"Argentina, alguien te ama y alguien te USA"

Por Luis M. Casado Ledo

RRdeR, 23/5/02.- Según los memoriosos, en una época hubo presidentes en la Argentina, pero fue hace mucho, luego se instauró el "final de la historia", el "fin de las ideologías", la "globalización" y las "relaciones carnales". Paulatinamente se delegaron decisiones y estrategias nacionales; se bajaron símbolos y se compraron a precios siderales recetas macabras de cómo realizar un genocidio, sin ser un país de primera línea. También se sufrieron golpes cívicos-militares y, tratando de parecernos a los países centrales, ya casi no tenemos lugar ni entre los más pobres y no justamente por pobres.

Desde entonces, los gobiernos se suceden sin poder contar éxitos y todos contribuyeron, "en su medida y armoniosamente", por falta de capacidad o complicidad, a empeorar la situación de casi todos los argentinos.

Hoy la genuflexión más abyecta y el alcahueterismo pasó a ser una cuestión de Estado, hasta tal punto, que por un lado los gobernantes se convirtieron en arrebatadores en las salideras de los bancos, despojando los monederos de las ancianas y ancianos que van a cobrar sus recortadas jubilaciones y por el otro lado, internacionalmente, se rasgan las vestiduras, del cinturón para abajo, ante los organismos de crédito, para ver quién primero se recibe de confiable a los intereses foráneos.

Flirteando en Europa

El presidente Eduardo Devaduhalde recordará tiempos mejores, cuando fantaseaba, parapetado en la intendencia de Lomas de Zamora, conquistar el mundo y sus alrededores; o atrincherado en la gobernación de la provincia de Buenos Aires, pergeñando aposentar sus asentaderas en el sillón de Rivadavia. Pero "el futuro llegó", ya calienta el enjabonado sillón presidencial que deslizó abruptamente a Raúl Alfonsín, soportó la frivolidad de Carlos Menem, experimentó las ausencias de Fernando de la Rúa; apenas soliviantó el trasero de Rodríguez Saá y ahora contempla absorto las declaraciones y las subsiguientes desmentidas de Devaduhalde.

El ex intendente, ex gobernador y todavía no del todo asumido presidente tiene un pasado que lo condena, un presente que lo apremia y un futuro incierto. Dedicado a sembrar simpatías en el establishment guerrero internacional, sólo cosecha desplantes no solamente de los directivos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), sino que además viaja a Europa para gambetear la indiferencia de la administración Bush y sólo recibe mandobles, como el del presidente español, José María Aznar, quien le descerrajó: "El futuro de la Argentina pasa en gran medida por acordar con el Fondo" y, luego, pisando la tierra del Dante, descendiendo un escalón más hacia los infiernos, su par italiano, Carlo Azeglio Ciampi, le pidió acordar primero con el FMI para luego poder recibir ayuda bilateral y de esa forma intentar revertir la crisis económica.

Pese a los desplantes y apatías, el presidente argentino se mantuvo impertérrito, ni siquiera un gesto de mal humor que pudiera oler a un arcaico patriotismo o a algo por el estilo, porque una cosa es un tirón de orejas del Fondo, y otra muy distinta un desaire como el de Aznar, que por un lado le exige a Devaduhalde que cumpla con sus deberes de país bananero y, por el otro, el mismo Aznar no pone en caja a las empresas españolas que en Argentina cobraron durante tantos años los precios más caros del mundo por sus servicios, luego que se privatizaron las empresas estatales, cuando Carlos Menem era presidente y Devaduhalde su vicepresidente.

Bajo una administración seria, los resultados de la gira por Europa le hubiese costado la cabeza y su inalienable sonrisa, al canciller Carlos Ruckauf. Pero, carente de una efectiva política exterior, en donde se continúan perdiendo aliados y ganando nadas, un gesto final como el de Lisandro de la Torre no se puede esperar en estos tiempos posmodernos y sobrecargados de eufemismos.

Lejos se está de lo que apunta Juan G. Labaké en Apóstatas y Ciegos, "De aquel Hipólito Yrigoyen que supo plantarse ante la prepotencia de los "aliados" y de los alemanes, y salvar tanto el honor como la soberanía nacional durante la Primera Guerra; de ese mismo Yrigoyen que tuvo el coraje de retirar a nuestro país de la Asamblea fundacional de la Liga de las Naciones, porque los "globalizadores" de ese momento (los triunfadores de dicha guerra) le negaron el ingreso a los países vencidos (único y honroso caso en aquella Asamblea); de ese Yrigoyen que enseñó al mundo entero que "los pueblos son sagrados para los pueblos, y las naciones para las naciones" (primera semilla de la Tercera Posición); de ese Yrigoyen, digo, los radicales de hoy no han dejado vivo ni el rastro. Lo han pisoteado 14 veces ante el altar del FMI. De nuestro Juan Domingo Perón, el que enfrentó con valentía y templanza a los segundos "globalizadores" del siglo XX; ése que hizo añicos el bloqueo a España, el que se negó a entrar en la trampa de los acuerdos de Bretton Woods (FMI y Banco Mundial incluidos), el que desarrolló un comercio exterior libre de ataduras, al firmar 32 acuerdos bilaterales que le permitieron burlar el cerco del dólar tendido por EE.UU., el que proclamó ante el mundo las tres banderas (la cuarta, la de la identidad cultural nacional, la agregó en su discurso del 1º de mayo de 1974, al inaugurar el período parlamentario); el Perón creador de la Tercera Posición, que nos devolvió la honra y la soberanía nacionales".

El símbolo roto

A su regreso del viejo continente, Devaduhalde llegó con las alforjas vacías; la Confederación General del Trabajo (CGT - disidente) lo esperaba con un paro general y los propios con una disputa entre el Presidente del Banco Central, Mario Blejer, y el Secretario de Financiamiento, Guillermo Nielsen, "el entredicho llegó al punto en que funcionarios del FMI se comunicaron con el Presidente del BCRA para que no abandone su cargo", informó la agencia SICLA. Además, también se reencontró con una población cada vez más descreída de los mandatarios, actuando por fuera de las instituciones en un estado de asambleas populares, singularizando a dos Argentinas contrapuestas, una concentrada en pedir limosnas en el exterior, en vez de ponerse a trabajar o en "dejar de robar por dos años", como dijera Luis Barrionuevo, el esposo de la actual ministra de Trabajo, y la otra que sin método e improvisadamente se encuentra en la búsqueda de un destino digno, sin saber todavía como arribar a él.

Devaduhalde debería conducir las dos argentinas, pero su ideología conservadora y su falta de astucia política, tanto una como la otra lo relegan cada vez más. Sin espacio y sin tiempo, sin aliados tácticos ni estratégicos, son pocas las cosas que le restan realizar: o se asume como presidente de todos los argentinos, o resbalará sin destino por el enjabonado sillón de Rivadavia.

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