| Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 11/10/05.- "¡Quiero
que recuerden que ningún bastardo ganó nunca una guerra muriendo por su país!",
vocifera el general George Patton en mayo de 1944 a los soldados estadounidenses
que van a desembarcar en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Y agrega: "¡Ese
bastardo la ganó haciendo que otro pobre bastardo muriera por su país!". La invasión
a Normandía se produce el 6 de junio, cuando tres millones de soldados norteamericanos
atraviesan el Canal de la Mancha desde Inglaterra hacia la Francia ocupada por
los alemanes. A 61 años de aquel
episodio bélico, se planifica una nueva invasión en Asia Central. La organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) enviará más de diez mil soldados a Afganistán,
para extender el radio de acción de la Fuerza Internacional de Asistencia a la
Seguridad (ISAF) al peligroso sur del país. Es decir, duplicará el número de efectivos
que ya existen. La ISAF, integrada
por soldados de alrededor de 40 países y conducida por la OTAN desde octubre de
2003, se creó para garantizar la seguridad de Kabul. Sin embargo, amplió su radio
de acción al norte y el oeste del país, y se extenderá al sur y al este. Según
analistas militares, Estados Unidos busca aliviar sus tropas, para las que 2005
ha sido el año más mortífero. En Washington, la
recomendación del general Patton antes del desembarco en Normandía se ha transformado
en un dogma para los estrategas militares. Se trata, según ellos, de derramar
poca o ninguna cantidad de sangre de las llamadas "fuerzas propias". Suena muy
considerado pero, en última instancia, no les interesa mucho. Cuentan con suficiente
carne de cañón reclutada entre la población afroamericana, hispanoamericana
e, incluso, estadounidense de bajos recursos. El primer cañón de
pólvora aparece en Europa en 1326 y se carga con una especie de lanza, no con
balas. En 1340 se utilizan bolas de plomo, hierro y piedra. Sin embargo, pasan
varios siglos antes de que resulten adecuados y no estallen por el mal uso de
la pólvora. En 1460, el rey estuardo James II de Escocia, muere a causa de la
explosión de un cañón durante la Guerra de las Rosas. Pero a mediados del siglo
XV, la tecnología metalúrgica y la calidad de la pólvora mejoran para convertirlo
en un arma demoledora. No
pasan demasiados siglos antes de que Napoleón Bonaparte acuñe la definición carne
de cañón para definir a la infantería que arremete contra la artillería enemiga.
No lo dice explícitamente, pero se refiere a soldados "desechables" o fácilmente
reemplazables, reclutados entre el campesinado y los sectores bajos de Europa.
Claro que el emperador francés también es autor de otras dos sentencias que constituyen
un elogio a los soldados de a pie: "Cada infante lleva en su mochila el bastón
de mariscal" y "la infantería es la reina de las batallas". Ashley Montagu, antropólogo
de la Universidad de Princeton e investigador de la agresividad humana, indica:
"Las guerras modernas no las hacen las naciones ni los pueblos […]. Las hacen
habitualmente unos pocos individuos desde posiciones de gran poder […], con la
pretensión de una completa rectitud moral". "Ave, Cesar! Morituri
te salutant!", rugen los gladiadores antes que comenzar a luchar en la arena del
circo romano. "Los que van a morir te saludan". ¿Alguien recuerda sus nombres,
además del de Espartaco? En el poema Preguntas
a un obrero que lee, Bertolt Brecht escribe: |