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ARGENTINA

Botelleros, el último grito orillero

Por Alberto Buela (*) / Correo: alberto.buela@gmail.com

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 20/12/06.- Viejo puente, solitario y confidente, sos la marca que el la frente el progreso le a dejado al suburbio revelado que a su paso sucumbió, son estos unos versos del tango Puente Alsina. Y vienen a cuento porque ayer se produjo allí una batahola fenomenal entre los viejos botelleros y la policía.

No es para menos los botelleros han sido desplazados lentamente durante estos últimos años de su lugar natural de trabajo, las calles porteñas, por los noveles cartoneros.

Y este enfrentamiento sangriento y durísimo con la policía en el mismísimo Puente Alsina, llamado por los vecinos Uriburu, se veía venir.

Es que los cartoneros, y con esto no queremos de ninguna manera disimular ni disminuir sus sufrimientos y carencias, son políticamente hablando los niños mimados del poder y el progresismo cultural. En una palabra son políticamente correctos. Tienen sus trenes blancos, sus subsidios, sus comedores, sus socios en los porteros de los edificios bacanes, etc.etc.

En tanto que los viejos botelleros, sufrientes y carecientes tanto como los otros, son perseguidos por la policía cuando son incautados sus carros y sus caballitos criollos de tranco corto, de aliento largo y de instinto fiel, tal como los pintara Belisario Roldán en aquellos viejos versos de la escuela primaria.

Es que los botelleros, algunos los llaman despectivamente carreros representan, sin saberlos ellos, lo políticamente incorrecto. Claro, cómo no lo van a ser si por la calle gritan a voz en cuello botelleeeeeeero. A diferencia del trabajo silencioso y umbrío de los cartoneros que hurgan en las bolsas de basura.

Además, ellos van carro tirado por caballos y no hacen, ellos mismos, de noble bruto como los pobres cartoneros, que son su propio caballito. Y esta es una diferencia sustancial, porque cualquiera que monte o haya montado a caballo se da cuenta de la dignidad que ello significa. El mundo y las cosas se ven distintas, y no sólo porque se ven en altura sino porque se siente el sostén y la fuerza de la noble bestia. El botellero en su carro es un mayoral, es un señor, tiene la dignidad y la autoestima de ser un hombre hecho y derecho, que no ha sido reducido aún a la función de bestia. Recordemos, por caso, la famosa admiración que se despertaba en los visitantes de la Gran Aldea cuando veían los mendigos a caballo.

Claro está, para las señoras gordas de la copetuda sociedad protectora de animales estos carreros son unos salvajes, son la barbarie sarmientina. Nadie excusa a aquellos de éstos botelleros que pueden maltratar a sus animales, pero son la ínfima minoría, porque el animal es su fuente de trabajo y casi todos, por no decir todos, lo cuidan con esmero. Cómo no lo vamos saber fehacientemente nosotros, quemeros, que durante más de veinte años ayudamos a herrarlos en las herrerías de Valo, Chiquito García, el tano Pierino, el Negro Vázquez y tantos otras que rodean la Capital Federal. ¡qué sabe el gringaje!.

Seguramente la policía federal se va a apoyar en la ordenanza municipal de la época de la dictara de Onganía que prohibió la tracción a sangre en Buenos Aires, y las sociedad protectora de animales no dejará de condenar a los bárbaros, y las autoridades de la Coorporación Buenos Aires observarán divertidas desde sus oficinas en lo alto del Puente Alsina como lidian los botelleros por atravesarlo con sus carros.

Y en el mientras tanto, el pueblo porteño, que casi no se enteró de esta manifestación brutalmente reprimida porque los grandes diarios no recogieron la noticia, asistió indiferente al último grito orillero que se escuchó en Buenos Aires.

(*) Filósofo (mejor arkagueuta) -CEES- Centro de Estudios Estratégicos Suramericanos.
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