Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
AMERICA

Despliegue del pensamiento americano (Primera Parte)

Esquema para estudiar su desarrollo.
Por Alberto Buela (*) / Correo: alberto.buela@gmail.com
Al Chino Fernández y a Martín Crespo, dos sociólogos de los buenos, que me pisan los talones.

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 29/01/07.- Comenzamos este trabajo con la pretensión de ofrecer en la primera parte una respuesta clara y breve a la afirmación del historiador español de las ideas José Luis Abellán: "El pensamiento hispanoamericano es liberal y antiimperialista" (1). Siguiendo en este juicio aquel similar de su compatriota, el trasterrado José Gaos (2).

En primer lugar, una vez más, debemos afirmar que el pensamiento hispanoamericano no comienza en el siglo XIX sino que tenemos pensadores y pensamiento genuinamente americano desde el siglo XVI. Claro está que la visión y versión liberal de la historia de Nuestra América, donde se inscriben estos ilustres españoles mencionados más arriba, niega ab ovo toda posibilidad de pensamiento a la escolástica colonial. Así pensadores, y sólo para mencionar uno por cada uno de nuestros países, como el mejicano Alonso de la Vera Cruz (1504-1584), el chileno Alonso Briceño (1590-1668), el brasileño Tomás Antonio Gonzaga (1744-1810), el peruano Pedro Peralta de Barnuevo (1663-1742), el ecuatoriano Francisco de Espejo (1747-1795), el colombiano Juan Antonio Varillas (1663-1728), y los argentinos Luis de Tejeda (1604-1680) y José Antonio de San Alberto(1724-1804), son sencillamente "ninguneados". No está demás comentar, a título informativo, que sólo limitado a la Argentina registra Alberto Caturelli (3) más de cincuenta pensadores de mérito desde Juan de Albiz en 1613, el primer pensador argentino, hasta 1810, momento en que comienza a regir el pensamiento de la Ilustración. De modo tal que si esta cifra la multiplicamos por los cuatro virreinatos españoles en América obtenemos la no despreciable suma de doscientos pensadores para el período colonial, sin contar que Méjico y Perú tuvieron universidad medio siglo antes que nosotros.

Salvo una excepción y media. La excepción es la del cubano José Martí y la media, la del segundo Alberdi, todos los pensadores americanos del siglo XIX que se han ocupado de la cuestión nacional y del tema de la identidad son de neto y claro corte liberal: Sarmiento: Facundo (1845), Lastarría: Recuerdos literarios (1878), Hostos: Moral social (1888), Alberdi: Bases (1852), Bello: Estudios Críticos (1850), Montalvo: Siete Tratados (1882), Justo Sierra: Evolución política del pueblo mejicano(1893). Incluso este liberalismo político llega hasta dos hombres de la generación del centenario: al argentino Ricardo Rojas en su Restauración nacionalista (1909) y al boliviano Alcides Arguedas y su Pueblo enfermo (1909).

La salvedad a este liberalismo decimonónico la hizo notar con agudeza el cura Castellani: "la ventaja que ofrecen los liberales del Plata (y por extensión de Nuestra América) es que por estos lares el liberalismo nunca fue asimilado. Hemos recibido no sus principios sino sus conclusiones en la figura de los Códigos, leyes de educación común y Constituciones. El liberalismo resultó algo postizo" (4).

En Hispanoamérica durante el siglo XIX se dan, en común a todos los países que la integran, tres grandes generaciones. La de la Independencia que gira alrededor de 1810, ideológicamente signada por la Ilustración, no francesa como se suele sostener sino más bien española a través de las figuras emblemáticas de Benito Feijoo (1676-1764) el autor más leído de su siglo del que se llegaron a editar 420.000 ejemplares y Melchor de Jovellanos (1744-1811).

La segunda es la de los Constituyentes que gira sobre los años de 1850 y cuyo signo ideológico es el romanticismo liberal. Y la tercera la de 1880 bajo el signo del positivismo.

Y así, mientras que la generación romántica de mediados del siglo XIX se encarga de copiar las constituciones francesa y norteamericana y los códigos napoleónicos e ingleses (Bello para Chile, Alberdi para Argentina), la generación del 80 tanto chilena, boliviana, peruana, colombiana, argentina como en el resto de Iberoamérica es la que carga de contenido los Estados-nación de cada uno de los veinte paisítos en que se transformó la vieja Patria Grande de Bolivar y San Martín cuando afirmaban respectivamente: "mi patria es América" o "yo soy del partido americano".

Esta generación del 80 es totalmente liberal en su fondo y en sus formas, salvo honrosas y grandes excepciones como Joaquín V. González, Ernesto Quesada u Osvaldo Magnasco en Argentina o Miguel Angel Caro (1843-1909) para Colombia (5).

Esta generación del 80 fue tan liberal en Iberoamérica que logró que el lema del positivismo de Augusto Comte "Orden y Progreso" figurara en la bandera de un gran país como Brasil.

De modo tal que la afirmación de Abellán y de tantos otros como él, en el sentido de que el pensamiento hispanoamericano es liberal y antiimperialista es solo parcialmente verdadera en tanto y cuanto se aplica a los pensadores americanos de la segunda mitad del siglo XIX. Lo de antiimperialismo es otra macana de Abellán porque ninguno de ellos se planteó el tema del imperialismo. Es más, algunos eran expresamente pro imperialistas. La admiración de Sarmiento por los Estados Unidos es casi patológica.

Este tema del imperialismo y su tratamiento nace después y a partir del hecho terrible que conmovió a la adormecida inteligencia americana: la agresión inaudita de Estados Unidos a España con la excusa de la voladura del Maine, pretexto para la declaración de guerra en 1898.

El hecho bélico como generador de pensamiento crítico no es tenido en cuenta ni por la izquierda "latinoamericana" ni por los socialdemócratas y liberales peninsulares cuando se acercan a analizar nuestra historia de las ideas. Así, en el libro citado de Abellán, la guerra no tuvo lugar. Y sin embargo, la guerra existió y terminó creando toda una conciencia antiimperialista en América y Filipinas, donde el patriota tagalo José Rizal, fusilado dos años antes renació de sus cenizas. Y así su Noli me tangere pasó a ser la lectura popular de liberación del pueblo filipino. En España misma, viene a dar origen a la generación del 98 con pensadores claramente antiimperialistas como Ramiro de Maeztu, Unamuno o Manuel Machado.

La reacción americana no se hizo esperar y aparece a la cabeza el oriental José Enrique Rodó con su Ariel (1900) y Motivos de Proteo (1909) inaugurando la generación del Centenario, seguido de muy cerca por el colombiano José Vargas Vila: Ante los bárbaros (1902) donde describe a los norteamericanos por su estadía allá y el gran poeta nicaragüense Rubén Darío y su poema A Roosevelt (1904).

Le siguen, en 1909, luego los fundadores del Ateneo de la Juventud en México: Vasconcelos: La raza cósmica(1925) e Indología (1927), Henríquez Ureña: Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1926) y Alfonso Reyes: Anáhuac (1927) y Notas sobre la inteligencia americana(1937). Y siguen, el cubano Lezama Lima: La expresión americana(1910), los argentinos Manuel Ugarte: La nación hispanoamericana(1910), Juan Agustín García: Notas sobre nuestra incultura(1922) y Leopoldo Lugones: La grande argentina(1918-1928), los peruanos José Santos Chocano: Alma América(1906), Víctor Andrés Belaúnde(1883-1966) Meditaciones peruanas(1917) y Peruanidad (1942), Francisco García Calderón: Creación de un continente(1913) y el protomarxista de América, José Mariátegui: Siete ensayos sobre la realidad peruana(1928), el boliviano Frank Tamayo: Creación de la pedagogía nacional(1910). En Brasil se destacan en la generación que orilla el año 1910 Euclides da Cunha: Contrastes y confrontaciones (1907) y Pereira da Graca Aranha: Estética da vida (1920), el colombiano Carlos Arturo Torres: Idola Fori(1910), el ecuatoriano Gonzalo Zaldumbide: Vicisitudes del descastamiento (1914), el salvadoreño Alberto Masferrer: Serie de Patria (1928), el venezolano Rufino Blanco Fombona: Evolución política y social de Hispanoamérica (1911).

De modo tal que, a ojo de buen cubero, nosotros encontramos una veintena de pensadores nacionales que conforman la generación del centenario en América y que se encuentran en plena gestión cultural alrededor de 1925 y de los cuales ninguno es liberal ni nada que se le parezca. Si encarnan algo es una reacción a dos puntas: contra la injerencia en la América española del novel imperialismo yanqui inaugurado en 1898 y contra el positivismo que viene de la generación del 80.

A esta generación del Centenario hay que sumar, específicamente desde Argentina, cinco pensadores formalmente filósofos: Saúl Taborda: La democracia americana (1918) y La crisis espiritual del ideario argentino (1933), Alberto Rougés: El alma nacional (1913) y Las jerarquías del ser y la eternidad (1943), Alejandro Korn: La libertad creadora (1922), Juan B. Terán: El problema de nuestra cultura (1922) y Coriolano Alberini: Escritos de ética (1908-1925). El primero fue principalísimo ideólogo de la Reforma Universitaria de 1918 en la Universidad de Córdoba sosteniendo su original idea acerca de "lo facúndico" y el "comunalismo". Los otros cuatro inauguran la profesionalización universitaria.

El mito de Ortega y su influencia en Iberoamérica

Este mito tiene su partida de nacimiento con la llegada de José Gaos a México en 1939, al final de la guerra civil española. Discípulo de Ortega en España, convence, a su vez, a sus discípulos mejicanos (Zea et alii) de dicha influencia. Viene luego Julián Marías y su medio siglo de innumerables viajes y conferencias por toda Hispanoamérica en donde peroró sobre Ortega por doquier, promocionando sus libros e ideas. Entrados los años setenta es el historiador de las ideas españolas, el mencionado Abellán quien toma la posta en la difusión del mito. Finalmente, en los años 90, el estudioso, también español, José Luis Gómez Martínez en su libro Pensamiento de la liberación: proyección de Ortega en Iberoamérica (1995) termina afirmando la influencia directa de Ortega y Gasset en la filosofía de la liberación latinoamericana, que nace como teología de la liberación a partir de Medellín en 1968.

Como vemos, es un relato que da para todo y todos los gustos, pero los hechos han sido diferentes. Vayamos a ellos.

Ortega llegó por primera vez a América en 1916 y lo hizo a Buenos Aires y viajó por el interior del país. Se quedó seis meses dando conferencias y seminarios y fue muy bien recibido por los hombres ya formados filosóficamente como Korn, Alberini, Rougés, Franceschi, Taborda, Terán, Quesada, Gálvez, Rojas, etc. Hombres pertenecientes a la generación del Centenario que ya venían publicando sus críticas al positivismo de la generación de 1880. Ortega les vino al pelo, pero no por su "circunstancialismo" (yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo) sino por ese espiritualismo larvado que trasunta todo su pensamiento y por su autoridad en tanto pensador europeo.

En realidad el que llega a ejercer proyección, tanto por su impronta personal como por su bergsonismo, caro a la generación del Centenario, es Eugenio D´Ors que llegó dos años después y bajo su influencia se creó el Colegio Novecentista (comandado por José Gabriel, junto a Ibarguren, Rojas, Benjamín Taborga, Luis María Torres, Adolfo Korn Villafañe, Tomás Casares, Ventura Pessolano, Jorge Max Rodhe) que apoyó el movimiento de la Reforma Universitaria del 18 y terminó diluyéndose en él.

Ortega regresa dos veces más, en 1928 en donde difundió la filosofía alemana de Husserl, Rickert, Dilthey, Driech y Scheler. Esta vez su auditorio ya son los miembros jóvenes de la generación del 25 muchos de los cuales (de Anquín, Astrada, Juan Luis Guerrero) están regresando con sus doctorados desde Alemania y que comienzan a mostrar su disconformismo. Y, finalmente, en 1937, ofreciendo trabajos de traducción y publicaciones a través de la editorial de la Revista de Occidente. Allí Ortega recibe las críticas furibundas de varios miembros de la generación del 25 (Astrada, de Anquín, Virasoro, etc.) pero en tanto "divulgador de la filosofía" consolida una alianza con su compatriota, el sevillano Francisco Romero, el capitán filósofo, Korn dixit, para la edición de libros y promoción de jóvenes valores. Claro está, estos jóvenes valores serán valorados por el criterio de la "normalidad filosófica" establecido por Romero, criterio que le sirvió luego, en el golpe de Estado de 1955 que derrocó a Perón, para establecer quien debía quedar en la Universidad y quien no. Y así, fueron dejados cesantes, entre otros, filósofos significativos como: Carlos Astrada, Nimio de Anquín, Juan Luis Guerrero, Diego Pró, Eugenio Pucciarelli, Miguel Angel Virasoro, etc. Fue este último quien pudo escribir en 1957: "Demostré acabadamente que el capitán Romero no era un filósofo creador, sino un mero repetidor y divulgador de ideas ajenas" (6). Y eso mismo fue su maestro Ortega y Gasset para Iberoamérica, y si tuvo una influencia esta se limitó a lo que hoy llamamos "la gestión cultural", dando a conocer los frutos de otros.

En cuanto a sus discípulos, que los tuvo ciertamente, carecieron de enjundia filosófica, potencia analítica y erudición crítica, tres elementos indispensables en un verdadero filósofo.

Notas:
(1) Abellán, J.C.: La idea de América, Ed. Istmo, Madrid, 1972, p. 142
(2) Cfr.: Antología del pensamiento de lengua española, México, 1945
(3) Caturelli, Alberto: Historia de la filosofía en la Argentina (1600-2000), Ciudad Argentina, Buenos Aires, 2001
(4) Castellani, Leonardo: Cfr. Esencia del liberalismo(1960) y Proceso a los partidos políticos(1982)

(5) Hoy está de moda entre los intelectuales del progresismo de izquierda estudiar la generación del 80 pero evitando expresamente el tratamiento de los pocos autores que no son liberales. El ejemplo típico es el de Oscar Terán en la Universidad de Buenos Aires en donde gasta saliva y dineros del Estado argentino estudiando reiterativamente al napolitano José Ingenieros, José María Ramos Mejía, Miguel Cané, Eduardo Wilde (que más bien lo tendrían que estudiar en Tupiza), o al ideoso Florentino Ameghino. Dejando de lado a autores de la enjundia de Eugenio Cambaceres, Paul Groussac, Pedro Goyena, José Manuel Estrada, Emilio Lamarca, Miguel Navarro Viola o Ernesto Quesada. Se les aplica a estos autores la famosa ley de los intelectuales progresistas: "ley del ninguneo", por la cual aquellos que no coinciden conmigo(en este caso Oscar Terán) no existen. Vieja ley que José Luis Torres(1901-1965) denominaba "confabulación del silencio" y que tan bien saben aplicar, ayer y hoy, los diarios de la oligarquía como La Nación, el de los pequeños burgueses como Clarín y de la izquierda ilustrada como Página 12.

(6) Carta de Virasoro en el periódico "Propósitos" del 12 de marzo de 1957
(*) Filósofo (mejor arkagueuta). Centro de Estudios Estratégicos Suramericanos. Federación del papel. Escuela de Gobierno Pcia. de Bs.As.
Rebanadas de Realidad - Envíenos sus comentarios e informaciones