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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 08/02/07.-
El
7 octubre de 1986, varias paredes de Managua y otras ciudades nicaragüenses
amanecieron pintadas con una extraña frase: "Los aviones gringos hasen...
¡fusss!". El humor de la época se refería al mercenario estadounidense
Eugene Hasenfus, de 45 años y originario de Wisconsin, quien se transformó
en el desconocido más famoso del momento cuando su foto dio la vuelta
al mundo. Había sido capturado un día antes por Raúl Acevedo, un soldadito
de 20 años de edad, con 22 meses de servicio militar, en una zona selvática
a orillas del río San Juan, cerca de la frontera con Costa Rica.
Veintiún años atrás,
el 20 de septiembre de 1965, otra fotografía también había circulado alrededor
del planeta: Nguyen Kim Lai, una miliciana vietnamita de 17 años y 36
kilos de peso, conducía prisionero a W. H. Robinson, un fornido piloto
norteamericano cuya aeronave había sido derribada por el vietcong. Era
la imagen actualizada del triunfo del David tercermundista contra el Goliat
del Primer mundo.
Esa imagen se repitió,
con variantes de tiempo y lugar, en la tierra de Augusto César Sandino,
"el general de hombres libres". En las primeras planas de los diarios
de varias capitales, Hasenfus se convirtió en el primer estadounidense
apresado vivo desde que el gobierno de Ronald Reagan había iniciado en
1982 su guerra no declarada contra Nicaragua. Hacía 79 años que los "nicas"
no tomaban prisioneros de esa nacionalidad: en 1907, el general liberal
José Santos Zelaya ordenó la detención y fusilamiento de dos norteamericanos
que conspiraban para derrocarlo.
El "soldado de fortuna",
se supo después, había servido en Vietnam entre 1960 y 1965 como miembro
de la sección de abastecimientos de los marines. De 1965 a 1973 trabajó
para la Southern Air Transport (SAT), una empresa encubierta de la CIA,
y realizó misiones de aprovisionamiento en Laos, Kampuchea y Tailandia.
Apenas 48 horas antes
de su captura otro soldadito de 19 años, José Canales con sólo cinco meses
de servicio militar, había derribado el avión C-123 en el que viajaba
con pertrechos para los "contras" antisandinistas. El chico lo "bajó"
con un misil tierra-aire Sam-7, de fabricación soviética, un arma portátil
liviana de alto poder destructivo para la que se requiere un solo hombre.
Dos décadas más tarde,
el ejército de Nicaragua conserva mil cien de esos cohetes. Mil fueron
destruidos en 2005 por órdenes del ex mandatario Enrique Bolaños, a pedido
de Estados Unidos. Ahora Washington le demanda al presidente Daniel Ortega
que se deshaga de los restantes Sam-7, a lo que el ex comandante sandinista
ha replicado que "es absurdo e inconcebible" porque son necesarios para
la defensa del país. En contraste, la administración Bush aprobó renovar
la flota aérea de guerra de Honduras. El Salvador también posee gran cantidad
de aviones de guerra.
A todo esto, Rusia
observa con interés a esta parte del mundo: América Latina se presenta
como un mercado atractivo para colocar armas largas, misiles, vehículos
terrestres, aviones y helicópteros. Las ventas ya comenzaron a Venezuela,
Brasil y, en menor escala, México, Ecuador y Perú. Uruguay adquirió 400
camiones utilitarios Ural, transportes blindados livianos de exploración
y una cantidad reducida de fusiles AK-47.
El armamento ruso
se distingue por la simpleza en el diseño, la facilidad de manejo, el
bajo costo y, lo que es más importante, porque ha sido probado en combate.
En 2005 el volumen de exportaciones de armas rusas se ubicó en un segundo
puesto a nivel mundial con 5.771 millones de dólares, seguido por Francia
con 2.399 millones. Estados Unidos mantiene el primer lugar con 7.101
millones.
Ortega asumió como
presidente apenas hace un mes y Washington ya comenzó a presionarlo. Los
asesores de George W. Bush en el Departamento de Estado y el Pentágono
deberían leer a Rudyard Kipling. Los guías de caza en la antigua Bengala
recomendaban a los europeos que llegaban de safari dos opciones frente
a un tigre acorralado y furioso: matarlo inmediatamente o dejarlo huir.
Lo que no se podía hacer era aferrarlo con fuerza de los testículos y
pedirle con suavidad que obedezca.
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