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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, Buenos Aires, 03/03/10.- Nacido
en Mendoza e hijo de inmigrantes andaluces, era un aristócrata de los
nuestros. O, como de sí mismo decía el francés Jacques de Mahieu, "un
hidalgo del pueblo", que también los tenemos. Porque Enrique Oliva fue
un hombre culto, elegante y caballero, de los que no heredan estirpe
sino que se construyen desde abajo. Pertenecía al incorregible campo
nacional y popular, y cuando fue necesario, no eludió la acción directa
ni el riesgo físico.
Era doctor en Ciencias
Políticas y había sido profesor en las universidades de Cuyo y de Neuquén,
de la que fue rector organizador antes de que se transformara en la
del Comahue, pero jamás posó de académico. Participó en 1951 de la fundación
del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet),
organismo que años después y a causa de su militancia peronista, lo
ninguneó olímpicamente. No le importó: no le interesaba ser funcionario
público al costo de cerrar la boca, agachar el lomo y mirar hacia otro
lado. También fue, hasta 1955, director de Asuntos Culturales del Ministerio
de Relaciones Exteriores, pero no descendió a las amaneradas ínfulas
de ciertos diplomáticos de carrera. Y fue, sobre todo en los activos
últimos años de su vida, un pensador al que no le gustaba que lo etiquetaran
como intelectual.
Sus credenciales
eran otras. En un medio donde proliferan cagatintas y ganapanes, se
consideraba un periodista. En una época en que pululan mojigatos y cobardes,
se enorgullecía de haber integrado la Resistencia Peronista. Y en una
etapa de amnesia inducida y desmalvinización, estaba dedicado a la causa
de las Islas Malvinas. Lo hacía con un vigor del que hoy parecen carecer
muchos cuarentones y cincuentones distraídos con trenzas políticas de
pasillo, andinismo laboral, Boca y River, el baile del caño o los culos
del verano, endebles marcas registradas de cancherismo local, que arruga
al primer amague.
Oliva creyó, como
Miguel de Unamuno en El Sepulcro de Don Quijote, que "en cuanto una
alucinación se hace colectiva, se hace popular, se hace social, deja
de ser alucinación para convertirse en una realidad". Lo demostró hasta
el último día de su fecunda vida.
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