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Naides es más que naides (a propósito de Juan Agustín García 1862-1923)

Por Alberto Buela (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 04/04/05.- Esta moda del progresismo cultural, que en términos políticos nace entre nosotros con la restauración democrática del 83 y llega a su plenitud en nuestros días, viene hurgando en el pasado argentino en la búsqueda de un fundamento que justifique su posición.

Así año tras año vienen insistiendo en trabajos sobre los intelectuales del siglo XIX elegidos a píacere, y en la medida que se ajustan a sus preconceptos o prejuicios de "intelectuales progresistas". Entonces, acá rescatan a Echeverría (generación del 37), allá a Carlos Bunge (generación del 80) y acullá a Ingenieros (generación del 96).

Como vemos, saltando arbitrariamente de una generación a otra no importa el contexto marcado por ellas, sino cómo echar agua para su molino.

Así cuando se habla de Alberdi se rescata al liberal no "al pensador nacional", y si se habla de Korn, se destaca el socialista antes que el filósofo de la libertad creadora. Ni que decir si alguna vez se menciona a Ernesto Quesada, el hombre más inteligente de su época- generación del 96-, quien es tratado como positivista en lugar de historicista. El pensador que influyó sobre Spengler y el capítulo americano de su famosa obra La Decadencia del Occidente. Esto se oculta o se ignora.

La última novedad es que ahora tratan de incorporar la figura de Juan Agustín García, el máximo historiador de nuestro pasado colonial, y hacerlo pasar como jurisconsulto, sociólogo y positivista. Cosa que no fue, o mejor, fue a medias.

García fue antes que nada un pensador de las cosas nuestras, que se interesó como historiador por la trama normal de la vida de los argentinos antes que por los próceres y la historia político-militar.

Hasta él, el país contaba con tres grandes historiadores: Mitre, López y Groussac, pero ellos contaban la historia a través de las grandes figuras: San Martín, Belgrano, Liniers, etc. Agustín García prefiere el estudio del pueblo y sus cosas, su vida, su economía, su organización familiar. Y así aparece en 1900 su principal trabajo La Ciudad Indiana, interpretación psicológica y económica de la historia argentina de los siglos XVII y XVIII. Un trabajo original, novedoso y documentado como no lo había hasta entonces. Comentado en su momento por don Miguel de Unamuno en un largo estudio. Trabajó directamente sobre las actas del Cabildo. Sobre el insustituible Solórzano y su Política indiana, con las Partidas de Alfonso el Sabio en la mano, con el texto de Política para corregidores de Bobadilla, y todos los registros estadísticos de Trelles y su Revista del Archivo.

Para nuestro autor "el que realiza la obra es el pueblo" y lo estudia a través del criterios psicológicos, investigando los sentimientos y la creencias que influyeron en forma predominante en el pasado de nuestro país. Pues consideraba que los impulsos afectivos, los sentimientos, las creencias definían mejor el alma de los pueblos que las ideas.

Así estudia algunos de ellos como la creencia en la grandeza futura, el pundonor criollo, el culto nacional del coraje, el sentimiento de desprecio de la ley, el deseo de enriquecerse rápido.

En otros trabajos menores siguió estudiando otros sentimientos del alma argentina como el sentimiento de patria, el de familia, el de ligereza, el de imprevisión, el religioso, y propuso otros como el de la risa (¿de qué ríen los argentinos?) a través de las obras de teatro, del orgullo, de las distintas maneras de hablar de los argentinos a través de la historia.

De su extensa bibliografía, Ensayos y notas (1903); Introducción a las ciencias sociales argentinas (1899); además de varias novelas, Memorias de un Sacristán (1906), La Chepa leona (1910) y algunas obras de teatro, El mundo de los snobs (1920), La Cuarentona (1921), Un episodio bajo el Terror (1923), merece destacarse el ensayo Sobre nuestra incultura (1920).

Y es en este trabajo (1) en donde se destaca Juan Agustín García como pensador no conformista, como pensador alternativo al régimen educativo y cultural instaurado por la generación del 80. "Nuestros dirigentes desde hace cuarenta años -él está escribiendo en 1920- pensaron la patria, la educación y la historia como algo aislado sin relación con los otros elementos del juego mental".

Y así se creyeron que bastaba enseñar la Historia Argentina, cantar el Himno Nacional muy a menudo y saludar la bandera todos los días para formar el patriotismo.

Y en orden a la educación se adoptó la moda Spencer y se reemplazó la enseñanza clásica por la "enseñanza nacionalista y se incurrió en el grave error político al sacrificar todo a la instrucción científica". A Spencer y sus discípulos argentinos no le interesaban Venecia, Grecia y Roma pues, según ellos, eran fuentes insignificantes en la historia del mundo. Ellos sostenían que la enseñanza debía ser práctica y utilitaria en el sentido del desarrollo de la vida económica e individual. "Su ideal era formar hombres prácticos para servirse a sí mismos y nada más que a sí mismos".

Y en cuanto a la historia, según nuestro autor, no juzga, reconstruye, resucita y explica el devenir de los hombres y los sucesos. La sentencia puede venir como un apéndice. La ciencia descubre los documentos, los traduce, los critica, "establece su contenido correcto con la ayuda de sus disciplinas auxiliares de nombres pedantes y misteriosos: heurística, diplomática, etc.". .. "en la clase de historia el alumno debe convertirse en historiador y rehacer el escenario". Y termina García manifestando su no conformismo, su oposición al pensamiento dominante de la época: "Convenimos que este plan de clase contradice toda la práctica tradicional y todos los prejuicios que ésta arrastra pesadamente".

El hilo conductor del pensamiento alternativo al régimen de su tiempo y que hilvana todos los aspectos de su desarrollo es, en Juan Agustín García, la lectura a contrario sensu del principio o adagio: "Naides es más que naides".

Es sabido y por todos conocido este dicho criollo que desde los albores de nuestra nacionalidad se viene repitiendo de generación en generación: Naides es más que naides, quiere decir y afirmar que, en principio, todos somos libres e iguales en dignidad y nadie es superior a otro por naturaleza o por fuerza del destino sino que tiene que demostrar en qué es "más".

García no hace esta lectura, que es la criolla por excelencia, la que hemos aprendido nosotros desde siempre, sino que interpreta el "naides es más que naides" como una rémora exacerbada del pasado en el presente por la educación individualista e igualitaria que propuso la generación positivista y laica del 80. Y así afirma: "El viejo aforismo criollo que late en el fondo del alma popular y anima toda su poesía triunfa de nuevo (con relación a la reforma del 18). Se lo creía enterrado para siempre junto con la flota de capataces y caudillos de nuestra historia... Naides es más que naides murmuraban en su monólogo interior el gaucho, el oficial y el general en las tristes soledades de la pampa argentina del año 20. Todos tienen igual aptitud, igual talento, igual preparación para abordar todos los problemas y dictar todas las cátedras. ¡Naides, naides!".

Nuestro autor la interpreta desde su posición social, su historia familiar -su padre y él fueron altos funcionarios del Estado- y el contexto de su tiempo -su pertenencia a generación del 96.

Pero lo paradójico del caso es que en esa interpretación contraria al dicho "naides es más que naides" encontramos lo más valioso y actual de Juan Agustín García, su crítica al igualitarismo y a su consecuencia el democratismo.

"Si hay algo que por su esencia no es democrático, es la cultura. La cultura presupone la desigualdad intelectual desde que su base es la "clase" de maestros y la de los alumnos. Los países más celosos de esos principios de democracia admiten el viejo régimen en su civilización. La Academia Francesa es de puro espíritu de aristocracia... En los pueblos inteligentes esas desigualdades resultan agradables y amables. Nosotros somos absolutos, nuestra democracia es rígida: nadies es más que nadies, viene gritando desde el fondo de la Pampa y desde los años lejanos".

Vemos como García desde una visión aristocratizante, aun cuando él no se piensa como un aristócrata o un oligarca, realiza una crítica furibunda y demoledora al igualitarismo y a la democracia formal. Lo que llama la atención es que enraice su crítica en un dicho criollo que bien entendido, como lo ha entendido el pueblo llano desde siempre, es más un grito de libertad y de autonomía, que un reclamo de igualdad. Claro está, nuestro autor, que no fue filósofo, no distinguió entre los dos aspectos que puede entenderse la igualdad que se da en el hombre.

Si bien los hombres como individuos somos iguales en tanto que formamos parte del mismo género (animal) y especie (racional). Ontológicamente somos diferentes, porque como personas somos libres, únicos, singulares e irrepetibles.

Los hombres somos iguales en dignidad, pero somos ontológica y existencialmente diferentes, querer establecer la igualdad en este segundo aspecto es el error que comete el igualitarismo, cuando proclama "todos somos iguales en todo".

Hoy, una filósofa nada sospechosa como Hannah Arendt, vincula la nueva doctrina de los derechos humanos con el totalitarismo, presentándola como una atomización social y una igualización forzada de todos los hombres.

La actitud no conformista o disidente de Juan Agustín García se prolonga en sus juicios siempre precisos y mesurados sobre los popes intelectuales del siglo XIX: "Alberdi es uno de nuestros mejores ejemplares intelectuales"; "Mármol era vulgar"; Echeverría concretó una especie de método: la literatura periodística. A nadie se le ocurriría recitar La Cautiva"; " De Andrade se aplaudía la sonoridad admirable; pero a la sordina se hablaba de que no era más que un pastiche de Víctor Hugo".

Y en sus propuestas: "Educar hacia lo útil, al través de lo verdadero y lo bello"; "Se aprende primero el idioma y luego se presenta el profesor de gramática sin libro, si fuera posible"; "La patria es como una imagen que se hace todos los días por el acto heroico o simplemente honesto"; "hay que educar el sentimiento que en el desarrollo de la vida es más importante que la intelectual"; "La civilización argentina tiene tres raíces profundas que la nutren a través de la cultura del Mediterráneo: Atenas, Roma y Jerusalem".

En sus juicios y propuestas encontramos a Juan Agustín García, ocurre lo mismo con Korn, mucho más cerca de los hombres de la generación posterior a la suya -la del centenario- Rojas, Alberini, Rougés, Ugarte, A. Palacios, C. Ibarguren, Terán, Taborda, Lugones, que de los suyos propios como Ameghino, Ingenieros, Ramos Mejía, J. V. González, N. Matienzo, A. Alvarez; Pizzurno. El único intelectual de su generación que se le equipara en solvencia intelectual es Ernesto Quesada, el ignorado. El mal aprendido y el peor enseñado. (2)

Su vinculación y distanciamiento del positivismo se encuentra expresada en este hermoso párrafo: "La moda Spencer y de su escuela pasó. Al pasar por las iglesias sonreíamos, como si se tratara de negrerías. El Cristo, la Virgen, la Pasión, los grande santos... puro fantochismo ridículo. Fuimos víctimas de la ciencia materialista y pedantesca de los Spencer, Haeckel, Lombroso que marchitó muchas hojas buenas de las almas de veinte años".

Más terminante y actual por su contenido político es este otro: "Hace treinta años Herbert Spencer ejerció una influencia funesta en nuestra instrucción pública y en nuestra política. Aquella teoría sobre la ineptitud del Estado para administrar, fue la base de las leyes que entregaban los servicios públicos a empresas particulares". Hasta el más zopenco puede realizar una analogía con lo ocurrido no hace mucho en nuestro país. Esta cita muestra una vez más como el positivismo tanto político (utilitarismo o pragmatismo) como jurídico, conduce siempre a la consolidación del statu quo vigente. La paradoja es que le positivismo siempre ha sido presentado como un progresismo.

García no fue un positivista, como nos quieren hacer creer nuestros "progresista ilustrados" del tipo de los Oscar Terán o José Luis Romero (h) y tanto becario suelto que anda por ahí.

Lo que sí sufrió fue la influencia de los Taine, Renán, Bain, Ribot, Ball, Tarde, Comte, Spencer, Haeckel, Lombroso como todos los hombres de su generación, pero al actuar y pensar sobre los sentimientos del pueblo llano y a partir de allí intentar caracterizar el alma de los argentinos, quedó vinculado a la escuela romántica. Posición que se consolidó con la postrer influencia de Hegel.

Y si hubiera tenido la ocasión de conocer a W. Dilthey (1833-1911), seguramente, habría inaugurado los estudios axiológicos en nuestro país, pues tenía ya realizados los trabajos de base sobre el fondo afectivo de nuestro pueblo.

Pretendimos con este trabajo rescatar a un pensador nacional no conformista, y de paso, mostrar una de las tantas contradicciones del pensamiento progresista tan en boga en nuestros días.

Hoy las cátedras de sociología y ciencias políticas de nuestra universidades están plagadas de estudios sobre los antecedentes de estas disciplinas, y en su afán de encontrarlos raspan la olla y mezclan los gustos. Se confunden y confunden, erran y hacen errar, a quienes los escuchan o leen.

Podemos aplicarles el juicio de Juan Agustín García con plena justicia: "El nuestro es un sistema liviano, rápido para formar apariencias de hombres, sin mayor esfuerzo".

Notas:

1.- Sobre nuestra incultura, primera edición 1922, segunda edición 1965 en Obras Completas, Ed. Antonio Zamora, tercera edición 1986 por Ed. Docencia. Es sobre esta edición que se realizan todas las citaciones del presente artículo. La misma lleva el estudio preliminar del más significativo estudioso del pensamiento argentino don Diego Francisco Pró (1915-2000). Uno de los méritos del pensador chaqueño, perseguido político junto con tantos otros (Luis Juan Guerrero, Miguel Ángel Virasoro, Nimio de Anquín, etc,) por la revolución liberal de 1955, ha sido su documentada Historia del pensamiento filosófico argentino (Mendoza 1973 en adelante) en donde realiza el estudio más acabado sobre las generaciones argentinas.

Es sabido que los filósofos Jacobo Burckhard y Guillermo Dilthey fueron a mediados del siglo XIX los primeros en sostener que la estructura interna del proceso histórico está hecha de generaciones. Ortega y Gasset, quien meditó siempre a la sombra de éste último, en El tema de nuestro tiempo dice: "La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia y, por decirlo así, el gozne sobre el que ésta ejecuta sus movimientos"(p.15). La periodización generacional propuesta por Diego Pró rechaza la seriación automática y mecánica- 30, 20 ó 15 años entre cada una- y se apoya en un criterio histórico cultural que participa de ciertas notas características (variación de pocos años en la edad; contacto vital entre los miembros; caudillaje de alguno; lenguaje y temática generacional; anquilosamiento de la generación anterior; homogeneidad en la formación). Todo ello vinculado a la conciencia de pertenecer a una generación por parte de sus miembros. Distingue así diez generaciones argentinas que van de 1810 a 1940 pasando por 1821, 1837, 1866, 1880, 1896, 1910 y 1924.

2.- Existe una excepción y es el investigador y politólogo Horacio Cagni quien desde la publicación de su libro Spengler: Pensador de la decadencia(1993) se viene ocupando de Quesada y su vinculación con el pensador alemán.

Nosotros mismos nos ocupamos en dos trabajos. Uno, Historia y memoria nacional incorporado al libro Ensayos de Disenso (Barcelona 1999) sobre la introducción a los cinco volúmenes de su obra señera La época de Rosas para mostrar su lugar en la historiografía argentina y su innovación metodológica, y otro, La tradición nacional incorporado al libro La taba y otros asuntos criollos (Buenos Aires 2000) en donde analizamos el texto En torno al criollismo de 1912.

(*) Filósofo.
El presente material se publica por gentileza del Estudio Cuartango.
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