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¿Será posible ahora el "culto a la personalidad"?

Por Yuri Filippov

Rebanadas de Realidad - RIA Novosti, 23/02/06.- El 25 de febrero se cumplirán cincuenta años desde el día en que el líder soviético Nikita Jruschev pronunció en el vigésimo congreso del PCUS su famoso informe "secreto" que sirvió para desenmascarar el culto a la personalidad de Stalin.

Para la posterior historia soviética y rusa este acontecimiento llegó a ser cierto símbolo y una línea divisoria entre el pasado y el futuro.

Muchos pueblos tienen fechas y documentos de esta índole. Tales son la Declaración de la Independencia norteamericana, la Declaración francesa de los Derechos y Libertades de la Persona y Ciudadano. Por su influencia sobre las mentes el informe de Jruschev que trascendió las fronteras de la URSS, penetró en Occidente y en los países del llamado campo socialista, tuvo un impacto comparable pues para entonces el mundo se hizo de hecho más intercomunicado y numeroso, siendo la perspectiva comunista todavía atractiva para un número enorme de personas en diversos rincones del planeta.

No se sabe si Jruschev lo quería o no, pero habiendo entreabierto la verdad sobre las monstruosas represiones y crímenes de Stalin, ha sembrado las semillas de los cambios futuros en su propio país y asestado un golpe demoledor contra el movimiento comunista internacional.

Por algo muchos consideran a Jruschev como precursor de Gorbachov y Yeltsin. Aunque el nuevo líder soviético prometió construir hacia el año 1980 el comunismo en la URSS, como nadie hizo todo para que el comunismo no surgiera nunca y en ninguna parte.

Sería un error grave ver en Jruschev una persona contemporánea nuestra y conferirle a la crítica del estalinismo el contenido de hoy. Se podría partir del supuesto de que la protesta del nuevo líder soviético contra los asesinatos masivos por motivos políticos resultase de su comprensión de los derechos del hombre, y la crítica de Stalin podría concebirse como manifestación del fervor democrático de Jruschev. Mas, cabe recordar, sin embargo, que ese mismo 1956 Jruschev aplastó con tanques soviéticos la insurrección en Hungría que fue la primera reacción política de Europa del Este a su informe presentado al vigésimo congreso.

El carácter contradictorio de Jruschev ha influido de modo ambiguo sobre el destino de la URSS y de sus ciudadanos. El entonces ministro de Exteriores, Viacheslav Molotov, decía que después del informe de Jruschev la Unión Soviética ya nunca tenía así tantos amigos como antes.

Cuando ocho años después a Jruschev le destituyeron de todos los puestos estatales y de partido, aquel informe sirvió de una de las acusaciones esenciales contra él. Pero Jruschev no fue encarcelado ni ejecutado, lo que seguramente hubiera tenido lugar de no haber desestalinizado decididamente las mentes de las personas y las costumbres políticas.

Hoy día sería curioso formular esta pregunta: ¿implica siempre el "culto a la personalidad" represiones políticas? La historia de Rusia en el siglo XX, que cuenta con tres revoluciones, dos guerras mundiales, la modernización industrial y muchos otros grandes acontecimientos que han exigido de la nación la máxima tensión de sus fuerzas, ha engendrado realmente una actitud idólatra hacia notables hombres de Estado, siendo Stalin sólo uno de tantos, tanto en su país como en el mundo. Además de él, se consideraban en la URSS próceres del movimiento revolucionario y de la humanidad progresista los revolucionarios y comunistas difuntos Marx, Engels y Lenin como continuador de su causa y fundador del Estado soviético. Además, había "unos dioses vivos" de rango más bajo: los hombres de Estado y del partido Viacheslav Molotov, Kliment Voroshilov, Lázaro Kaganovich y otros. Ellos estaban siempre presentes en la vida del hombre de la calle: con sus nombres se bautizaban grandes ciudades y pequeños poblados, fábricas y empresas agrícolas. A menudo esta iniciativa partía desde abajo, pues nadie podía negar que estas personas sí tenían sus méritos.

Pero, veamos qué ocurría en aquella época en el resto del mundo. Los habitantes de ambas Alemanias se acordaban todavía de la psicosis de masas que les hacía aplaudir a Hitler y a otros bonzos nazis. Los italianos tenían fresca aún la memoria de Mussolini. En algunos países de Europa Occidental cultos a la personalidad en forma más débil persistían también después de la Segunda Guerra Mundial. En Portugal se glorificaban a Antonio Salazar, en España a Baamonde Franco. Después de la guerra civil de diez años y la intervención extranjera sobre China se alzaba la gigantesca figura de Mao Zedong. Los japoneses, aunque adoptaron la Constitución democrática, no estimaron necesario renunciar a la deificación de su emperador. Las monarquías, aunque formales, pero con ritos pomposos, se conservaban en distintas partes del mundo, incluida la Gran Bretaña europea y otros países del continente.

Ejemplos como estos sobran, pero el cuadro general es bien claro: el culto a la personalidad o por lo menos algunas de sus manifestaciones en el siglo XX eran comunes en el mundo entero: desde Europa hasta Asia. El que realmente estaba aparte era EE.UU. Pero también allí para el hombre de Estado Franklin Roosevelt se hizo una excepción como hombre que acabó con la Gran Depresión y vencedor en la Segunda Guerra Mundial, gracias a lo que Roosevelt fue presidente de los Estados Unidos durante doce años seguidos.

Se puede decir que en una determinada etapa histórica el "culto a la personalidad" surge en distintos países y cuando la "demanda" de ese culto desaparece, éste deja de existir aunque algunas de sus manifestaciones pueden existir mucho tiempo. No es absolutamente necesario que el "culto a la personalidad" esté acompañado por sangrientas represiones políticas, como ocurrió en la URSS en la época de Stalin.

Es posible que el "culto a la personalidad" se repita en el siglo XXI? Este interrogante reviste importancia especial cuando se trata de los países postsoviéticos en que el "culto a la personalidad" acareó consecuencias más graves. De momento, la historia infunde optimismo. La primera revolución democrática de este siglo ha tenido lugar en la patria de Stalin, en Georgia. La segunda, en la patria de Jruschev (en Ucrania). El poder en esos países tiene tipos políticos absolutamente nuevos. Cuando la prensa muestra que cómo el presidente Saakashvili abraza a muchachas jóvenes, y el presidente Yuschenko se zambulle y baña en pleno invierno, está claro que: el culto a la personalidad no amenaza a estos países.

La situación es más difícil cuando se trata de las repúblicas asiáticas donde el culto al jefe de Estado se ve estimulado por las tradiciones nacionales. El ejemplo convincente de ello es Turkmenistán. En la parte céntrica de Ashjabad se alza la dorada estatua del presidente Nijazov, Padre de los Turkmenos como lo llaman. En Uzbekistán es fuerte también la autoridad personal del presidente Karimov. Aunque al presidente kazajo Nazarbaev puede calificarse de verdadero "europeo" que destaca entre sus colegas centroasiáticos, las tradiciones locales exigen que la persona del jefe de Estado se ensalce. Lo importante aquí es ver hasta qué punto la adoración a la persona del dirigente del país concuerda con los principios de la democracia, los derechos humanos y la libertad de expresión. Y a este respecto hasta los regímenes centroasiáticos son mucho más avanzados que la URSS después de la desestalinización.

En cuanto a Rusia, donde las represiones estalinistas fueron más sangrientas, ya en 1993 nuestro país tomó como ejemplo a seguir el modelo americano de república presidencial: con el presidente nacionalmente elegido, un parlamento multipartidista y un tribunal independiente. Desde luego que carácter específico ruso tiene su influencia, siendo de notar que y los presidentes Yeltsin y Putin nunca han sido considerados por la mayoría de los rusos como simples mortales. Pero también en Rusia hoy empiezan a comprender que las personas y los presidentes vienen y se van, por lo que no vale la pena idolatrarlos.

El presente material se edita en Rebanadas de Realidad por gentileza de Yuri Nikolaev, Director de la Agencia de Información de Rusia RIA Novosti, en Argentina. Web / Correo
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