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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 16/08/07.-
La historia no se
repite como calco o fotocopia, pero en ciertos momentos hay hechos, personajes
y frases del pasado que se reiteran en el presente, en las mismas latitudes
y parecidas circunstancias.
Leamos a un político
y militar venezolano, admirado y odiado por partes iguales en Iberoamérica,
al presentar en el Congreso una nueva Carta Magna con estas palabras:
"El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución, como
el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema autoridad
debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más
que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y
los ciudadanos: los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un
antiguo, y moveré el mundo".
Es el 25 de mayo
de 1826, cuando Simón Bolívar lee su proyecto de Constitución para la
recién creada Bolivia. Con ese nombre ha sido bautizada en honor al Libertador
nueve meses antes -con inevitable remembranza de parto- por el mariscal
venezolano José Antonio de Sucre (1795-1830), primer mandatario de la
nueva república andina.
En ese momento, el
Libertador recomienda la figura de un "presidente vitalicio". Y al referirse
a los controles legislativos al nuevo jefe de estado explica: "Se le ha
cortado la cabeza para que nadie tema sus intenciones, y se le han ligado
las manos para que a nadie dañe". Bolívar, republicano y partidario de
un presidencialismo fuerte, aspiraba a un ordenamiento constitucional
acorde al gran cambio que requería la América hispana después de 15 años
de guerras externas y desencuentros internos.
Ese mismo 25 de mayo
de 1826, Bolívar recibe un obsequio llegado desde el otro extremo del
continente: la familia de George Washington, fallecido 27 años antes,
le envía un medallón con el retrato del héroe de la independencia de Estados
Unidos y primer presidente de la nación, junto con un mechón de su cabello
que actualmente se exhibe en el Museo Bolivariano de Caracas. "Hoy he
tocado con mis manos este inestimable presente: la imagen del primer bienhechor
del continente de Colón, ofrecido por esa familia inmortal", dice Bolívar.
Aquel lejano intercambio
de elogios, visto con ojos actuales, es sorprendente. El encargado de
negocios estadounidense en Bogotá, Beaufort T. Watts, escribe en marzo
de 1827 al Departamento de Estado que Bolívar tiene "una fuerza intrínseca
moral" que inspira confianza a pesar de "todas las calumnias" en su contra.
Los hombres y sus
circunstancias no son muy diferentes 181 años después. "Me van a decir
loco por todos lados", declara el presidente Hugo Chávez a un canal de
televisión el martes 14 de agosto, 24 horas antes de presentar al Parlamento
su proyecto de reforma de la Constitución de 1999, que incluye la reelección
presidencial continua. Con certeza, él no recibirá ninguna efigie de Washington
por su propuesta, aunque a varios en la capital de Estados Unidos les
gustaría tener en la mano unos cuantos mechones de sus cabellos.
Ellos quizá tienen
más en común con el cónsul norteamericano en Lima de 1824 a 1827, William
Tudor, un bostoniano que antes de ocupar puestos diplomáticos había sido
fundador en 1815 de la North American Review, la primera revista literaria
de Estados Unidos. Tudor calificó a Bolívar como "el peligroso loco de
Colombia", culpable del "engrandecimiento excesivo de la América liberada
de España" y que sería recordado como "uno de los más rastreros usurpadores
militares".
El cónsul, graduado
en Derecho por la Universidad de Harvard, remarcaba que "Inglaterra y
Estados Unidos tienen razones de Estado comunes y poderosas" para oponerse
al surgimiento de una América del Sur unida desde Caracas hasta Buenos
Aires. Como ciertas partituras clásicas, las recomendaciones de Tudor
suenan a música que conserva vigencia.
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