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CENTRAL UNITARIA DE TRABAJADORES (CUT) - COLOMBIA / Web
Periódico de la Central Unitaria de Trabajadores de Colombia - Septiembre de 2009 - Nº 54
El golpe de Estado en Honduras: el imperialismo norteamericano en sus viejas andanzas
Por Raúl Arroyave Arango, Director del Departamento de Relaciones Internacionales / Correo

Rebanadas de Realidad - CUT, Bogotá, 17/10/09.- El golpe de Estado perpetrado en Honduras contra el gobierno legítimo de Manuel Zelaya en la madrugada del 28 de junio entra en su cuarto mes. A la conmoción inicial y al repudio generalizado contra tal procedimiento que reeditaba las épocas oscuras de las dictaduras y los golpes y que se consideraba proscrito en el hemisferio, fue siguiendo una especie de punto muerto que condujo al estancamiento de toda solución. Al cabo de 90 días comenzaba a cundir la percepción de que los golpistas se saldrían con la suya y que terminarían por legitimar el cuartelazo con unas elecciones convocadas para el 29 de noviembre en las que se encuentran inscritos seis candidatos presidenciales, cuatro de los cuales se oponen al regreso del presidente Zelaya.

La resistencia

De resaltar es el nivel de resistencia del pueblo hondureño. A las pocas semanas ya se había conformado el Frente Nacional contra el Golpe y si el tema todavía es noticia y no lo han sepultado los medios de comunicación, es precisamente por la lucha resuelta del pueblo hondureño y las formidables marchas de protesta que distintos sectores sociales y laborales han ejecutado diariamente, desafiando la represión y todas las demás medidas de excepción a las que el golpista Roberto Micheletti ha acudido para tratar de aplastar la resistencia y atornillarse en el poder.

Honduras

Honduras es uno de los países más pobres del hemisferio y con abismales índices de desigualdad. Su dependencia económica de los Estados Unidos es absoluta. Hacia el mercado gringo se envían más del 70% de sus exportaciones: banano, azúcar y café y de allí llegan en remesas más de 3.000 millones de dólares de los más de 800 mil emigrados de 7.4 millones de habitantes que tiene el país. Es la clásica Banana Republic controlada por una ínfima minoría oligárquica compuesta por unas cuantas familias que acaparan los cargos claves en el gobierno, la política, las fuerzas armadas y la cúpula eclesiástica. Honduras ha sido desde siempre pieza clave en la presencia geopolítica norteamericana en Centroamérica y por ello, el golpe tenía como propósito frenar la decisión de Zelaya de integrarla a la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Américas –ALBA-, una de las iniciativas contemporáneas en búsqueda de escenarios internacionales alternativos a la hegemonía del imperialismo norteamericano en su tradicional patio trasero.

Las implicaciones de Estados Unidos

Cada día es más claro que el golpe no tiene nada de espontáneo. Acontecimientos de esta naturaleza no suceden así. Van aflorando las comprometedoras evidencias de cómo el Departamento de Estado de Estados Unidos, la Embajada Americana en Tegucigalpa, el Estado Mayor del Comando Sur y la inefable CIA tuvieron desde el primer momento sus manos metidas en el asunto. No han sido suficientes las maniobras de ocultamiento y hoy, a diferencia de otras tantas veces, las cosas han terminado por saberse mucho antes que se desclasifiquen los documentos que relatan las tropelías imperialistas.

Que Estados Unidos no haya declarado aún que en Honduras hubo un golpe de Estado, decisión que según sus leyes autoriza la adopción de drásticas medidas contra los golpistas, es premonitorio de las verdaderas implicaciones del gobierno de Obama. Con el correr de los días se supo, y así lo reconoció el general Douglas Fraser jefe del Comando Sur que la base Gringa de Palmerola ubicada en el territorio Hondureño fue utilizada en la madrugada del 28 de junio para transportar al secuestrado presidente Zelaya a Costa Rica.

Se supo también que Thomas Shannon, antiguo Secretario de Estado para el hemisferio, su ayudante Craig Nelly y el embajador Hugo Llorens se reunieron en Honduras, la semana antes del golpe, con los dirigentes empresariales y políticos que luego participaron en el derrocamiento de Zelaya y que un trío siniestro compuesto por Otto Reich, el Senador John McCain y Robert Carmona-Borjas, huido de Venezuela a Estados Unidos desde el efímero golpe contra Chávez del 2002, conformaron, fletados por la AT&T;, la misma del golpe contra Allende en Chile, un poderoso grupo de presión que promovía la privatización de la empresa de telecomunicaciones de Honduras –Hondutel– a la que Zelaya se oponía con toda determinación.

Y no podía faltar un veterano de mil tropelías en la región. Se trata de John Negroponte, ex embajador de Estados Unidos en Irak y en la ONU, actual asesor de Hillary Clinton en el Departamento de Estado y antiguo embajador en Honduras. Negroponte fue ficha clave en la conformación de los escuadrones de la muerte centroamericanos en la década de los 80 y en la operación desde Honduras de la Contra Nicaragüense financiada por los Estados Unidos contra el Frente Sandinista. Las presiones de éste contra Zelaya se venían dando desde junio de 2008 y estaban encaminadas a notificarle el desacuerdo de los Estados Unidos con la supresión de la base de militar de Palmerola y la intención expresada por Zelaya de convertirla en un aeropuerto civil.

Muy tardíamente, a principios de septiembre, y dando tiempo a la consolidación de los golpistas, se anunciaron algunas sanciones económicas por parte de Washington y se cancelaron las visas a 14 magistrados de la Corte Suprema, al Canciller, al propio Micheletti y a otros altos cargos. El régimen de facto respondió desafiante que las “asumiremos” eso sí, lamentando que los gringos “…hayan optado por tomar el lado de Chávez y condenar con ello a un pueblo que lucha contra la expansión marxista(sic) en Centroamérica” y que él (Micheletti), pagará cualquier precio por la democracia y la libertad del pueblo Hondureño, pues la soberanía de Honduras “no puede ser trastocada por uno del sur y por otro del norte”, agregando desafiante que, después de tantas medidas de presión, sólo una invasión llevada a cabo por Estados Unidos podrá hacerlo dimitir del poder.

La evolución de los acontecimientos

Así, los siguientes 80 días del golpe transcurrieron entre la conformación de grupos de “gusanos” idénticos a los de Cuba en Miami que lo apoyan, las crecientes sospechas sobre la doble moral de Estados Unidos, la convocatoria de los golpistas a elecciones para el 29 de noviembre, el sempiterno Centro Carter ofreciendo sus buenos oficios de observador de esas elecciones ante la negativa de la OEA y la expulsión de Honduras de este organismo, las manipulaciones de la prensa oficial que no hablan de golpe sino de sustitución constitucional; el anuncio del apoyo de Obama al Plan Arias, la invitación del Comando Sur al ejército hondureño para que participara en las maniobras conjuntas Panamax 2009, la confesión del vicepresidente del Congreso Nacional en el sentido de que el embajador norteamericano Hugo Llorens “sabía lo que estaba pasando” y los rumores sobre la contratación de escuadrones de paramilitares colombianos por parte de empresarios hondureños.

21 de septiembre: Zelaya en la embajada de Brasil

Las cosas cambiaron abruptamente con la intempestiva aparición del presidente Zelaya en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa el día 21 de septiembre. Este hecho que pone de manifiesto la decisión de Brasil de jugar duro por el liderazgo de Latinoamérica revivió el interés internacional por la situación hondureña. La reacción de los golpistas fue inmediata. Desplegaron el cerco militar a la embajada y hasta amenazaron con invadirla, les cortaron los servicios y suministros esenciales y decretaron el Estado de Sitio por 45 días que suspendía todas las garantías constitucionales al pueblo y con ello, el cierre de canales de televisión y radio afectos a Zelaya. El disgusto de Estados Unidos por esta movida fue manifiesto y su representante alterno ante la OEA, Lewis Amselem, calificó su regreso como “idiota e irresponsable” y lo instó a comportarse como “un líder” y no como una “estrella de cine”.

El Plan Arias

Desde finales de agosto, Oscar Arias, ex presidente de Costa Rica, viejo aliado de los Estados Unidos en la zona, ofreció sus oficios de mediador. Para tal fin elaboró un plan que se conoce como el acuerdo de San José y que comprende, entre otros puntos, el retorno condicionado de Zelaya a la presidencia, la conformación de un gobierno de Unidad Nacional que incluya a los golpistas, el adelanto de las elecciones para fines de octubre, la prohibición para que se convoque a una Asamblea Constituyente modificatoria de la Constitución, una amnistía política y una comisión de la verdad y verificación internacional.

Zelaya que había manifestado inicialmente su rechazo al mencionado Plan terminó por aceptarlo como única salida de la crisis, aunque pone como condición para el diálogo que se derogue la norma que decretó el estado de excepción, se devuelvan a sus dueños los canales de radio y televisión cerrados, se retire el cerco militar a la embajada de Brasil y se le permita escoger a sus colaboradores y negociadores. Igualmente, Micheletti ha sido forzado a aceptar el Plan de San José y las cosas parecen encaminarse a una solución, en virtud de la cual, Zelaya será reintegrado a la presidencia pero sin facultades para impulsar las reformas democráticas que venía defendiendo y que llevaron a la plutocracia hondureña a perpetrar el golpe pues, según acaba de confesar el propio Micheletti, “Sacamos a Zelaya porque se fue a la izquierda, puso a comunistas… pues, se hizo amigo de Daniel Ortega, Chávez, Correa y Evo Morales”.

Epílogo

El pretexto para el orquestado derrocamiento de Zelaya fue la falaz acusación de que intentaba modificar la Constitución en provecho propio. Si esto fuera cierto, hace mucho rato que el imperialismo habría resuelto desalojar del poder a Uribe Vélez su peón incondicional en Latinoamérica. La “cuarta urna” propuesta por Zelaya era para preguntarle al pueblo hondureño si estaba o no de acuerdo con la convocatoria de una Asamblea Constituyente que estudiara la posibilidad de la reelección presidencial por un período. De haberse aprobado, la elección de la mencionada Constituyente se hubiera dado el mismo día de las elecciones presidenciales con lo cual Zelaya, automáticamente quedaba imposibilitado para aspirar a una reelección inmediata.

La verdad del golpe hay que buscarla en la abierta contradicción que significaba para Estados Unidos tolerar en Honduras a un gobernante que paulatinamente se iba convirtiendo en nueva amenaza para sus intereses estratégicos. Es obvio que aquello de suprimir la base militar de Palmerola, oponerse a la privatización de la empresa de telecomunicaciones de Honduras -Hondutel- y sobre todo la decisión de afiliarse al ALBA, no le hacía ninguna gracia a las autoridades imperiales, que decidieron cortar por lo sano y acudir a las vías del golpe antes que fuera demasiado tarde.

El presente material se edita en Rebanadas por gentileza de Manuel Ángel Tellez González, Secretario General de la CUT Bogotá Cundinamarca.