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A ritmo de bossa nova, con gusto a caipirinha

Por Roberto Bardini

Rebanadas de Realidad - Bambú Press, México, 31/03/06.- El 28 de marzo pasado una comisión parlamentaria presentó en Brasilia un voluminoso informe de tres mil páginas y cuatro kilos de peso, que compromete a 200 personas del entorno político de Luiz Inácio Lula da Silva, aunque exculpa al mandatario. La red de corrupción -en la que figuran ministros, diputados y dirigentes del Partido del Trabajo- operó al menos entre enero de 1997 y agosto del 2005, y movilizó más de 900 millones de dólares.

El documento menciona a José Genoino, ex presidente del PT, a Silvio Pereira, ex secretario general, y a Delubio Soares, ex tesorero. También involucra a dos publicistas: Eduardo Mendonça, quien dirigió la campaña que llevó al poder a Lula da Silva, y Marcos Valerio Fernandes, identificado como un operador financiero en las sombras del PT, cuyas empresas se beneficiaron con jugosos contratos del Estado otorgados de manera turbia.

Cuando Lula ganó las elecciones de octubre de 2002, sus asesores tenían claro que el principal desafío eran las deudas interna y externa, la inflación, el desempleo, poco dinero en caja y un dólar en constante aumento. La economía brasilera ha sido considerada tradicionalmente como una "carrera de obstáculos en una pista en subida" y el futuro gobierno estaba bajo la implacable lupa de los organismos financieros internacionales.

Al asumir Lula la presidencia el primero de enero de 2003, la situación en el tercer país más grande de América después de Canadá y Estados Unidos, era la siguiente: más de 174 millones de habitantes, esperanza masculina de vida de 65 años, mortalidad infantil de 32 por mil, 127 médicos cada cien mil personas y una deuda externa de casi 240 mil millones de dólares.

A esto se agrega un dato histórico que no figura en las estadísticas: el alto índice de corrupción económica de los sucesivos gobiernos, la mayoría de los partidos políticos y gran parte del sector empresarial. En otras palabras: sobornos, comisiones, tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito. No existen dudas de que para muchos funcionarios, administradores y contratistas todo el año es carnaval.

Tres años atrás, la designación de Antonio Palocci como ministro de Economía fue recibida con optimismo. Médico, ex militante trotkista, miembro del Partido de los Trabajadores, ex alcalde de la localidad paulista de Ribeirão Preto en la década de 1990 y hombre de confianza de Lula, tenía entonces 42 años. Despojado de ataduras ideológicas, había logrado entrada libre en el mundo empresarial y bancario, y prometía ser tan capitalista como el mejor.

Y lo fue. Palocci estabilizó la economía y se hizo popular en los mercados financieros, pero finalmente debió renunciar a causa de esa dolencia casi crónica del ámbito político brasilero: la corrupción. Ahora enfrenta acusaciones de subvencionar ilegalmente campañas políticas cuando era alcalde y, como ministro, favorecer a ciertos empresarios, violar secretos bancarios y realizar negociados.

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