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OPINIÓN - ARGENTINA

Algo sobre la espera

Por Alberto Buela, Filósofo (mejor arkagueuta) Correo

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 28/03/10.- Tuvimos ocasión en estos días de leer un agradable y breve artículo del escritor español Javier Marías (1) sobre lo larga que se hace la espera en una cola, en un turno médico o en la parada de un ómnibus. Donde las personas que están delante de uno tardan siglos en resolver sus asuntos o el colectivo que esperamos es el último en llegar. Ni que decir en las colas de las agencias de viajes o en las cajas de los supermercados. La espera en el dentista o el médico es interminable. Y en el banco cuando el cajero se levanta para ir al baño cuando nos llega el turno o se pone a hablar por celular con un amigo. Y en las conferencias cuando el ignoto que presenta el orador perorá indefinidamente sobre cosas que no venimos a escuchar. Y los larguísimos sermones insustanciales de los curas de hoy día que no tienen punto final, así como los discursos oficiales de ministros o presidentes, que las circunstancias nos obligan a escuchar, y que son "siempre improvisados y a capella".

El hombre común, el del pueblo pobre, l´uommo qualunque, no sabe cómo ponerse, cómo sobrellevar la espera. Y Marías que es escritor y literato y no filósofo como su viejo, no nos da ninguna explicación sobre el viejo dicho: el que espera desespera.

Vamos a intentar explicar brevemente qué es la espera. Esta noción está vinculada con la de tiempo y, específicamente, con el futuro. La espera implica una apertura, se está abierto a la posibilidad de "algo o alguien". De ahí quien, como afirma el filósofo danés Kierkeggard: "Aquel que niega la espera cae en la desesperación". El adagio mencionado, el que espera desespera (en el sentido de aquel que no la sabe llevar o se impacienta en la espera) va también en tal sentido.

La espera es concreta en tiempo y lugar, pues una espera donde no se fijó ni lugar ni hora es una espera perpetua, una simple desilusión. Siempre que se espera se lo hace sobre lo por venir, es por ello que se centra en el éxtasis temporal del futuro. Así el que espera algo se preocupa por el futuro de modo que espera y porvenir son inseparables.

La sensación de "pérdida de tiempo" o de "esperar por nada" que producen ciertas esperas se crea cuando lo esperado no llega, pues no está claro de antemano en nuestra conciencia la hora y el lugar de la espera.

Existen dos tipos de esperas, la activa y la pasiva. La primera está en nuestras manos y lo normal es no dilatar su realización y listo el pollo. Acá hay que esperar solo lo verosímil. Una variedad de la espera activa es la espera vigilante que es aquella donde nosotros estamos esperando atentos que algo suceda. Como en el campo cuando gritan los teros o el chajá y al rato vislumbramos un jinete a caballo o cuando esperamos que el juez haga justicia.

La cuestión se pone peliaguda con la espera pasiva que no depende de nosotros sino de otros, como es el caso de los ejemplos que pusimos y que puso Marías.

La esencia de la espera pasiva es "el estiramiento del tiempo" o "el tiempo que no pasa". Se nos hace larga y pesada la espera y queremos apurar a aquel que nos hace esperar. Dan ganas, como observa Javier Marías: de estrangularlo con mis manos.

Desde el punto de vista del psicoanálisis la espera es entendida como la tolerancia a la frustración, mientras que desde la fenomenología la espera, como fenómeno tomado en sí mismo, expresa la ansiedad que se produce en el hombre al posponer la satisfacción de lograr de inmediato aquello que desea.

La solución a la espera es, como alguna vez ha señalado Martín Heidegger vivirla con serenidad. Pues ésta es la virtud del hombre de darle a cada cosa su tiempo para poder encontrar su sentido o significación.

Uno de los grandes mentís a la sociedad contemporánea de la era de la tecnología, es el no haber podido solucionar el surgimiento de la espera. Cuando las cosas no son instantáneas, velozmente realizadas o están a disposición inmediata aparece la figura siniestra de la espera y el no saber qué hacer con ese tiempo que no pasa. Ese tiempo vacío que el hombre de nuestros días no sabe como llenar. Se corre el riesgo de que brote la desesperación. Esto lo vemos a diario en esos no-lugares que son los aeropuertos internacionales cuando se demora un vuelo: muchos caminan, otros intentan dormir, otros muchos consumen alimentos y bebidas, otros muchos van de compras a los free shop, mientras que muy pocos leen y casi ninguno medita.

El saber posponer la satisfacción de lograr en forma inmediata aquello que se desea es el mejor signo de equilibro espiritual del hombre, pues "su alma deja de ser prisionera del servicio del instante" como ocurre con el animal.

Nota:

(1) Escenas de exasperación, diarios El País- La Nación, 18-3-10

Integrante del Centro de Estudios Estratégicos Suramericanos. Federación del papel. Escuela de Gobierno Pcia. de Bs.As.