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1º de Mayo: día internacional del trabajador

Por Luis M. Casado Ledo
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 06/05/05.- Los trabajadores mineros peruanos nos hicieron llegar unas líneas por la fecha en cuestión y en ellas nos expresan: "Hoy en día en que el movimiento sindical afronta el desafío de la globalización, el ejemplo de los mártires de Chicago debe guiar la conducta de los líderes sindicales para dar una respuesta frontal a este reto. Dicha respuesta solo puede tomar una ruta, que es la unión sindical a nivel internacional para la defensa de los intereses laborales de los trabajadores frente a las grandes corporaciones".

Poco se avanzó desde aquel 1º de mayo de 1886, parecieran ser más los desafíos que los logros obtenidos para los trabajadores, pareciera que la historia retorna constantemente al presente porque algo quedó irresuelto, la presunta riqueza de las naciones terminó en la pobreza de los trabajadores.

Datos

La lucha que dio origen al 1º de Mayo fue una lucha, como veremos, por la legalidad, se intentó hacer cumplir una ley ya sancionada. Sin embargo, el saldo fue la denominada Masacre de Chicago y a pesar del tiempo y de los acontecimientos, a pesar que en 1945 la Iglesia católica, bajo el mandato de Pío XII apoyó tácitamente esta jornada al declarar ese día como festividad de San José Obrero y que posteriormente Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens afirmó: "El error del capitalismo primitivo -concebir el trabajo como mercancía o insumo- puede repetirse donde quiera que el hombre sea tratado de alguna manera a la par de todo el complejo de los medios materiales de producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo, o sea como sujeto y autor y , por consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo", Estados Unidos es en el único país que no se recuerda el 1º de Mayo, ni siquiera existe una placa o monumento recordatorio de aquella jornada.

Sucesos

En noviembre de 1884 se celebró en Chicago el IV Congreso de la American Federation of Labor, en el que se propuso que a partir del 1º de mayo de 1886 se obligaría a los patronos a respetar la jornada de 8 horas y, si no, se iría a la huelga. Llegado el año en cuestión, el presidente de los Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la Ley Ingersoll, estableciendo las 8 horas de trabajo diarias. La ley no se puso en práctica y las organizaciones sindicales cumplieron con lo prometido: comenzaría las huelgas, 5.000 en todo el país.

A pesar que la acción de los trabajadores consistía en que se cumpliera la ley, la prensa comenzó a preparar el peor de los desenlaces. El New York Times disparaba: "Las huelgas para obligar al cumplimiento de las ocho horas pueden hacer mucho para paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación, pero no lograrán su objetivo". El Filadelfia Telegram no se quedaba atrás: "El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal y se ha vuelto loco de remate: piensa precisamente en estos momentos en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas". Por su parte, el Indianápolis Journal informaba: "Los desfiles callejeros, las banderas rojas, las fogosas arengas de truhanes y demagogos que viven de los impuestos de hombres honestos pero engañados, las huelgas y amenazas de violencia, señalan la iniciación del movimiento". Pero el que no anduvo con remilgos fue el Chicago Tribune: "El plomo es el mejor alimento para los huelguistas... La prisión y los trabajos forzados son la única solución posible a la cuestión social. Es de esperar que su uso se extienda".

La huelga

Como apuntamos, el 1º de mayo de 1886 se contabilizaron más de 5.000 huelgas en todo el país; en Chicago, en la fábrica McCormick se produjeron enfrentamiento entre los trabajadores y la policía local que haciendo uso de armas de fuego produjo el saldo de varios obreros heridos y muertos.

En la misma Chicago los trabajadores contaban con un permiso para realizar un acto a las 19,30 en el parque Haymarket. A las 21.30 el alcalde Harrison lo da por concluido, pero los más de 20.000 manifestantes no se retiran y el inspector de policía John Bonfield procede a desalojarlos desencadenando la represión por parte de los uniformados.

En medio del desbande estalló un artefacto explosivo que mató a un oficial de nombre Degan. La policía abrió fuego sobre la multitud, matando e hiriendo a un número jamás informado de obreros. Inmediatamente se declaró el estado de sitio y el toque de queda, y en los días siguientes se detuvo a centenares de obreros, los cuales fueron golpeados y torturados, acusados del asesinato del policía. También se realizaron cantidades de allanamientos y se "fabricaron" descubrimientos de arsenales de armas, municiones, escondites secretos y hasta "un molde para fabricar torpedos navales".

La prensa pidió que rodaran cabezas y el 21 de junio del mismo año se inició una causa contra 31 presuntos responsables, luego reducido a 8. A pesar de no haberse probado nada en su contra, los ocho de Chicago fueron declarados culpables, acusados de ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. Tres de ellos fueron condenados a prisión y cinco a la horca.

Samuel Fielden, inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil, condenado a cadena perpetua; Oscar Neebe, estadounidense, 36 años, vendedor, condenado a 15 años de trabajos forzados; y Michael Swabb, alemán, 33 años, tipógrafo, condenado a cadena perpetua.

El 11 de noviembre de 1987 se consumó la ejecución de Georg Engel, alemán, 50 años, tipógrafo; Adolf Fischer, alemán, 30 años, periodista; Albert Parsons, estadounidense, 39 años, periodista, esposo de la mejicana Lucy González, aunque se probó que no estuvo presente en el lugar, se entregó para estar con sus compañeros y fue igualmente condenado, Hessois Auguste Spies, alemán, 31 años, periodista y Louis Linng, alemán, 22 años, carpintero, para no ser ejecutado se suicidó en su propia celda. A todos ellos se los recuerda desde entonces como "Los mártires de Chicago".

Quien narró la ejecución fue la magnifica pluma de José Martí, corresponsal del diario La Nación, de Buenos Aires, en Chicago: "...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "¡La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora!". Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable...".

"El plomo a los huelguistas…", reclamado por el Chicago Tribune, se había descargado.

Publicada en Nueva Época Semanal
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