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Acuerdo con el FMI

Por Manuel Herrera
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Rebanadas de Realidad - Ciudad de Buenos Aires, 11/09/03.- El que se haya alcanzado un acuerdo con el FMI tiene enorme trascendencia y su contenido puede calificarse como mucho más que positivo.

Es obvio que, hacía la economía, los beneficios son sustanciales. Pero antes de referirme a ellos muy sintéticamente, creo que es necesario un párrafo acerca de su trascendencia político institucional. El que hayan desaparecido condiciones que parecían inevitables, ya que se incluyeron en todos los acuerdos firmados con el FMI en las últimas décadas, y que, además de ser dañinas para la economía del país, constituían una restricción a la posibilidad de decidir como más nos conviniera, significa que ha concluido el capítulo más oscuro y negativo de la historia de las negociaciones internacionales de la Argentina. Si se comparan los acuerdos con el FMI de las últimas décadas con el Pacto Roca Runciman, seguramente hasta los más acérrimos críticos de éste último reconsiderarían sus duros juicios, porque entenderían imprescindible reservar todas las condenas para aquellos.

Nos encontramos aquí con un giro histórico que debe ser apreciado, incluso en su significación institucional, porque ciertos contenidos habituales, que no aparecen en el nuevo acuerdo importaban muchas veces flagrantes excesos a la división de poderes establecida por nuestra constitución. Han desaparecido además exigencias tan injustificadas y perjudiciales como la privatización del Banco de la Nación Argentina o una mayor precarización de la legislación laboral.

Los compromisos asumidos por nuestro gobierno son prudentes y parten de un análisis responsable sobre las posibilidades de cumplimiento. No conformará, seguramente, ni a los que sostienen que no debe acordarse con el FMI ni a los que aconsejan aceptar hasta el más injustificado de los pedidos del organismo. Es decir, a los que, de una u otra manera, creen que es conveniente que no hay que negociar ya que parten de otros conceptos: Rechazar o Aceptar sin discusión. No son esas las conductas que los seres humanos maduros y responsables asumen en la vida de relaciones en las que siempre hay lugar para la negociación y el entendimiento.

No es cierto tampoco que al país le resultaba indiferente llegar o no a un acuerdo con el FMI. Un default con el organismo, además de arrastrarnos a la pérdida de la recepción de desembolsos pendientes de créditos ya otorgados por otras instituciones multilaterales para atender necesidades impostergables como lo son los destinados a obras de atención de salud, vivienda, educación, infraestructura, etc., nos colocaba ante la posibilidad cierta de perder también el crédito comercial para el sector público y privado. En el mejor de los casos, este podría haberse mantenido para empresas locales de capital extranjero que contaran con avales de las casas matrices, pero, para las de capital nacional, lo más probable es que cesara o tuviese costos inabordables. Y ese crédito comercial es el que permite la continuidad del suministro de insumos, repuestos y equipos para la producción y la inversión

Muchos también han criticado el superávit del 3%. Unos por considerarlo insuficiente pata atender las obligaciones externas y otros por considerarlo una traba para el crecimiento. No comparto esas críticas. En primer lugar, porque la cifra basta para pagar los intereses debidos y el acuerdo contiene la previsión de que todos los vencimientos de capital son renovados. Es decir, se aplicaría la misma estrategia que seguía y aconsejaba quién nos sacó de una crisis muy similar a la presente: Nada menos que Don Carlos Pellegrini. Por otro lado, el que se fije un compromiso de mínima no quiere decir que el Gobierno, en caso que asi fuera necesario, no buscara un superávit mayor y, en cualquier caso, el crecimiento de la actividad y la prudencia en el gasto determinaría un superávit mayor. El superávit no es obstáculo para el crecimiento ni implica desatender necesidades. El no obtener un acuerdo con el FMI si conspira contra ambas cosas. Japón. Después de la guerra, tuvo un gran superávit fiscal y logró un crecimiento sin par al mismo tiempo que pudo renacer desde las ruinas. El acuerdo con el FMI en las condiciones logradas y una prudente administración, agregando reformas en el sistema impositivo, régimen de previsión social, política comercial, reestructuración del sistema impositivo, de la coparticipación federal de impuestos, re dirección del gasto público, la terminación de la corrupción, lograr la seguridad jurídica perdida en la última década, contar con una justicia confiable, alcanzar condiciones razonables para la seguridad de personas y bienes, etc., abre la posibilidad de mejorar el concepto que la Argentina se ha ganado en las últimas décadas y generar un clima favorable para la inversión y los negocios lícitos, la producción y la mejora de la inversión y el consumo. A partir de ello, asumiendo el Estado el rol que le corresponde con relación a determinadas actividades, infraestructura básica, impulsor de ciertas producciones, etc., los capitales privados, nacionales y extranjeros serán atraídos a invertir y el crecimiento y el desarrollo serán el resultado.

Las comparaciones con países que pueden tener déficit porque gozan de crédito interno y externo son inaplicables. La Argentina no tiene crédito y, si lo tuviera, no debería utilizarlo ante la inaguantable relación de su deuda y su PBI. Tampoco debe volver a crédito forzoso a través de emisión que nos arrastra a inflación y a situaciones que los argentinos ya no estamos dispuestos a aceptar.

El Gobierno, el Presidente, el Ministro de Economía, han actuado con coraje y moderación, con madurez y responsabilidad en todo el trámite. Y han conseguido un resultado que considero excepcional. Y, además, hay que elogiar la serenidad y sobre todo la sobriedad en la comunicación del logro. El Presidente, el Jefe de Gabinete y el Ministro de Economía son antes que nada seres humanos y por lo tanto, después de tanto esfuerzo y tensiones, es lógico que ante un resultado tan singular se hayan sentido tentados a caer en actitudes exitistas. No cayeron en el error y todo estuvo enmarcado en la sobriedad y la prudencia. Esto es otro de los aspectos del acuerdo que debemos elogiar y agradecer a quienes lo hicieron posible más allá de cualquier discrepancia respecto a otras cuestiones.

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