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Rebanadas
de Realidad
- Bambú
Press, México, 02/10/07.-
Hace
40 años, ante la inminencia de un enfrentamiento militar entre Israel
y una mal compactada coalición integrada por Egipto, Jordania, Irak y
Siria, muchos nacidos en Argentina -pero de escasa raigambre nacional-
optaron a favor o en contra de los bandos en pugna y quisieron embarcar
al país en ese lejano conflicto.
La llamada Guerra
de los Seis Días finalmente estalló del 5 al 10 de junio de 1967 e Israel
amplió su territorio con la ocupación de la Península del Sinaí, la Franja
de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este (donde se encuentra la Ciudad Vieja)
y los Altos del Golán.
En medio de las hostilidades
en Medio Oriente, un porteño de origen irlandés les dio una sencilla lección
de argentinidad a pro árabes y pro israelíes.
Se llamaba Luis
Alberto Murray y había nacido en 1923. Era descendiente de John Murray,
un nativo de Newtowncashel (Irlanda) que se embarcó en Liverpool en abril
de 1844, llegó a Buenos Aires dos meses después -durante el gobierno de
Juan Manuel de Rosas- y 20 años más tarde era estanciero en Capilla del
Señor.
Luis A. Murray fue
periodista, poeta, historiador y novelista. Profundamente vinculado a
la Argentina, tradujo al slang estadounidense el tango Yira, yira, de
Enrique Santos Discépolo, y fue amigo de Fermín Chávez, José María Castiñeira
de Dios, Jorge Abelardo Ramos, José María Rosa y Osvaldo Guglielmino.
Mientras las armas
disparaban en los peñascos del Sinaí, los diarios de Buenos Aires publicaban
fotos del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser y del primer ministro
israelí -nacido en Ucrania- Levi Eshkol y los porteños discutían en los
cafés. Murray era director del semanario La Hipotenusa y en el Nº 4, del
8 de junio de 1967, escribió:
"No hay tales "razas"
que dividan a la humanidad en compartimentos estancos o núcleos inconciliables
entre sí: ante el microscopio, ni un glóbulo de sangre se comporta como
negro, blanco o amarillo, ni un espermatozoide asume premisas cristianas,
gentiles, judías, musulmanas ni ateas".
"Lo grave del asunto
[...] es que una vez más se intente dividir a los "hijos del país" propiamente
dichos, a los hijos de sirios o libaneses, y a los hijos de inmigrantes
polacos, rusos o alemanes de confesión mosaica, en nombre de estrellas
y lunas que nos son ajenas. Nuevamente habría que empapelar Buenos Aires
-haya o no guerra entre israelíes y árabes- con afiches semejantes a los
de FORJA en 1939: Los argentinos queremos morir aquí".
Cuarenta años atrás
los problemas de Argentina no eran muy diferentes a los de hoy y las palabras
de Murray parecen haber sido escritas ayer:
"Aquí queremos hacer
nuestra propia guerra. Pacífica, si se puede. Nuestra propia guerra contra
el atraso, la frustración, los infinitos fraudes de la vieja política,
la contumacia de los cipayos de izquierda y de derecha. No queremos agarrarnos
a patadas en Corrientes y Florida por Nasser o Levi Eshkol. Como somos
el pueblo mejor informado sobre lo que ocurre en cualquier parte del mundo,
conocemos el problema y su gravedad. Pero no aceptaremos dividirnos por
el Medio Oriente, con tantos otros motivos como tenemos, harto más inmediatos,
para pelearnos entre nosotros".
Y luego agregaba:
"No he viajado a Israel -lo cual no tiene nada de malo, lo cual no desespero
de hacer algún día- y no dependo de intereses sionistas. No soy antijudío
ni projudío, como no soy antibúlgaro ni probúlgaro. Entre los países que
no son el mío, confieso padecer especial debilidad por España, por el
Paraguay e Italia, en todo caso más íntimamente vinculados con la Argentina
que muchos otros".
El periodista finalizaba
con una recomendación a sus compatriotas: "Volvamos a la Argentina. Sin
aislarnos, sin perder de vista lo universal. Pero mirando al mundo con
nuestra propia óptica. Mirando desde aquí hacia afuera, no al revés".
Elegante y caballero,
ingenioso y cultor de un humor sutil, Murray falleció en 2002, a los 79
años. Hombre de oficio y gran cultura, había pasado por las redacciones
de los diarios Crítica y Democracia, las revistas Vea y Lea y Confirmado,
el periódico Mayoría, la agencia Télam y, finalmente Clarín, donde permaneció
20 años.
Cuatro décadas después
de aquella Guerra de los Seis Días, parece que otros nacidos en suelo
argentino insisten en comprometer al país en un conflicto lejano. Representantes
de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y de la Delegación
de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) asistieron a la Asamblea
General de la ONU, como testigos de lo que diga el presidente Néstor Kirchner
acerca de la nunca probada participación de Irán en el atentado terrorista
contra la mutual judía en julio de 1994. Esa actitud se podría definir
con palabras del filósofo francés Michel Foucault: estaban ahí para "vigilar
y castigar".
La presencia en la
ONU del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, colocado sistemáticamente
bajo los reflectores de la prensa internacional como representante del
"eje del mal", restó importancia a un tema mucho más sensible para los
argentinos. Dos días antes del inicio de la Asamblea General, trascendió
que Gran Bretaña estudiaba la posibilidad de extender la zona de exclusión
de las Islas Malvinas -que actualmente es de 200 millas- a 350 millas
(unos 563 kilómetros) y que la cuestión podría ser planteada en la ONU.
Es cuestión de vincular
la información fragmentada y observar un mapa. La distancia de Buenos
Aires a Tel Aviv es de 16.100 kilómetros y a Teherán es aún mayor: 17.500
kilómetros.
En cambio, de Buenos
Aires a Puerto Argentino (que el Reino Unido denomina Port Stanley), en
las Islas Malvinas, hay 1.800 kilómetros.
Y desde Puerto Argentino
hasta Río Grande, la ciudad más cercana a las islas en territorio continental
argentino, el trayecto es mucho menor: 800 kilómetros.
Faltó ver que la
presencia de miembros de la AMIA y la DAIA en Nueva York fuera una ocasión
propicia para que, como representantes de un importante sector ciudadano
de la Argentina, también expresaran su patriotismo y manifestaran públicamente
su oposición al proyecto británico de expansión. Es decir, que ya que
estaban ahí -y como recomendaba Luis Alberto Murray- vieran al mundo con
ojos argentinos, "con nuestra propia óptica, desde aquí hacia afuera,
y no al revés".
No fue así. Entonces
muchos seguirán pensando que esta clase de argentinos mal asimilados a
la tierra en la que viven y con sus ansiedades depositadas en Medio Oriente,
debería enterarse que desde 1833 -y quizá desde mucho antes- quienes perjudican
al país están en Londres, no en Teherán. Y que Argentina no necesita de
nuevos enemigos.
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