| Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 25/11/06.- El
pálido y prematuramente canoso Mark Sullivan empalideció un poco más el domingo
19 de noviembre. Él es, desde mayo de este año, el jefe número 22 del Servicio
Secreto de Estados Unidos. Nacido en Arlington
(Massachusetts), Sullivan ingresó a la corporación en 1983 y hace apenas seis
meses que está en la cúspide del edificio ubicado en el número 245 de Murray Drive,
en Washington DC. Sobre su escritorio
tiene una fotografía enmarcada de su esposa Laurie Bell y sus tres hijos. Aquel
domingo en cuestión, al recibir un informe clasificado de la embajada de Estados
Unidos en Argentina, seguramente pensó que tendría que guardar el retrato junto
con unos cuantos papeles personales, vaciar cajones, empacar todo en cajas e irse
a su casa con una jubilación repentina. El Servicio Secreto
de Estados Unidos se creó el 5 de julio de 1865, durante la presidencia de Andrew
Johnson, el sucesor de Abraham Lincoln, como una dependencia de la Secretaría
de Hacienda. Inicialmente, sus agentes tenían la misión de combatir a contrabandistas,
fabricantes de licor, ladrones del correo y encapuchados del Ku Kux Klan. En 1902, después
del asesinato del presidente William MacKinley, se le asignó la custodia de tiempo
completo de los mandatarios norteamericanos. A partir de 1951,
luego de que en noviembre del año anterior un nacionalista portorriqueño atentara
contra el presidente Harry Truman, el Servicio Secreto también asumió la vigilancia
de las esposas e hijos de quienes ocupaban la Casa Blanca. Se suponía que exactamente
eso era lo que debían hacer los ocho agentes secretos estadounidenses que custodiaban
a Barbara Bush, la hija de 24 años del presidente del país más poderoso del mundo,
mientras comía en un restaurant del viejo barrio de San Telmo durante su visita
de incógnita a Buenos Aires. Pero las fornidas
versiones reales de Kevin Costner en The bodyguard ni siquiera se percataron
que una hábil pareja de ladrones porteños le había birlado a Barbara la cartera
en la que guardaba la billetera, tarjetas de crédito y un teléfono celular. Como
en una estilizada coreografía de tango, un hombre alejó con su pie la cartera
y unos segundos después una mujer se agachó, la recogió y se alejó tranquilamente
del lugar. Por supuesto que
San Telmo -llamado así en memoria de Pedro González Telmo, un beato español del
siglo XII y patrono de los navegantes- no es tan peligroso como las calles de
Bagdad o de Beirut. Pero esas dos violentas
ciudades de Oriente Medio podrían ser el próximo destino que Mark Sullivan -hoy
con algunas canas nuevas- les asigne a los ocho distraídos agentes del servicio
al que él dedicó 23 años de su vida y del cual quizá hasta el domingo 19 pensaba
retirarse con una impecable foja de servicios. |