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Hilando delgado

Trabajadores detrás de vidrios blindados

Por Álvaro Delgado (*)
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Rebanadas de Realidad - Actualidad Colombiana, 27/09/06.- Percy Oyola es un bogotano alto y acuerpado que entró a trabajar de cartero en Adpostal y allí se hizo dirigente sindical de la desaparecida UTC. Fue de los que no le caminaron al proyecto de creación de la CUT en 1986 y se mantuvieron en las filas utecistas hasta el final de esa organización, en 1988. En 2004 la CGT salió de su presidente, Mario de J. Valderrama, acusado por los sindicatos de ser asesor del presidente Uribe, y creó un modelo de organización en el cual la cabeza es el secretario general (en este caso, Julio Roberto Gómez, actual presidente de la Clat y miembro del comité administrativo de la OIT). En ese esquema no hay presidente y Percy es el tercero a bordo.

El informal ya no es solamente el vendedor ambulante que conocemos. Está también en las empresas industriales y en el sector estatal. Hoy ellos son mayoría sobre los trabajadores de planta.

Percy afirma que el actual trabajador asalariado ya no es el de los tiempos del taylorismo. Ahora está sometido a una flexibilización creciente de la fuerza laboral encaminada a ampliar todavía más el trabajo informal. El informal ya no es solamente el vendedor ambulante que conocemos. Está también en las empresas industriales y en el sector estatal. Hoy ellos son mayoría sobre los trabajadores de planta. Nuestro personaje añade: “Por efecto de las limitaciones legales que hay en Colombia, los sindicatos de trabajadores se conciben como dependientes de una empresa. Pero nosotros pensamos en algo más. Nuestros estatutos prevén la afiliación también de pensionados, miembros de Cooperativas de Trabajo Asociado (CTA) y empleados del Estado bajo distintas formas de empleo. Queremos construir sindicatos de rama con trabajadores de empresas más trabajadores individuales (por ejemplo, la ayudante de un consultorio médico u odontológico). Nuestro sindicato es mixto, en el sentido de que tiene trabajadores del sector público y del privado. Hay que mejorar las condiciones de quienes están tercerizados, tratar de nivelarlos con los de personal de planta. En el departamento del Valle, por ejemplo, tratamos de crear sindicatos con contratistas del Estado, en servicios como aseo, vigilancia, la conducción de vehículos del Estado, y la cosa marchó hasta que las dependencias oficiales les dijeron: ‘Hagan cooperativa y los contratamos’”.

En esta hora de búsqueda de salidas a la crisis sindical mundial, los de la CGT han avanzado en la propuesta del contrato sindical (CS), iluminados por las estimaciones del abogado laboralista y profesor universitario Marcel Silva. En tiempos pasados operó ese tipo de contratos. Por ejemplo, en el caso de la ultraizquierdista federación de trabajadores del río Magdalena, Fedenal, destruida por el gobierno en 1945 cuando se embarcó en una huelga violenta y a todas luces ilegal. “Por esa vía se reivindicaron cosas como la vida social y las prestaciones sociales”, afirma Percy y agrega: “Tenemos contratos en la Industria de Licores del Valle, donde llegaron a despedir cerca de dos mil trabajadores directos y a través del contrato sindical se logró vincular a cuatrocientos. Hay contrato sindical en las Empresas Públicas de Pitalito. Todo para que el sindicato no desaparezca. Es una solución mejor que la de las CTA, porque la maneja el sindicato”.

“Se trata de mejorar las condiciones precarias en que viven y laboran los informales —explica Percy—. En el sindicato tienen cooperativa, grupos de formación, y nosotros juntamos todas estas formas de expresión para que los trabajadores ganen identidad como tales. El trabajador que está en receso sigue siendo un trabajador, y lo mismo el pensionado”.

  • —¿Y en qué queda el contrato colectivo de trabajo?— inquirimos.

—Nosotros defendemos el contrato colectivo. Pedimos crear cargos de tiempo completo en una entidad, y el contrato sindical es para labores temporales. No es una solución permanente. Pero cuando se produce el proceso de reorganización siempre se saca gente de las empresas y la propuesta de los patronos siempre es que creen una CTA. En vez de eso nosotros proponemos a la empresa el CS. Incluso en junio del presente año el gobierno expidió un decreto que da más estructura a los CS.

Percy y sus compañeros creen que por esa vía pueden fortalecer el decaído movimiento sindical colombiano. El proyecto los lleva a defender también la afiliación directa a la central, sin la intermediación del sindicato y sin importar la procedencia del trabajador o el gremio o rama de actividad económica a que pertenezca o sea afín. En la CGT hay lugar para sindicatos de profesionales independientes, como abogados, médicos y periodistas. En el Brasil ese tipo de profesionales independientes tienen una confederación que cuenta casi con tres millones de afiliados, afirma Percy. “Ellos están muy proletarizados. El gobierno se opone a la afiliación personal directa y del otro lado hay una lucha por la autonomía para afiliar”.

La CTG maneja el único instituto de educación sindical que existe en el país, conocido como Ines, que data de los años 70 y está ubicado en el norte de Bogotá, más allá de la calle 170. Es un complejo de auditorios, comedor por autoservicio, espacios de descanso y deporte y, para rematar, hotel, destinado a alojar a precios módicos a delegaciones de fuera de la ciudad que llegan a recibir los cursos. Las instalaciones se manejan con criterio administrativo y se alquilan a sindicatos y organizaciones sociales que soliciten el servicio. Nosotros hemos trabajado allí y podido advertir el orden y pulcritud en que funcionan las cosas. Se creó con ayuda de la Confederación Latinoamericana de Trabajadores (Clat), de orientación cristiana, y opera por autogestión (a diferencia de lo que acostumbran las organizaciones de izquierda, que por lo mismo siempre han fracasado en el sostenimiento de este tipo de servicios para sus adherentes). Por allí pasan al año unos tres mil trabajadores, de los cuales van formándose los nuevos dirigentes.

La CGT está comprometida en el proceso internacional de fusiones sindicales del momento, que deberá tener un primer desenlace el entrante mes de noviembre, cuando deberá formalizarse el plan de fusión de las dos más grandes entidades sindicales del mundo: la Ciosl (socialdemocrática) y la CMT (socialcristiana). En el caso americano eso propiciará la futura fusión de la Orit (Ciosl) con la Clat (CMT). Para esos acercamientos se realizan numerosos contactos subregionales y se busca una alianza hacia un sindicalismo interamericano y no solo latinoamericano. “Una unidad con contenido político”, advierte Percy.

Todo el temor del proyecto proviene del estancamiento, la falta de organización, el desarrollo político inatajable del neoliberalismo. “Algunos dicen que no hay que negociar con Uribe. Pero tenemos que renovar el movimiento. Tenemos demasiados enemigos. Se nos aplica la campana neumática. Es el caso de Adpostal, que acaba de ser liquidada por el gobierno. Nos entrevistaron en la televisión y en las pantallas no apareció nada, porque la ministra de Comunicaciones estaba de por medio. La violencia contra los sindicalistas sigue y a la persona que informa a su familia que ha entrado al sindicato la misma familia le pide que renuncie, por el amor a su mamá o su papá. Si eso pasa teniendo un movimiento, ¿qué tal que no tuviéramos sindicatos? Estamos obligados a acercarnos mucho más a la población, porque la gente nos ve como sus enemigos. ‘Ese tipo que está discursiando tiene empleo y pretende que le den más’, dicen cuando ven a un dirigente sindical interviniendo en un mitin callejero. Creen que los sindicatos van a hacer mal a la gente. Y algunos incluso están en las filas del Polo Democrático y se creen dueños de la revolución social”. Este columnista agregaría: se creen revolucionarios pero en este momento solo tienen cabeza para pensar en las elecciones de 2010, no en asuntos chocantes como el desempleo y la violencia contra los sindicalistas.

Percy tiene la amabilidad de regresarme a casa en la camioneta blindada que utiliza, como tantas otras personas de su género, en el país más peligroso del mundo para los sindicalistas. Me pide disculpas por invitarme a un auto de vidrios oscuros y escolta armada y en el recorrido alcanzo a observar la carrera séptima como en esas secuencias de cine que muestran las escenas del crimen sin sonido, mudas y tenebrosas, donde la gente no anda sino solo cambia de lugar con los “demás” objetos. El sindicalismo de los años 50 y 60 era muchísimo más pobre, pero transitaba al lado de la alegría y de la vida.

(*) Investigador del CINEP, columnista de Actualidad Colombiana
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