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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, Buenos Aires, 23/09/09.- "De
todas las repúblicas centroamericanas, Honduras es la más desdichada
[...]. América Central produce en realidad el efecto de una caricatura,
pero Honduras nos impresiona aún más porque parece una caricatura de
Centroamérica misma". Lo escribió el periodista canadiense William Krehm,
corresponsal de la revista Time, en su libro Democracia y tiranías en
el Caribe, publicado en 1949.
Leí ese libro en
1977, poco antes de viajar a Tegucigalpa, donde pasé muy buenos momentos
en los tres años que viví allí y, al final de la estadía, las peores
semanas. Fue antes de tomar apresuradamente un avión que me llevó de
regreso a México, huyendo del Batallón 316, un grupo paramilitar creado
por "asesores" militares argentinos a imagen y semejanza de la Triple
A.
En iguales circunstancias
también salieron otros dos compatriotas, Carlos María Vilas y Eduardo
Halliburton. Los tres trabajábamos en la Universidad Nacional Autónoma
de Honduras. Y por esas vueltas de la vida, hoy los tres terminamos
en la Universidad Nacional de Lanús, esa especie de Disneylandia nacional
y popular surgida de la frenética imaginación de Ana Jaramillo.
En aquella etapa
centroamericana, hubo un día inolvidable. A las 12:29 del 25 de julio
de 1978 salió de la editorial de la Universidad hondureña mi primer
libro y 16 minutos después nació mi primera hija, Valeria. Para completar
la jornada, a las cuatro de la tarde de ese mismo día planté una docena
de arbolitos en el jardín de mi casa. Yo tenía 29 años y estaba convencido
de que podía llevarme a la vida por delante. Pasó exactamente al revés,
pero esa es otra historia.
Tuve en Honduras
buenos amigos, la mayoría poetas, noctámbulos y bebedores de whisky:
Clementina Suárez, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes y Eduardo Bahr. Y
el historiador Ramón Oquelí, el economista Marco Virgilio Carías, el
abogado Gerardo Salinas, el mayor (retirado) Ricardo Zúñiga y el dirigente
estudiantil German Espinal, que hoy es embajador en Venezuela del gobierno
de Manuel Zelaya.
A todos ellos me
los presentó Víctor Meza, quien era mi jefe en la oficina de Relaciones
Públicas de la Universidad y en la editorial universitaria, y me permitía
hacer escapadas a Belice, Nicaragua, Guatemala o El Salvador, porque
yo también trabajaba como corresponsal del diario mexicano El Día y
la revista de circulación latinoamericana Cuadernos del tercer mundo.
Y casi todos ellos
en algún momento me citaron al escritor nacional Rafael Heliodoro Valle:
"La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima". O mencionaron
el dicho local: "En Honduras, el plomo flota, el corcho se hunde y los
aviones chocan con los autobuses". A lo que el poeta Sosa agregaba que,
además, "las camisas se fríen y los huevos se planchan". Fue él quien
me apodó "Ronberto Bacardini".
Muchos de estos amigos
tuvieron finales trágicos. Salinas, un amigable abogado laboralista
y defensor de presos políticos, fue asesinado en julio de 1980 por el
Batallón 316; tenía 33 años. El mayor Zúñiga fue asesinado en agosto
de 1985, a los 37 años; poco antes de morir había denunciado que el
316 era una formación clandestina del ejército. La talentosa, enamoradiza
y transgresora Clementina Suárez -de quien se decía que era la primera
mujer hondureña que había publicado libros- fue asesinada en 1991 por
delincuentes comunes; tenía 89 años.
En 1978, Víctor Meza
también me presentó a Edmundo Orellana, un abogado simpatizante del
Partido Liberal. Treinta años más tarde, Meza se convirtió en Secretario
de Gobernación y Justicia (ministro del Interior) del gobierno de Manuel
Zelaya, y Orellana fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, primero,
y de Defensa después. Fue este Orellana quien se dio vuelta como un
guante y desencadenó la crisis que culminó con el derrocamiento de Zelaya,
mientras Meza -que se mantiene leal al presidente legítimo- fue obligado
a abandonar su cargo.
Unos días atrás,
la Resistencia fiel a Zelaya me hizo llegar una noticia publicada en
Habla Honduras, una publicación digital que se define como "un proyecto
de periodismo ciudadano" y que concluye todos sus artículos con un firme
"¡No pasarán!":
"El jueves pasado
[13 de agosto] y siguiendo con su programación anual, el Museo del Hombre
hondureño organizó una actividad cultural en homenaje al aniversario
de la muerte de Clementina Suárez, poeta reconocida y respetada. Al
evento fue invitado originalmente el anterior ministro de Cultura, Pastor
Fasquelle, pero se hizo presente la señora Mirna Castro en su rol de
ministra de facto. Todo hubiera ocurrido sin incidentes: las palabras
de bienvenida por parte del director del museo, el cóctel de vinos y
quesos, los aplausos y las risas cultas de la elite hondureña… Pero
como la Resistencia está en todas partes, en cada esquina y en cada
evento, los músicos contratados para amenizar, al momento de presentar
las clásicas piezas que tanto gustan a los burgueses del país, explicaron
que no iban a tocar en reclamo al golpe de Estado y la presencia de
la señora Castro. De nada sirvieron sus reclamos, insultos y llantos
contenidos. La señora ministra tuvo que irse del museo ante la mirada
sorprendida de los presentes que, luego de su salida, continuaron disfrutando
de la velada".
Alta es la noche
y Clementina vigila.
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