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COMUNICADO DE LA EMBAJADA DE BOLIVIA EN ARGENTINA

Hace 42 años: Masacre de mineros en Bolivia

Hace 42 años, la madrugada del 24 de junio de 1967, tropas militares tomaron a sangre y fuego los campamentos de Catavi y Siglo XX. Decenas de mineros fueron muertos y heridos.
Por José Pimentel, Especial para Cambio / Web

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Rebanadas de Realidad - Cambio, La Paz, 22/06/09.- Hay sucesos que desvelan el trasfondo de la realidad. Octubre de 2003 desnudó lo sangriento y entreguista del neoliberalismo, hoy Bagua desnuda la falacia del Tratado de Libre Comercio. En 1967, la masacre de San Juan y el asesinato del Che revelaron el fondo de las intenciones de la revolución restauradora de Barrientos y, en el marco americano, la Doctrina de Seguridad Nacional.

El triunfo de la Revolución Cubana, con su ejemplo socialista, reavivó la esperanza de los pueblos latinoamericanos. Se podía ser libre y aspirar a tener tierra, trabajo y derechos, a disponer del alfabeto para esta tarea, se podía hablar de igual a igual siendo negro, mulato o blanco; se gritaba ¡yanquis go home! porque en Cuba se cansaron de la humillación de ser prostíbulo de fin de semana. Se podía ser soberano y buscar nuevos mercados y tecnologías. Se podía ser patriota y a la vez socialista.

Las frustraciones nacionalistas se llenaron de esperanzas. El nacionalizar los recursos naturales de por sí no da una sociedad más próspera y justa; el imperialismo se dio modos de sobornar a los gobernantes, penetrar los procesos o finalmente acabar con ellos con la invasión necesaria.

Así quedó en el camino la Revolución del 9 de Abril. La Nacionalización de la Minas engendró una nueva capa de privilegiados, con los cupos de alimentos y dólares, con los contratos de proveedores a las empresas estatales, manteniendo lazos imperiales en la cadena productiva al no avanzar a la fundición del estaño.

La Reforma Agraria se convirtió en minifundio en el occidente y latifundio en el oriente; el voto universal convirtió en pongos políticos a los ciudadanos campesinos. El imperialismo norteamericano minó, corrompió o aniquiló a los gobiernos nacionalistas de México, Guatemala, Argentina, Brasil y Bolivia.

Proletariado minero

La traición a los postulados del 9 de abril tuvo en el proletariado minero a su firme denunciante. Fue el que dispuso su cuerpo y sangre para el triunfo; de sus filas cayeron los 3.000 muertos en la Semana Santa sangrienta.

Los mineros derrotaron al Ejército cuando desde El Alto se descolgaron a la hoyada, viniendo de Milluni y Corocoro, para juntamente con fabriles y carabineros vencer al Ejército de la oligarquía. Asaltaron y dislocaron las fuerzas de la II División en Oruro y tomaron el control de la ciudad de Potosí. Su heroísmo tenía una y mil razones y no iban a renunciar por unas dádivas.

Así se opusieron al Plan Eder-Siles cuando se redujo la pulpería barata, se despidió a obreros con extralegales, se cerraron minas, se redujeron salarios, mientras se devaluaba la moneda; desde el control obrero se denunció a la burocracia “satisfecha insensible”, se denunciaron los negociados en compras, a la vez que se peleaba por la instalación de hornos de fundición.

Se opusieron al Plan Triangular, que devolvió el control de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) al control extranjero, esta vez con membrete de asesores del BID, Alemania y Estados Unidos. Pelearon por la defensa del control obrero y su participación en la planificación de la estatal minera.

Se consuma la traición

En el plano político alertaron sobre la reconstrucción del Ejército con ayuda americana, denunciaron la represión a los líderes obreros, se opusieron a la reelección de Víctor Paz Estenssoro en 1964, apoyaron a sectores campesinos para garantizar su independencia, llegaron a las universidades para decir su verdad, resistieron el paralelismo sindical.

Su lucha y su expansión a las ciudades tuvieron ribetes insurreccionales. El títere de frac y corbata tambaleaba, su semblante no daba para enterrar demandas como respeto a la Constitución, libertades, elecciones libres, justicia social, soberanía e independencia. El recambio vino con mano militar, el ensayo se había experimentado en Brasil en abril de 1964; en noviembre le llegaría la hora a Bolivia, el hombre elegido fue el Gral. René Barrientos.

Fue en mayo de 1965 cuando se desnudaron las verdaderas dimensiones del giro estratégico. Se suprimió la libertad y organización sindical, se proscribió a los partidos de izquierda o que tenían ideas socialistas, se apresó, exilió a dirigentes obreros y políticos, se ocupó militarmente las minas, se acallaron sus radios, se rebajaron los salarios, se retiró a todos los trabajadores mineros y sólo se recontrató a quienes no tenían sospechas de sindicalistas, izquierdistas o agitadores.

La imposición no fue pacífica, se ametralló Milluni, se masacró en Kami y Cerdas, se cercó militarmente Huanuni, Catavi y Siglo XX. Los campamentos mineros fueron declarados zona militar. A la masacre roja siguió la masacre blanca. La acción represiva dispersó a la fuerza minera, unos en el exilio, otros en la cárcel y varios haciendo la resistencia clandestina. El cambio brusco de la situación les había encontrado sin estructuras para realizar una acción clandestina sostenida, al final ésta se convirtió en una lucha por sobrevivir. Así fue asesinado César Lora en el campo norte potosino; la represión fue destruyendo los núcleos de resistencia.

El deseo del dictador de entrar por la puerta grande a Palacio, vía fraude electoral, abrió la posibilidad de utilizar los resquicios democráticos y volvieron al país los exilados.Los presos fueron puestos en libertad con residenciamiento domiciliario.

Poco a poco las fuerzas se fueron reagrupando, se dieron paso a los sindicatos de base, que si bien tenían limitaciones “reglamentarias” eran espacios de organización, debate y unidad. Los comités clandestinos perdieron fuerza en la medida que no canalizaban las reivindicaciones cotidianas, y la masacre de Llallagua, tras la detención de Isaac Camacho, los debilitó sobremanera, más allá que su existencia clandestina llevó a la partidización de éstos, creando incredulidad en las bases.

La dirigencia de la Federación de Mineros y los dirigentes de base decidieron dar un giro de timón al convocar al XIII Congreso Minero, en Siete Suyos en el Consejo Central Sud del 16 al 23 de mayo. La fecha próxima a las elecciones les permitía dar un respiro para democráticamente definir su futuro, antes que se le impongan coordinadores.

El respaldo constitucional, los convenios internacionales, la admiración de la población boliviana eran su respaldo moral; la arbitrariedad y la represión había que derrotarlas con audacia e inteligencia. Poco a poco, por diferentes medios y vías, los congresistas se fueron congregando.

¿Qué hacer?

El congreso deliberó a profundidad los problemas. ¿Qué hacer ante las elecciones?, ¿cómo lograr mantener la organización sindical sin injerencia del Gobierno, en las circunstancias del terror implantado?, ¿cómo romper las limitaciones a la acción sindical impuesta por la reglamentación sindical?, ¿cuál el pliego petitorio de esta etapa?, ¿cómo organizar nacionalmente a los mineros?, ¿cómo renovar la dirigencia nacional comprometida con la traición del nacionalismo revolucionario?, ¿cómo evitar la entrega de los yacimientos mineros nacionalizados a las transnacionales?

Los temas eran múltiples y enormes. Con madurez se fueron planteando propuestas y soluciones, al final el congreso salió unido y claro en sus objetivos. El nuevo Comité Ejecutivo ratificó el liderazgo de Juan Lechín Oquendo -–ausente en las deliberaciones– y como secretario general fue elegido Irineo Pimentel Rojas. La Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) salió unida, a excepción de la disidencia de los militantes del POR, que precavidos del terror fascista insistían en mantener las estructuras clandestinas.

El programa reivindicativo se centraba en la vigencia de la FSTMB y reconocimiento al nuevo Comité Ejecutivo Nacional, reposición de sueldos y salarios, reincorporación de los retirados por causas político-sindicales, devolución de las radios mineras y salida del Ejército de las minas. Programa mínimo, pero altamente explosivo en el marco de la Doctrina de Seguridad Nacional que no daba espacio para la expresión y estructura de las organizaciones sociales.

Los pedidos por estos objetivos fueron rechazados. Ya el mismo día de la conclusión del evento de los trabajadores se declaró que no se reconocería a la nueva dirigencia; se movilizó a todos los sindicatos en una romería a La Paz, todos y cada uno de ellos con el mismo encabezamiento, los planteamientos del congreso de Siete Suyos.

La tenacidad logró la solución de algunos problemas locales y en general la devolución de las radios mineras, que más allá de una trinchera de combate eran mecanismos de cohesión social de todo el campamento.

El rechazo de los pliegos planteó el laudo arbitral en el caso de los sindicatos de Siglo XX y Catavi, proceso que llevó meses en su tramitación, con visitas a las minas, que a más de un miembro del tribunal le conmovió. Esta sensibilidad le significó su inmediata destitución y, por lo tanto, la manipulación del fallo por un tribunal que no fue el que acumuló las pruebas. Las puertas legales, después de un año del congreso, estaban cerradas; mientras tanto continuaba la detención de dirigentes, la arbitrariedad empresarial, la violación del fuero sindical y la amenaza a las radios.

El debate en Latinoamérica sobre las vías de la insurrección con el triunfo de la Revolución Cubana se avivó, mucho más en el marco de la disputa chino-soviético. Ya en abril de 1965 se escindió una tendencia del Partido Comunista de Bolivia, encabezada por Federico Escóbar Zapata, un líder minero de amplio prestigio.

En las minas la simpatía y aprecio a las posiciones cubanas eran amplias, por eso cuando el 23 de marzo de 1967 irrumpe la guerrilla del Che, en las bases mineras va ganando la convicción de que con negociaciones y pleitos judiciales no se iba a ganar nunca. Así se producen pronunciamientos para poner fin a esta vía, para lo cual se exige un ampliado nacional.

El ampliado es convocado para el 24 de junio, en Siglo XX, conocido como Territorio Libre.

La masacre de San Juan

La noche del 23 de junio de 1967, tropas militares rodearon el campamento, mientras languidecían las fogatas de San Juan. Efectivos del Regimiento Ranger, transportados en tren, tomaron la parte alta del campamento, mientras fuerzas policiales y paramilitares se situaron en la población de Llallagua. En acción coordinada avanzaba la ocupación la madrugada de ese 24 de junio.

En su trayecto se encontraron con amas de casa que afanosas preparaban la comida para los obreros que ingresaban al turno de la mañana. La orden de ¡silencio! fue respondida con un grito de alarma, la alarma con disparos de bala; el campamento despertó entre la duda de que si seguía ardiendo la fogata o era la amenaza cumplida de toma del campamento.

La noticia se extendió al centro sindical, la alarma se extendió con el sonar continuo de la sirena, la música madrugadora de radio La Voz del Minero fue desplazada por la voz de alarma de Rosendo García M. Las tropas aceleraron el paso para acallar sirena y radio, se trató de impedir su paso con insultos, los que eran silenciados con bala; cualquier figura humana en el trayecto era un enemigo. El único enfrentamiento lo dio Rosendo, testimonio de impotencia y dignidad; sobre su cadáver silenciaron la radio. 36 muertos según las listas oficiales: mujeres, niños, indigentes, mineros llenan la lista de los “subversivos”.

Doctrina de Seguridad Nacional

La bronca y el repudio se expresaban en gritos en el entierro, en las calles de las ciudades y en cada grupo de ciudadanos: “Masacradores”, “muera la bota militar”, “asesinos”. Tanta barbarie era inexplicable. Sólo años más tarde se conocería el adoctrinamiento a algunos militares.

“El mundo está dividido en dos: la cultura occidental ‘cristiana’ y el comunismo ‘ateo’, quien no está conmigo está en contra. Ésta es una guerra y en una guerra matas o mueres, así que hay que aniquilar al enemigo, que muchas veces se disfraza de demócratas, cientistas, sindicalistas, curas tercermundistas, derechos humanos, constitucionalistas”. “Somos la institución tutelar, los designados para conducir la patria, los políticos han fracasado”. “Este país necesita orden, paz y trabajo, basta de anarquía”.

La doctrina incubada en el Pentágono regaría de mártires el continente, miles de muertos, cientos de miles desaparecidos, desterrados, exilados, torturados, familias destrozadas, niños y jóvenes frustrados. Pero en cada lágrima renacía la esperanza, el porfiar en ser hombres, criaturas pensantes y sintientes (de sentir), en tener la certeza de que un mundo mejor es posible.

El presente material se publica en Rebanadas por gentileza de la Embajada de Bolivia en la República Argentina / Web