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La hora final de Castro |
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| Por Roberto Bardini / Web | |||
Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 21/02/08.-
"Conocí a Castro hace 25 años, cuando yo era un joven periodista del New York Times y acababa de triunfar la revolución cubana. Tuvimos en esa época muchas largas conversaciones en las que Castro me iba explicando lleno de entusiasmo los planes del futuro revolucionario. En 1961, poco después de la abortada invasión de bahía Cochinos, regresé a Cuba, donde recorrí, acompañado de Castro, el escenario de la batalla. Habían pasado 23 años desde nuestro último encuentro y me hallaba ahora en el espacioso y sencillo despacho de Castro en el palacio de la Revolución, de La Habana, retornando la conversación donde la habíamos dejado hacía una generación. "A sus 57 años, Fidel Castro parece mantenerse en una forma física impresionante. Está más delgado que antes y sus reflejos son asombrosos (como pude comprobar cuando estuvimos cazando patos ese domingo), y su energía no ha disminuido. "Mientras escuchaba a Castro, tenía la impresión de que no habían pasado los años. Nuestra relación parecía la misma, como si estuviéramos continuando una conversación que había empezado una tarde hacía un cuarto de siglo. Efectivamente, su inteligencia y su retórica eran más agudas aún que cuando éramos jóvenes. En 1986, el reportero estrella publicó Fidel, un retrato crítico, hasta el momento la mejor biografía sobre el personaje, que no cae en odas al "comandante internacionalista" ni en ataques al "dictador comunista". Szulc convenció a Castro de que no existía una "biografía seria" de él. Y el personaje, que de antemano sabía que no le iba a gustar lo que el periodista iba a escribir, aceptó: le abrió todas las puertas, lo abrumó con datos, no dejó pregunta sin responder y estuvo de acuerdo en no revisar los originales antes de su publicación. Y, efectivamente, a Castro el libro no le agradó pero Szulc se transformó en el biógrafo más fiable de todos los que acometieron la tarea, entre los que se encuentran el español Ignacio Ramonet, el chileno Jorge Edwards, el brasileño Frei Betto, el cubano Norberto Fuentes y, desde luego, el argentino naturalizado estadounidense Andrés Oppenheimer. Dieciséis años atrás, mientras leía el libro de Oppenheimer recordé una anécdota. A fines de diciembre de 1989 me encontraba en Buenos Aires en medio de un problema: tenía que renovar mi pasaporte argentino -trámite poco amable que se hacía en la Policía Federal y duraba 21 días hábiles- pero mi pasaje de regreso a México estaba marcado para la segunda semana de enero. Un periodista amigo me pasó el dato de una cubana anticastrista que tenía vinculaciones con varios comisarios y se ocupaba de agilizar estas gestiones extraoficialmente a cambio de una tarifa razonable. La señora -una morena impactante y muy cálida- tenía un pequeño local lleno de chucherías de plástico frente al Departamento de Policía, que era la tapadera de su verdadero negocio. Cuando fui a verla, me escuchó cinco minutos y durante una turbulenta media hora habló pestes de Fidel. A la semana, me entregó mi pasaporte renovado. En agradecimiento quise pagarle un poco más del precio convenido, pero se negó. "Oye, no", me dijo.
"Fijamos un precio y te lo voy a respetar. Ahora si tú quieres hacerme
un regalito, alguna baratija, eso es otra cosa. Si algo nos enseñó aquel
grandísimo hijueputa que tú ya sabes, es a tener dignidad". |
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