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Evita y las milicias sindicales

Por Roberto Bardini

Rebanadas de Realidad - BambuPress, 27/07/03.- Una pequeña historia transformada en leyenda se transmite de boca en boca durante años dentro de la militancia peronista. En septiembre de 1951, un grupo de oficiales intentó dar un golpe de Estado contra el gobierno del general Juan Domingo Perón. En los cuarteles militares y bases navales se conspiraba contra un presidente al que se calificaba sucesivamente como "nazifascista", "socializante" y "populachero".

Evita, que desconfiaba de la lealtad de las fuerzas armadas, le expuso al dirigente gremial Armando Cabo, de la Unión Obrera Metalúrgica, un plan para crear milicias sindicales. Y en el más estricto secreto, lo responsabilizó por su ejecución directa.

Ella había viajado en 1947 como embajadora especial del gobierno justicialista por España, Francia, Italia, Portugal y Suiza. En uno de esos países -sostiene una versión- se enteró que en Bélgica existía un lote de armas cortas utilizadas en la Segunda Guerra Mundial y que estaban en venta. Lo cierto es que la Fundación Eva Perón dispuso, en ese mismo mes de septiembre en que se produjo el intento de golpe de estado, una compra que preocupó al ejército: 5 mil pistolas y mil 500 ametralladoras para la formación de milicias obreras. El intermediario de la transacción comercial era el príncipe Bernardo de Holanda.

Casi tres décadas más tarde, la historia volvió a ganar actualidad. En 1974, Dardo Cabo, hijo del sindicalista metalúrgico, era director de la revista "El Descamisado". El 30 de julio de ese año publicó un artículo titulado "Evita combatiente: La milicia peronista", en el que agregó otra versión:

"En su viaje a Europa, Evita había hecho una rara amistad con la familia real holandesa. Les contó toda la experiencia peronista a los reales gobernantes y les planteó la necesidad de que el pueblo se defendiera contra sus enemigos. Los debe haber convencido, porque concretó la compra de un cargamento de armas que iban desde pistolas hasta morteros, utilizadas en la Segunda Guerra Mundial y que Holanda tenía en subasta".

Dardo Cabo explica en su nota que se basó en los relatos de su padre pero comete un error quizás involuntario: la gira europea de Eva Perón no incluyó Holanda. Algunos consideran la posibilidad de que la Primera Dama haya conocido a la pareja real holandesa en cualquiera de las cuatro capitales que visitó: Madrid, París, Roma y Berna. Algunos especulan que cuando ella estuvo en Suiza pudo contactarse discretamente con representantes del príncipe Bernardo, quienes poseían en Ginebra una discreta oficina dedicada al comercio de armamento.

El historiador peronista Enrique Pavón Pereira afirma que esas armas nunca existieron. Dice son un mito del que todos hablan y nadie presenta pruebas. Basa sus afirmaciones en el hecho de que no existen boletas de compra, ni permisos de importación, ni papeles de la aduana.

Se atribuye a Perón la frase de que este historiador "es más Pavón que Pereira". Por las circunstancias históricas del momento, no es improbable que la adquisición de pistolas y ametralladoras se haya llevado a cabo como una operación encubierta. Si realmente se efectuó la transacción, resulta ingenuo esperar hallar evidencias como boletas y permisos.

Atilio Renzi, mayordomo de Perón y Evita en la residencia presidencial, aseguró que tenía conocimiento del plan de la Primera Dama para crear las milicias sindicales y suministrarles armamento. Renzi asegura, incluso, que fue testigo de conversaciones entre ella y algunos dirigentes de la CGT.

"Lo que muy pocos saben del asunto, si es que aún queda algún sobreviviente, es que las armas entraron bajo el falso rótulo de "repuestos para maquinaria, de origen checoeslovaco", me dijo el veterano dirigente textil Andrés Framini en septiembre de 1999, en su casa de Floresta.

"No estuve directamente vinculado al asunto de las armas, pero Armando Cabo me habló muchas veces", relató Framini. "Éramos como hermanos y me consta que fue designado personalmente por Evita para crear las milicias sindicales. En esa época, calculábamos que se podía contar con alrededor de 40 mil compañeros. Armando tenía todas las condiciones de un dirigente gremial combativo. Le sobraba capacidad y coraje suficiente. Pero hubo presiones de arriba para suspender el asunto".

"En el proyecto de milicias que Armando Cabo comenzó a elaborar -explicó el dirigente textil- la CGT debía solicitar a los gremios que seleccionaran a sus activistas más comprometidos para participar en cursos de formación político-militar. Cada gremio aportaría militantes, proporcionalmente al número de afiliados: entre cien y 200, los sindicatos más grandes; entre 20 y 30, los más pequeños. Ellos serían los futuros oficiales de las milicias y actuarían, a su vez, como instructores".

Lo cierto es que luego de la Segunda Guerra Mundial, grandes dotaciones de armamento quedaron en territorio europeo y algunos países se dedicaron a comprar lo que para los vencedores era casi chatarra. A partir de 1946 el ejército argentino, influenciado por las iniciativas industrialistas de los generales Enrique Mosconi (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y Manuel Savio (Fabricaciones Militares), estaba decidido a reequiparse. Pero como Estados Unidos se negaba a venderle armas a Argentina por sus "antecedentes germanófilos", el ministerio de Defensa dirigió sus expectativas hacia Europa.

En su "Historia del peronismo", Hugo Gambini cita el testimonio de un militar de la época, el coronel José María Sosa Molina, director de la Escuela de Tropas Mecanizadas y hermano del ministro de Defensa, general Horacio Sosa Molina: "Compramos camiones Chevrolet y GMC, vehículos semiorugas y gran cantidad de jeeps. La mayoría no había sido utilizada por los norteamericanos; otros quedaron abandonados en las playas belgas y en el norte de Francia. Enviamos una comisión a Bélgica y nos trajimos todo eso como chatarra".

Juan José Sebrelli escribe en "Eva Perón, aventurera o militante": "Inmediatamente después de la muerte de Evita, Perón frenó la formación de milicias obreras, y las armas compradas fueron enviadas al Arsenal de Guerra, y de ahí cedidas a la Gendarmería Nacional, sirviendo después de 1955 para combatir a los mismos obreros peronistas, para quienes esas armas estaban destinadas. La historia suele tener esas ironías". Parece que a Sebrelli estas "ironías" le alegran el espíritu.

Sin embargo, no todas las armas fueron a parar a manos de la Gendarmería. Cuando una parte del embarque llegó al puerto de Buenos Aires, por gestión de Armando Cabo la CGT logra apoderarse de un centenar de pistolas calibre 45. A una veintena se le coloca el sello de la Fundación Eva Perón y se reparte entre el personal de seguridad de la institución. Menos de una década después, muchas de las pistolas de la Fundación Evita y la central obrera serán empuñadas por los algunos integrantes de la Resistencia Peronista.

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