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A 52 AÑOS DEL ÚLTIMO TÍTULO OLÍMPICO

Más de medio siglo sin éxitos y la persecución política de los gorilas

Por Fernando Del Corro
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 15/10/04.- En 1952, en los Juegos Olímpicos disputados en Helsinski, la vikinga capital de Finlandia, los deportistas argentinos habían obtenido su última medalla dorada a través de los remeros Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero. En los anteriores, en Londres, en 1948, habían llegado a ese logro algunos otros como los boxeadores Pascual Pérez y Rafael Iglesias y el maratonista Delfo Cabrera. Por esos mismos años el básquetbol argentino se había destacado con un campeonato mundial y un subcampeonato mundial y en diferentes especialidades se obtuvieron éxitos como nunca se repitieron, como en los Juegos Panamericanos de 1951, en Buenos Aires, y de 1955, en Ciudad de México. Recién en 2004, 52 años más tarde, hubo nuevas medallas doradas en unos Juegos Olímpicos. Para explicarse ello hay varias razones, pero una fundamental fueron las tristes recomendaciones de la Comisión Investigadora de Irregularidades Deportivas de 1956. Mediante un decreto los gorilas dejaron fuera de carrera a la crema de los atletas de entonces. ¿Sus delitos?: haber recibido diferentes tipos de apoyo por parte de la administración de Juan Perón entre 1946 y 1955?.

El presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, el mismo que llegó al cargo dando un golpe dentro del golpe de los autoproclamados "libertadores" al desplazar a Eduardo Lonardi, tiene una luctuosa historia contra el país. Los argentinos podemos reclamarle por los fusilamientos del general Juan José Valle y sus compañeros en la ex penitenciaría de la hoy Plaza Las Heras; por la masacre de trabajadores en los basurales de José León Suárez; por habernos llevado de cabeza al Fondo Monetario Internacional (FMI) del que nunca habían querido participar los anteriores gobernantes; por la anulación aberrante de la Constitución Nacional de 1949; por muchas cosas más, algunas olvidadas.

Una de éstas salta hoy a la memoria tras las victorias de los futbolistas y de los basquetbolistas argentinos en los recientes Juegos Olímpicos de Atenas 2004. Había pasado más de medio siglo desde la obtención de la última medalla dorada, la de la pareja de remeros Capozzo-Guerrero. Aramburu, junto con su vicepresidente Isaac Francisco Rojas, extrañamente reivindicado por el gobierno antipopular de Carlos Menem, es el responsable del Decreto 4.161/56 que estableció la "prohibición de elementos de afirmación ideológica o de propaganda peronista".

En ese marco funcionó la Comisión Investigadora de Irregularidades Deportivas (CIID), a la que se asignó el número 49, en el marco de las persecuciones desatadas. De sus 'investigaciones' surgieron datos 'extremadamente probatorios' de las vinculaciones de numerosos atletas con el gobierno encabezado por Juan Domingo Perón: algunos habían recibido subsidios para viajar al exterior, otros habían sido premiados con bicicletas, no faltaban los que fueran beneficiados con becas. En fin, como se ve, una serie de graves delitos que incluían, en ciertos casos, la manifiesta adhesión política al "dictador prófugo".

El resultado de todo ello fue que los mejores deportistas de la época quedaron inhabilitados de por vida, a menos que se considere que algunos de ellos podían llegar a competir en el primer nivel internacional una vez cumplida una suspensión por 99 años. El ex subsecretario de Deportes durante una parte de la gestión menemista Víctor Lupo, en su "Historia política del deporte argentino", calificó lo hecho en este terreno por el gobierno golpista de 1955 a 1958 como "genocidio deportivo". Una exacta calificación, como lo demostraron los resultados.

El caso particular del básquetbol fue el más grave, seguramente, porque afectó a una cantidad de atletas. Habían sido campeones del mundo en 1950 y campeones panamericanos en 1951, entre otros muchos lauros, pero le habían aceptado al gobierno peronista una motocicleta de regalo, ¡cada uno!. En consecuencia era obvio que competían por interés y no por amor al deporte. Por lo tanto eran profesionales y como tales no podían representar al país. Hay que tener en cuenta que por entonces todos los grandes juegos internacionales eran para amateurs, así que comprobados los hechos, la moral y las buenas costumbres aconsejaban deshacerse de tales pseudo aficionados. La página web "El sur del sur", considera a lo sucedido con el básquetbol como el hecho "más patético" de las persecuciones deportivas.

Bajo el imperio de "suprimir todos los vestigios de totalitarismo para restablecer el imperio de la moral, la justicia, el derecho, la libertad y la democracia" muchos fueron los atletas que sufrieron las consecuencias. Entre ellos la gran tenista Mary Terán de Weiss. Cuando hoy se habla de los méritos de Paola Soárez o años atrás de Gabriela Sabatini algunos veteranos no podemos dejar de recordar a Mary Terán, una de las máximas estrellas mundiales de aquellos años. Era de las peores, porque no sólo había recibido favores sino que, para colmo, era manifiestamente peronista. Recuerdo haber hablado con ella de estos temas décadas atrás en su negocio de venta de ropa deportiva de la avenida Córdoba.

Otra víctima fue Roque Juárez, "Chilín", un cordobés de Las Varillas, que había sido campeón sudamericano de bochas. Ni de él se olvidó la Comisión 49 que atendía bajo las directas órdenes del almirante Isaac Rojas. Una comisión a la que no le faltaron, incluso, apoyos periodísticos, por parte de algunos medios y personajes siempre dispuestos a servir al poder de turno y cuanto más antipopular sea mejor. "Ante el delito de la motorización, no es el caso de despreciar ni humillar a nadie. Pero el deporte argentino sólo se reconstruirá cabalmente desechando en su futura edificación hasta el último escombro del bochornoso decenio pasado. La audiencia se dispone ahora a escuchar sentencia. Nosotros también", escribió Dante Panzeri en "El Gráfico", pidiendo el úkase que sancionara a los campeones por haber sido funcionales al "régimen depuesto". Por supuesto que fue satisfecho.

Aún sin sanciones de por medio, una de las decisiones que se adoptaron fue evitar que en los Juegos Olímpicos disputados en 1956 en Melbourne, Australia, participaran atletas que pudieran triunfar y ser reconocidos como simpatizantes del peronismo. Los dos casos más importantes fueron los de los mediofondistas Osvaldo Suárez y Walter Lemos. Ambos tenían muchas chances de traerse medallas del país de los canguros. Suárez era el gran candidato a las preseas doradas en los 5.000 y los 10.000 metros, y hasta tenía chances en el maratón. Así que el general Fernando Huergo, interventor en la Confederación Argentina de Deportes (CAD) y del Comité Olímpico Argentino (COA) los bajó del avión.

Las medallas que debieron ser para Osvaldo Suárez fueron para el soviético Vladimir Kutz. Los resultados posteriores muestran que en ese momento, salvo situaciones anómalas, Suárez era imbatible como lo demostró un año después en Brasil, en la célebre corrida de "San Silvestre", donde, sobre una distancia similar, derrotó con claridad a Kutz. Lemos también, en posteriores competencias, superó a medallistas de Melbourne. Cuando fueron a los siguientes Juegos Olímpicos, en Roma 1960, ya había pasado para ellos su mejor momento, pese a lo cual estuvieron luchando en posiciones de avanzada, como que Suárez recién resignó el segundo lugar en el maratón, por deshidratación, cuando ya se había desarrollado la mayor parte del trayecto.

Claro que las penurias de Suárez, el gran atleta nacido 70 años atrás en Wilde, en el Gran Buenos Aires, no terminaron allí. Los gorilas de la "Libertadora" no fueron los únicos que le cayeron encima por razones políticas. También padeció el "Proceso de Reorganización Nacional" de Jorge Videla, José Alfredo Martínez de Hoz y compañía. Esta vez no en su persona pero de una manera aún más atroz. Ese día de 1956 cuando le anunciaron su exclusión de la delegación a Melbourne volvió a su casa "solo y llorando", como él lo recuerda, pero 22 años después, tantos como los que tenía cuando por peronista le birlaron su oro olímpico, también se quedó llorando cuando el 8 de enero de 1978, los genocidas procesistas secuestraron, y obviamente asesinaron, a su discípulo, el maratonista-poeta tucumano Miguel Sánchez, quién acaba de regresar a la Argentina tras competir, precisamente, en la San Silvestre que tuviera al maestro como triple triunfador.

No fueron casuales estas largas cinco décadas sin medallas doradas, aunque la mayoría no lo sepa y unos cuantos prefieran ocultarlo.

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