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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 19/07/07.-
Rusia y el Reino
Unido tienen una añeja relación de espionaje recíproco que comenzó en
los primeros años del siglo XX, continuó en los inquietantes tiempos la
Guerra Fría (1948-1991) y se prolonga, después del derrumbe de la Unión
Soviética y del Muro de Berlín, con el asesinato del ex agente secreto
ruso Alexander Litvinenko, envenenado en Londres en noviembre de 2006.
Las derivaciones
de este caso integran una tradición de operaciones encubiertas, conspiraciones
y escándalos políticos que ahora abrió un nuevo capítulo y colocó en el
centro de la escena al magnate Boris Berezovsky, de 62 años, vinculado
a la mafia ruso-israelí, dueño de una fortuna de 4.000 millones de euros
y refugiado en Gran Bretaña desde 2000.
Desde la década del
30, el Kremlin y Whitehall repiten una historia salpicada de cortocircuitos
diplomáticos que inspiraron a escritores británicos como John Le Carré
y Len Deighton. Muchas novelas de estos autores fueron adaptadas al cine,
como El espía que volvió del frío (1965) e Ipcress - Archivo
confidencial (1965). Personajes de ficción como George Smiley y Harry
Palmer protagonizan el sórdido enfrentamiento en las sombras de dos famosos
servicios de inteligencia: el MI-6 británico y el ex KGB soviético.
Uno de los casos
más explosivos, cuya onda expansiva se prolongó durante décadas e hizo
rodar unas cuantas cabezas en el cuartel general del MI-6, ubicado en
Vauxhall Cross a orillas del Támesis, fue el del agente británico Harold
Adrian Russell Philby, nacido en la India en 1912 y conocido como Kim,
en honor a Kimbal O' Hara, personaje de la novela de Rudyard Kipling.
Hijo de Harry Saint
John Philby -un funcionario colonial en Medio Oriente, explorador del
desierto, asesor del rey Fuad de Arabia Saudita, conspirador y conocido
de Lawrence de Arabia- el encantador, culto y levemente tartamudo Kim
Philby, casado cuatro veces y amante de varias mujeres, falleció en la
Unión Soviética en 1988. Pasó a la historia como "el espía del siglo"
y aún hoy es un personaje legendario para los agentes de inteligencia
de todo el mundo.
Desde antes de la
Segunda Guerra Mundial y durante 30 años, Philby hizo contrainteligencia
para el KGB, se infiltró en el MI-6 y llegó a ser condecorado con la Orden
del Imperio Británico. Luego de su huida, fue ascendido a coronel del
ejército soviético, recibió la Orden de Lenin, fue enterrado con honores
en Moscú y homenajeado en 1990 con la creación de una estampilla con su
rostro. El escurridizo agente doble era amigo del escritor Graham Greene,
quien lo visitó cuatro veces en Moscú.
En 1963 estalló otro
escándalo de espionaje. El ministro de Defensa británico John Profumo,
un aristócrata conservador educado en Oxford y casado con la actriz Valerie
Hobson, tuvo que renunciar a su cargo al descubrirse su relación con la
joven prostituta de lujo Christine Keeler, de 19 años e informante del
servicio secreto soviético.
La Keeler, de quien
también se sospechaba que vendía sus destrezas sexuales al príncipe Felipe
de Edimburgo, esposo de la reina Isabel de Inglaterra, era amante del
capitán Evgene Ivanov, agregado naval y espía del KGB. El caso desencadenó
una grave crisis en el gobierno del primer ministro conservador Harold
MacMillan (1957-1963).
John Profumo abandonó
la política, ingresó a Toynbee Hall, una organización de caridad fundada
en 1884, y se dedicó prácticamente el resto de su vida a conseguir ayuda
para los pobres de la zona este de Londres. Había jurado no abrir la boca
jamás acerca del affaire y cumplió su promesa durante tres décadas, hasta
su muerte por un ataque cerebral en 2006, a los 91 años de edad.
Los escándalos Philby
y Profumo son sólo dos referencias en la turbia historia de espionaje
entre el Reino Unido y Rusia, que hoy nuevamente ocupa las primeras planas
de las noticias a consecuencia de la muerte por envenenamiento del ex
agente de inteligencia Alexander Litvinenko, asilado en Gran Bretaña desde
2000.
Ahora se supo que
Scotland Yard detuvo en junio y luego dejó en libertad a un sicario ruso
que supuestamente intentaba asesinar al millonario Boris Berezovsky, residente
en Londres en medio de grandes medidas de seguridad, reclamado por la
justicia de su país por intentos de golpe de estado contra el presidente
Vladimir Putin y vinculado a Litvinenko.
Berezovsky, que en
los años 70 se graduó como ingeniero especializado en electrónica y en
1983 obtuvo un doctorado en informática, trabajó 25 años en programas
de computación aplicados a la industria. Cuando en 1991 cayó el sistema
comunista, él -que era especialista en "sistemas"- sacó provecho de su
amistad con el entonces presidente ruso Boris Yeltsin y entró rápidamente
al nuevo mundo de los negocios de la mano del mundo nuevo de la mafia.
En 1996, Berezovsky
ya era conocido como "El Padrino del Kremlin". En pocos años y gracias
a la súbita privatización de empresas, el ex ingeniero se había convertido
en dueño de la fábrica de automóviles Lada Autovaz, la línea de aviación
Aeroflot, los periódicos Nezavisimaya Gazeta, Novye Izvestiya
y Kommersant, los canales de televisión ORT y TV-6, y varias compañías
petrolíferas manejadas por Sibneft, un banco propio para financiar sus
propias operaciones.
Luego de fugarse
de Rusia, Berezovsky dirigió fuertes inversiones a Ignite Learning, la
empresa de programas de computación del ex gobernador de Florida, Jeb
Bush, sospechado de fraude informático en las elecciones presidenciales
que en noviembre de 2000 le dieron el triunfo en ese estado a su hermano
George W. Bush.
La revelación del
presunto intento de asesinato de Berezovsky la hizo el diario sensacionalista
The Sun, propiedad del magnate Rupert Murdoch y el más leído en
idioma inglés en todo el mundo, con un tiraje de más de tres millones
de ejemplares.
En lo que posiblemente
sea una filtración de los propios organismos de seguridad británicos,
la información se publicó dos días después de que el gobierno expulsara
a cuatro diplomáticos rusos por la negativa de la justicia rusa a extraditar
Andrei Lugovoi, también ex agente de seguridad y principal sospechoso
de la muerte de Litvinenko.
Los escritores de
novelas de espionaje británicos, por lo visto, no tienen que hacer grandes
esfuerzos imaginativos para sus relatos: desde hace décadas, cada cierto
tiempo encuentran inspiración mientras se toman una taza de té, leen los
diarios, escuchan la radio o miran televisión.
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