen, casado y padre de tres hijas, cuya familia vivía en Chivilcoy. La madre de Evita, Juana Ibarguren, había trabajado desde los 15 años como cocinera del "vasco" Echegoyen. Y también, obligada por las circunstancias, le había aliviado las largas temporadas de soledad. Como resultado de esas uniones nacieron Elisa, Blanca, Erminda, Juan y María Eva.

Un día, Echegoyen se fue para siempre a Chivilcoy. Juana Ibarguren se trasladó con sus cinco hijos a Los Toldos, alquiló una casa de una sola habitación con piso de tierra y, para sobrevivir, se dedicó a coser a máquina ropa de campo. Los niños tuvieron una infancia con carencias y sin alegrías. Con la esperanza de mejorar, en 1930 la mujer se mudó a Junín, una ciudad más grande.

La situación mejoró un poco. Elisa, la mayor, era empleada de correo y al principio todos subsistieron con su sueldo. Después, Erminda -la tercera- logró un puesto de maestra y Juan consiguió empleo en una fábrica de jabón. Juana Ibarguren adquirió unas cuantas mesas y sillas abrió un negocio de comida casera.

Para entonces, Evita había terminado la escuela primaria. En lo que más se había destacado la menor de los Duarte fue en Declamación. Cuentan que cuando recitaba hacía llorar de emoción a sus compañeras de curso. Soñaba con ser actriz.

La calle es dura

En enero de 1935, a los 16 años de edad, Evita se va a Buenos con la expectativa de convertirse en una estrella de cine y salir de la miseria. La experiencia resulta más dura: sin dinero ni relaciones, recorre agencias de colocación y trabaja como modelo de publicidad. Pasa hambre, vive en oscuras pensiones. Con grandes sacrificios pero sin amilanarse, toma cursos de actuación dramática y ese mismo año debuta en una compañía teatral. Actúa de criada en la comedia "La señora de Pérez" y la única frase que pronuncia en toda la obra es: "La mesa está servida".

Gracias a su perseverancia, Evita obtiene pequeños papeles en el teatro y en el cine pero pasa inadvertida para directores y productores. Tiene suerte en una actividad que ella no elige: en 1939, es contratada como locutora en Radio Belgrano, que entonces es la más importante de Argentina. Aunque el trabajo no tiene mucho que ver con sus aspiraciones artísticas, por primera vez en mucho tiempo vive cierta seguridad económica. Su especial tono de voz le facilita el acceso a radioteatros, donde se hace conocida. Es figura central en una serie histórica sobre mujeres: Isabel de Inglaterra, Catalina de Rusia, Lady Hamilton. Y sus fotos comienzan a salir publicadas en "Sintonía", la principal revista de espectáculos de la época. Evita tiene apenas 20 años de edad.

En la radio la sorprende el terremoto de San Juan de enero de 1944 y poco después conoce a Perón en el festival artístico a beneficio de las víctimas. Con tenacidad, colabora con la acción que el entonces coronel despliega desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, y comienza a dirigir un nuevo programa: "La hora social". En su audición, Evita se dirige a los trabajadores, a las mujeres y a los humildes, y describe los esfuerzos de Perón por construir un futuro mejor. En menos de un mes, su voz cálida y levemente ronca es una de las más populares del país.

Una fiera herida

En junio de 1945, Perón es designado vicepresidente. Pero el 9 de octubre, oficiales del ejércitos instigados por el embajador norteamericano Spruille Braden y celosos de su carisma, lo destituyen y arrestan.

Durante las tensas horas que transcurren entre la detención y el anuncio de que se encuentra "internado" en el Hospital Militar, María Eva Duarte se transforma en una fiera herida. Hace una llamada telefónica tras otra, se reúne con políticos, periodistas, camaradas de armas de Perón, gremialistas. Se sube a un automóvil y se hace llevar de un lado a otro de la ciudad. Discute, persuade, hierve de furia, derrama lágrimas, promete, insulta a los gritos.

En menos de lo que canta un gallo ha convocado a su alrededor a un grupo numeroso, selecto y leal de hombres de ideas y acción. Luego de hablar con ella, cada uno parte a su cuartel, sindicato, barrio, radio, periódico o centro de actividades políticas.

En la noche del 12 de octubre, Perón es confinado en la isla Martín García. Oficialmente se informa que la finalidad es "preservar su seguridad".

En la madrugada del 17, los obreros que desde el día anterior esperan una resolución de la Confederación General del Trabajo (CGT), se lanzan a las calles mientras sus dirigentes se meten en la cama. Los asalariados imponen de hecho una huelga general sin esperar la fecha fijada por la adormilada conducción de la CGT. La decisión se extiende a otros puntos de la ciudad, las provincias, el país.

El día anterior, un médico militar amigo de Perón le diagnostica una (falsa) pleuresía y convence al alto mando del ejército de regresarlo a Buenos Aires para tratarle la "afección". A las 6:30 de la mañana del mismo 17, después de cuatro horas de navegación, llega a la Capital Federal la lancha que conduce al prisionero y su custodia. Lo llevan al Hospital Militar Central y lo "internan" en el quinto piso.

El 17 de octubre de 1945

El día avanza. Como ríos, pequeños grupos se unen y se transforman en compactos torrentes que marchan hacia la histórica plaza. Algunos manifestantes comienzan a gritar: "¡Aquí están, éstos son, los muchachos de Perón!". Otros, agotados por la larga caminata y el calor, se quitan los zapatos y sumergen los doloridos pies en las fuentes de agua. (Tiempo después, el legislador Ernesto Sanmartino, de la Unión Cívica Radical, calificará a los seguidores del coronel como un "aluvión zoológico").

A las 11:10 de la noche, Perón se presenta en el balcón de la Casa Rosada. Aclamado, habla a la multitud cuando faltan diez minutos para la medianoche. A partir de aquella tensa jornada, sus palabras y actitudes determinarán la política argentina hasta el día de su muerte, tres décadas después.

El 21 de octubre de 1945, a los cuatro días de su liberación, el militar cincuentón se casa la actriz de 26 años. Juntos, inician la campaña electoral que lo llevará a la Casa Rosada. Perón gana las elecciones presidenciales cuatro meses después y asume el 4 de junio de 1946. Treinta días antes ha sido ascendido a general.

"Unas viejas de mierda"

Desde el primer año de gobierno, Evita despliega una actividad permanente. Se levanta a las siete de la mañana, desayuna y comienza a atender en la residencia presidencial. Recibe a hombres que buscan trabajo, a mujeres con niños que solicitan alimentos o dinero y a ancianos que piden medicamentos. Después, pasa por la casa de gobierno, conversa unos minutos con su marido y parte hacia la secretaría de Trabajo, que tiempo después se transforma en ministerio. A mediodía come algo liviano y continúa hasta las 11 de la noche. Los policías de civil que la custodian, divididos en dos turnos, no pueden seguirle el ritmo y terminan agotados.

Como Primera Dama, aspira a que la nombren presidenta honoraria de la Sociedad de Beneficencia, un cargo que tradicionalmente se otorga a la esposa del presidente de la Nación. Pero las aristocráticas señoras que integran esa entidad -quienes la denominaban despectivamente "La Perona"- no le dan el gusto. "Es demasiado joven", pretextan, y retienen la presidencia. Ella les devuelve la cortesía: "Son una viejas de mierda".

Poco después, el 8 de julio de 1948 se crea la Fundación de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón, más conocida como Fundación Evita. Al principio, los fondos son exiguos; luego comienzan a llegar donaciones bajo la forma de giros postales, sobres con dinero, encomiendas con ropa, paquetes con medicinas. Los recursos aumentan considerablemente cuando ella comienza a presionar personalmente a ciertos comerciantes, empresarios y hombres de negocio.

Evita Capitana

Rápidamente se establece una marcada diferencia entre la asistencia social de la Fundación y la ayuda de las sociedades de beneficencia. En su "Historia del peronismo (1943-1951", el antiperonista Hugo Gambini reconoce: "El nuevo organismo inició la construcción de hogares de tránsito, escuelas de enfermeras, ciudades estudiantiles, colonias de vacaciones, hogares para ancianos y clínicas de recuperación infantil. La mayor inversión fue canalizada hacia la edificación de mil escuelas en todo el país y la habilitación de modernas policlínicas en el Gran Buenos Aires y las provincias del norte y del litoral. Pero su éxito más espectacular lo constituyó la organización y financiación de los Campeonatos Infantiles Evita, que permitieron a millares de niños calzarse medias y zapatos por primera vez, y ser revisados por un médico".

Evita hace adquirir "Democracia", un diario fundado a fines de 1945. A partir de 1948, ella publica varios artículos con su firma. Ese año, bajo el título "Ayuda social sí, limosnas no", responde a las críticas de las iracundas damas de la Sociedad de Beneficencia: "Para los que acusan, bueno es recordarles que la ayuda social que ahora se practica nada tiene de común con la de antes. No llega a manera de limosna como caso excepcional, ni tiene antifaz de pensión graciable. No se hace para cubrir los gastos de un lujoso departamento o del cuidado de un perrito de raza".

El 12 de enero de 1950, Evita es operada de apendicitis. Los análisis evidencian que tiene un cáncer. Cuando los médicos le sugieren extirparlo, ella los manda al diablo y continúa con sus actividades. Mientras se vuelve más delgada y débil, extiende su ritmo de trabajo hasta horas de la madrugada. Le quedan poco más de dos años de vida pero ha decidido seguir adelante, mientras se consume en su propio fuego.

La mujer que no ha logrado convertirse en una estrella de cine ni obtener títulos formales de estudio ha acumulado, a los 31 años de edad, una serie de distinciones populares que sobrepasan con creces sus vaporosas ensoñaciones de adolescente provinciana: Abanderada de los Humildes, Mártir del Trabajo, Jefa Espiritual de la Nación, Santa... Incluso le han compuesto una marcha: "Evita capitana".

"Viva el cáncer"

La frase apareció pintada en las paredes de los barrios elegantes de Buenos Aires cuando trascendió que Evita padecía una afección terminal. Así se manifestaba la también refinada "oposición democrática".

El cáncer de útero le provocaba terribles dolores a esa mujer de 33 años, de rostro pálido, ojeroso y demacrado. Los médicos la mantenían en calma con un sedante tras otro. Había ido perdiendo belleza, la voz y la fuerza. En sus últimos días de vida pesaba 35 kilos. Cuentan sus hermanas que la última frase que pronunció, casi inaudible, fue: "Eva se va". Y se quedó dormida. Pocas horas después, su corazón dejó de latir.

En la noche de ese 26 de julio de 1952, la voz de un locutor anunció por la cadena nacional de radio: "Son 20.25, hora en que Eva Perón entró en la inmortalidad".

En algunas mansiones de Barrio Norte y la Recoleta se destaparon botellas de champán y se alzaron las copas. Mientras los patrones festejaban -como relató el sorprendido escritor Ernesto Sábado- en cocinas y cuartos de servicio las sirvientas, choferes y mucamas lloraban en voz baja.

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