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La demonización del golpe de Estado

Por Alberto Buela (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 01/06/05.- Acabamos de escribir hace poco un artículo sobre la ruptura de la representatividad - social, política, cultural - en las sociedades de hoy. Nuestra crítica que no pretende ser la última, la más profunda ni la mejor planteada se apoyaba en el hecho irreductible de que hoy nuestros pueblos se manifiestan no a través de sus representes sino por sí mismos; obstruyendo el curso natural de la vida ciudadana cortando calles, avenidas y rutas. Ocupando los espacios públicos como plazas, reparticiones del Estado, ministerios, colegios y empresas. Es tal el poder que han desarrollado los piqueteros, huelguistas y protestadores de oficio en Argentina que el gobierno, progresista y democrático del Dr. Kirchner tiene cercados con verjas todos los ministerios y hasta la Casa Rosada.

Es que el pueblo no logra nada a través de los canales naturales de la democracia procedimental. Sólo obtiene algo cuando protesta, moviliza, ocupa, agrede o rompe. Corta rutas y ocupa casas, campos, colegios, ministerios y empresas, todos los días y a toda hora. Y eso lo sabe, y de tal forma actúa. No tiene otra salida ni otra posibilidad.

Sabe por sus frutos que la frase de la constitución nacional: "el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes", es un mito, es una frase hueca sin ningún contenido de realidad. Es una mentira a designio para tenerlo embaucado y hacer de él lo que se quiera. La razón última está en la ruptura de la noción de representatividad, pues sus representantes no lo representan a este pueblo agredido por una injusticia que se ha hecho permanente.

Nuestro querido y respetado Abrahan Sicsu, investigador brasileño de la prestigiosa fundación Joaquín Nabuco, ha visto en esta crítica un peligro y así nos lo ha hecho notar: "No creo que la teoría de la decadencia institucional y personal de los líderes de A.L. refleje lo que ocurre. El Estado de derecho democrático avanzó sobre las dictaduras".

Esta respuesta nos ha dado ocasión de esbozar una idea que hace tiempo barruntábamos y no sabíamos como expresarla.

Si bien nuestra tesis, sobre que no estamos en crisis sino más bien en decadencia tiene una contrapartida que es el riesgo hipotético del "golpe de Estado", y su consecuencia natural "las dictaduras" de todo tipo. Si embargo, no es por el temor al "golpe de Estado" que nosotros tenemos que dejar de pensar "críticamente" la situación de nuestras sociedades y el sin número de injusticias que padecemos; sobre todo la padecen los más pobres porque son los más desamparados.

Nosotros, intelectuales o mejor, pensadores, tenemos la obligación de denunciar, con ocasión o sin ella, las causas de nuestros males, porque sino ¿para qué estamos? Acaso, para justificar las injusticias con nuestro silencio por miedo a una mayor y dejando que nuestros pueblos vivan en una real y cotidiana injusticia.

O por miedo a que se nos tilde de "desestabilizadores, golpistas o no democráticos". El pretender vivir sin ser vituperado, criticado, calumniado, denigrado es el ideal del bon vivant pero no del pensador comprometido, que sabe, que siempre va a haber un buey corneta que lo va a denostar con razón o sin ella.

Lo que pasa hoy, hoy mismo en Bolivia, es una prueba al canto de lo que nos puede suceder a todos los suramericanos. Bolivia, el Estado imposible, al decir de Juan Bautista Alberdi está agotada por siglos de explotación, pero claro, su líder cocalero Evo Morales se rasga las vestiduras proclamando a los cuatro vientos: "respetamos a rajatabla las reglas de la democracia, no queremos voltear a un gobierno democrático". Cuando ese gobierno democrático es el que lleva al pueblo a la ruina. ¡Qué imbécil!. ¡Y este es el líder antisistema! ¡Qué lindo muñeco norteamericano!

Esto es, en defensa de lo políticamente correcto se propone sacrificar una vez más al pueblo boliviano a que espere que el gobierno termine su mandato, para volver a votar. Y en el mientras tanto, hablando en criollo: "que se joda el pueblo boliviano", si total son de los más pobres de la tierra, que ni alma tienen.

No sólo es una gran ruindad lo que está sucediendo sino sobre todo lo que se está proponiendo, pues ante la injusticia hay que obrar con ocasión o sin ella, de lo contrario la culpa es de la víctima.

Los policías del pensamiento único, los buey corneta contemporáneos, nos han hecho creer que la sola mención de la idea de golpe de Estado es totalitaria y dictatorial, cuando es un recurso más que tiene el pueblo en sus manos para desalojar a los gobiernos injusto y opresores.

Recordemos al respecto, y ya que estamos hablando de la pobre Bolivia, al máximo pensador político de la primera mitad del siglo XX, don Carlos Montenegro: "La masa popular se orienta con acierto asombroso en el proceso laberíntico del conflicto. Es indudable que su intuición vislumbra entre las sombras del fenómeno histórico los reales objetivos de la lucha. Participa de ordinario en el motín y lleva este o el otro caudillo al poder. Así traduce el radical descontento con que mira el orden que quiere destruir. El motín es una de las formas de expresión que toma la lucha de las dos tendencias - la colonial y la nacional- desde la fundación de Bolivia (que podemos extender a toda Iberoamérica)". (1)

¿Y por qué nuestros dirigentes todos se oponen en forma cerrada y unánime a la idea de golpe de Estado como un recurso genuino del pueblo sojuzgado?. Porque se invalidarían a sí mismos como dirigentes al dejar de lado los mecanismos que los llevaron a la representación que ostentan.

Todo dirigente busca preservar en el poder, ninguno lo remata o lo deja, salvo razones mayores. Y la democracia liberal, formal o estatutaria tiene un solo mecanismo para llegar a ser dirigente: el voto. Sin embargo, como la vida de los pueblos es más rica y diversa que la democracia procedimental, la sobrelleva con otras formas de promoción dirigencial como es la antigua acclamatio. Por aclamación han sido elegidos y constituidos en conductores muchos de nuestros prohombres americanos.

En estos días han visto atónitos los demócratas de todo el mundo como en la Plaza de San Pedro el pueblo por acclamatio, reclamó la santidad inmediata de Juan Pablo II gritando durante trece minutos: santo súbito. ¿Son acaso totalitarios o no democráticos los fieles que produjeron tal aclamación?

En la diversidad de opciones ante la injusticia está la pronta restitución de la justicia. Si un juez deja libre a un criminal, por ejemplo Chabán el de la masacre de Cromagnon, por obedecer y atenerse al procedimiento jurídico, el juez comente un delito no jurídico, sino moral. Y si un dirigente como el caso mencionado de Evo Morales retrasa y desvía las acciones del pueblo que lo sigue para cambiar la situación política de su país, bajo el pretexto de "respetar y mantener la institucionalidad democrática" (2), comete un delito político.

Vemos a través de estos dos ejemplos, muy actuales por cierto, como el problema no son los instrumentos, que siempre son medios sino los fines. Hoy nuestra clase dirigente padece una crisis de finalidad. Se demoran hasta la inoperancia buscando la legitimación de los medios y no alcanzan nunca los fines.

Lo paradójico de esto que venimos describiendo es que esta preocupación por mantener una idea de legalidad nos recuerda al fascista Curzio Malaparte y su caracterización del golpe de Estado. (3)

Y lo que es más grave desconocen explícitamente cuál debe ser el sentido de sus acciones, y es por ello que corren detrás de los hechos consumados. Y ello explica, por otra parte, la inexistencia de proyectos nacionales tan caros en otras épocas, cuando supimos tener dirigentes que veían un poco más allá de sus narices.

Nuestros dirigentes son hijos de aquella gran observación que realizara el filósofo italiano Augusto del Noce: "Nuestra época se caracteriza por una máxima perfección en los medios y una máxima confusión respecto de los fines". (4)

Notas:
1.- Montenegro, Carlos: Nacionalismo y coloniaje, Bs. As. Ed. Plus Ultra, p. 75.
2.- Reportaje en La Nación diario el 28-5-05: "La COB (central obrera boliviana) tiene un discurso golpista, nosotros proponemos una salida manteniendo la institucionalidad democrática y la forma de hacerlo es una Asamblea Constituyente". Pág.4. Evo Morales sabe que de seguir esta situación se queda con el poder, por lo tanto tiene que legitimar los medios de acceso. Recién en segundo lugar podrá interesarse por las injusticias que padece el pueblo boliviano.
3.- Curzio Malaparte: Teoría del golpe de Estado, Madrid, Plaza Jamés, 1965. Fue el pseudónimo de Kurt Erich Suckert (1898-1957).
4.- del Noce, Augusto: Agonía de la sociedad opulenta, Pamplona, Eunsa, p.11.
(*) CEES (Centro de Estudios Estratégicos Suramericanos)
El presente material se publica por gentileza del Estudio Cuartango.
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