Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
CONFEDERACIÓN GENERAL DEL TRABAJO (CGT) - COLOMBIA

Origen y significado del 1º de Mayo

Que se escuche la voz del pueblo.
Por Julio Roberto Gómez Esguerra, Secretario General

Rebanadas de Realidad - CGT, Bogotá, 01/05/09.- El primero de Mayo es conmemorado como el Día Internacional de los Trabajadores desde el año de 1890 y tiene sus orígenes en luchas históricas de la clase trabajadora por el mejoramiento de sus condiciones de vida y de trabajo, siendo la jornada laboral uno de sus principales componentes en materia reivindicativa. El reclamo de la jornada laboral de 8 horas diarias comenzó a adquirir trascendencia, incluso como una demanda popular con la aparición de modos capitalistas de producción, de las factorías y la imposición de sistemas de explotación, donde al factor trabajo se le daba el tratamiento de mercancía, esto no dista de la situación de hoy.

En países como Inglaterra, durante los años comprendidos entre 1800 y 1880 la lucha hubo de concentrarse en lograr una jornada laboral de diez horas, lo cual para aquella época era considerado como una gran conquista, ya que los horarios habituales solían extenderse a 15 y 16 horas diarias. No sobra recordar que el lugar donde más se bregó activamente por la jornada de 8 horas fue en los Estados Unidos de Norteamérica, país en donde las ligas obreras pro-ocho horas, contaron con el acompañamiento de profesionales, veamos algunos apartes de la apasionante historia del 1º de mayo en los Estados Unidos.

Aún en tiempos normales, los industriales de Chicago gozaban de merecida fama de salvajismo. El Departamento de Policía, según Henry David, en su autorizado trabajo. “El caso Haymarket”, “hacía tiempo que era utilizado como si fuera una fuerza privada al servicio de los patronos”. Como si fuera asunto de rutina, rompía todas las reuniones de trabajadores repartiendo garrotazos a cuantos hallaba a su alcance, encarcelando a los dirigentes obreros indiscriminadamente, y abusando de sus revólveres muy a menudo, después de derribar las puertas de los locales sindicales. La mayoría de los agentes de policía, además del pago que recibían del municipio, percibían dinero también de las organizaciones patronales. Se les había inculcado en tal forma la idea de que todo huelguista era agente extranjero, y que todos los nacidos fuera del país eran comunistas que tramaban destruir el orden establecido, que estaban más convencidos que los propios industriales de esas falsedades.

Los magnates locales de la carne, de la prensa, del comercio, de las maquinarias agrícolas, los Armours, Swifts, Medills, Fields y McCormicks, paseaban por las calles de Chicago, arrogantemente como si fuera su feudo, considerándose así mismos como de un barro infinitamente más fino que el de los Polacos, Irlandeses, Bohemios y Alemanes que poblaban la ciudad enriqueciéndolos con su sudor. Algo de espíritu de ese Chicago, aún antes del 1º de Mayo de 1886 puede apreciarse en un suelto del “Chicago Tribune”, del 23 de noviembre de 1875, comentando una reunión de 50 desempleados que protestaban por la política seguida por la Sociedad de Ayuda y Alivio en la distribución de subsidios”. “No hay gente más inclinada que la norteamericana a hacer justicia por sus propias manos. El juez Lynch es norteamericano de nacimiento y de carácter…. Todos los postes de la luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un comunista, si es necesario para evitar que se propague el incendio y para prevenir cualquier intento subversivo.

Durante los dos meses que precedieron al 1º de Mayo, escribe David “ocurrían repetidos disturbios y era común ver vagones patrulleros llenos de policías armados precipitándose a través de la ciudad. “En marzo y abril subió la tensión como un termómetro al sol, al informarse en los periódicos de Chicago sobre los miles de trabajadores que diariamente declaraban que se adherían a la huelga del 1º de Mayo. A lo largo de marzo y abril Albert R. Parsons y August Spies trabajaron como nunca lo habían hecho antes, persuadiendo a los sindicatos locales para que se plegaran al movimiento del 1º de Mayo.

En marzo los sindicatos de Chicago de ebanistas, maquinistas, gasistas, fontaneros, moldeadores de hierro, ladrilleros y estibadores, tomaron resoluciones para realizar una huelga del 1º de Mayo, si antes de esa fecha no se les concedía la Jornada de Ocho Horas. A principios de abril 35.000 trabajadores de los corrales votaron a favor de la adhesión al paro, y pocos días después los albañiles, los carniceros, jugueteros, zapateros, empleados de comercio y tipógrafos, se unían al ya gigantesco movimiento. Por la última semana de abril el “Bradstreet” calculaba que 62.000 trabajadores de Chicago se habían comprometido a realizar el paro del 1º de Mayo, mientras que el viernes 30 de abril otros 25.000 trabajadores habían exigido la jornada de ocho horas sin amenaza de paro, y 20.000 ya habían logrado esa conquista.

Los periódicos locales, con el “Tribune”, usando con diversas variaciones su lema favorito de “ el esqueleto de un de un comunista en cada poste, concentraron sus fuegos sobre Parsons y Spies como los mayores responsables del movimiento a favor de la jornada de ocho horas.

El 1º de Mayo de 1886 fue un hermoso día en Chicago. El fuerte viento proveniente del lago, con frecuencia muy inclemente en la primavera, había amainado ese día y hacía sol radiante. Era un día calmo en más de un aspecto, las fábricas paradas y vacías, los almacenes cerrados, las calles desiertas, los conductores ociosos, las construcciones detenidas, los corrales estaban silenciosos y ninguna columna de humo surgía de las chimeneas de Chicago.

A los lados de la ruta que seguiría el desfile y en las calles adyacentes, policías armados, agentes del cuerpo de represión y agentes “especiales” buscaban ubicación, listos para hacer respetar “la ley y el orden”. Todos los techos próximos estaban ocupados por estos “agentes del orden” unidos de rifles y otros materiales bélicos. En las Armerías del Estado 1.350 miembros de la Guardia Nacional, equipados con fusiles Gatling, estaban acuartelados y prontos a marchar contra los manifestantes. En un edificio de oficinas de la zona central se reunía el Comité de Ciudadanos, que estaba reunido en sesión permanente para recibir informaciones inmediatas desde todos los puntos de posibles conflictos: era el estado mayor que dirigía la batalla para salvar a Chicago de la “comunista” JORNADA DE OCHO HORAS.

Caminando bajo el espléndido sol de ese día, con su esposa Lucy y sus dos hijitos hacia la Avenida Michigan, su corazón saltaba dentro del pecho al ver a los miles de huelguistas que se aprestaban para el desfile. August Spies, su mejor amigo, con su bigote rubio temblándole de excitación y placer, corría de un lado a otro con un ejemplar del “Chicago Mail” bajo el brazo. Unos 340.000 trabajadores desfilarían ese día en todo el país. Cerca de 190.000 se habían plegado a la huelga. En Chicago alrededor de 80.000 obreros se habían lanzado a la calle para conquistas la jornada de ocho horas. Y la mayoría decía Spies agitando el diario, están aquí esperando que comience el desfile. En cierto momento se detuvo en sus idas y venidas, y, en forma pausada, como si reflexionase para sí, leyó en voz alta estos dos párrafos del editorial del periódico mencionado:

“Hay dos rufianes peligrosos que andan en libertad en esta ciudad, dos cobardes que se ocultan y que están tratando de crear dificultades. Uno de ellos se llamar Parsons, el otro Spies …

Señálenlos hoy. Manténgalos a la vista, indíquenlos como personalmente responsables de cualquier dificultad que ocurra. Hagan un escarmiento realmente ejemplar con ellos si en verdad se producen dificultades”.

Parsons marchaba cerca de la cabeza del desfile, del brazo con Lucy; Lulú su hija de siete años, iba tomada de su mano y Albert el varoncito de ocho años tomaba la majo de su madre. El desfile se encaminó hacia el lago Front punto de reunión para escuchar los discursos de los oradores. Hablaron en ingles, bohemio, alemán y polaco. Parsons fue el penúltimo en hacer uso de la palabra. Se refirió especialmente al poder invencible de la unidad obrera.

Spies cerró el acto. Era joven, 31 años, muy bien parecido, con perfil clásico, ojos azules y piel muy blanca Editaba el periódico de los trabajadores alemanes. “Arbeiteir–Zeitung”, y era extraordinariamente elocuente, tanto en su idioma nativo como en ingles. Su dinamismo y fogosidad lo hacían el favorito de las muchedumbres. El cerrado aplauso con que la multitud acogió el fin de su discurso culminó el acto. El 1º de Mayo de 1886 había terminado.

Decepción de las Fuerzas del Orden

El 1º de Mayo de 1886 no hubo derramamiento de sangre, no se había repetido la comuna de Paris. La milicia se desmovilizó y habiendo desaparecido la agitación de la mañana, los miembros de los diversos cuerpos de represión se miraban tímidamente entre sí, desconcertados. Al marchar hacia sus domicilios, sus uniformes se destacaban desagradablemente entre los grupos de civiles, muchos de los cuales habían participado en el desfile. Toda la prensa minimizó u olvidó hipócritamente sus muchas predicciones de violencia. La Policía volvió a su trabajo rutinario diario.

La policía exasperada por tanta expectativa y por la esterilidad de su movilización del 1º de Mayo buscaba desahogar sus ímpetus. Y lo inició apaleando a los trabajadores de la Mac Cormick Hasvester, para hacer entrar a trabajar a 300 rompehuelgas. Pero tuvo “desahogo” pleno a la hora de cerrar ese establecimiento. Muchos de los despedidos se habían reunido allí esperando la salida de los esquiroles. La Policía se presentó repentinamente revólver en mano Y cuando los obreros se retiraban a la desbandada, según testigo, “abrió fuego sobre sus espaldas. Mataron a hombres y muchachos que corrían”. Se informó que seis trabajadores habían sido muertos.

Parsons había regresado de Cincinati, satisfecho de su misión y lleno de júbilo al irse informando de que miles de trabajadores iban conquistando en todo el país la jornada de ocho horas. Almorzó en su hogar, en la calle indiana, donde su esposa le informó sobre la reunión a realizarse en Haymarket. Pero agregó que el domingo durante su ausencia, ella había convocado una reunión de costureras que querían organizarse sindicalmente. Entusiasmado por la perspectiva, Parsons decidió no asistir a la reunión de Haymarket y convocar a Sam Fieldem y otros dirigentes de la Asociación del Pueblo Trabajador G en la oficina del “Alarm”, en el 107 de la Quinta Avenida, para planificar la organización de las costureras.

Ya en el lugar de la reunión, estaban debatiendo diversas proposiciones para la mejor organización de las costureras cuando llegó un mensajero a la carrera. “ Hay una gran reunión en Haymarket-comunicó- y Spies es el único orador. Quiere que vaya Parsons y también Fieldem”.

Fueron. La multitud reunida resultaba pequeña para la Plaza Haymarket. Spies, que había llegado muy temprano, había empujado un vagón de Ferrocarril hacia la esquina, para que le sirviera de tribuna. Muy cerca estaba la Comisaría de policía de la Calle Desplaines, bajo el mando de Jhon Bonfield, un capitán apodado el “apaleador”. Allí sin que Spies lo supiese, estaban reunidos 180 patrulleros dispuestos a marchar sobre la reunión si la ocasión se presentaba. También ignoraba Spies que el Alcalde, Carter Harrison, estaba entre la muchedumbre.

“¿No es un hecho- estaba diciendo- que no controlamos nuestras propias vidas, que otros nos dictan las condiciones de nuestra existencia?”. En ese momento fue interrumpido por una alarma general. Se oyeron gritos de urgente advertencia: ¡La Policía!. En efecto, calle abajo, en formación militar, con sus garrotes enarbolados, avanzaban los 180 patrulleros dirigidos por los capitales Bonfiel y Ward. La muchedumbre comenzó a dispersarse a la carrera. El capitán Ward se encaminó al sitio donde hablaban Fieldem y le increpó:” en nombre del pueblo del Estado de Illinois, ordeno que se disuelva este mitin inmediatamente.” El asombrado Fieldem le contestó con firmeza: “ Pero capitán este es un acto pacífico”.

Las “fuerzas del orden” provocan el desorden

Se produjo un momento de silencio que permitió oír el rumor de las carreras de los asistentes que huían para evitar la violencia policial. Un instante después la oscuridad fue disipada por un enceguecedor relámpago rojo y se oyó el estruendo de una tremenda explosión. Alguien había hecho estallar una poderosa bomba. Hubo una terrible confusión. En la oscuridad, la Policía disparaba sus armas locamente en todas direcciones. Muchos de los que huían tropezaban y caían, otros yacían heridos, la mayoría corría maldiciendo, quejándose del bárbaro atropello. La Policía, como enloquecida, continuaba pisoteándolos y golpeándolos salvajemente, El balance final dio como saldo un hombre fallecido en el sitio y otros siete mortalmente heridos que expiraban poco después.

La prensa de toda la nación predicaba unánime que no importaba si Parsons, Fieldem o Spies habían arrojado o no la bomba. Debían de ser ahorcados por sus puntos de vistas políticos, por sus palabras y por sus actividades en general. Y cuantos más alborotadores se entreguen al verdugo, tanto mejor será. El “Chicago Tribune”, decía: “La justicia pública exige que a los asesinos europeos August Spies, Michael Schhwab (otro dirigente de la Asociación del pueblo trabajador) y a Samuel Fieldem, se les detenga, se les juzgue y se les ahorque. La justicia pública exige que el asesino A. R. Parsons, de quien se dice que deshonra este país por haber nacido en él, sea capturado, juzgado y ahorcado por asesinato.

¿Proceso judicial o farsa antiobrera?

El ya célebre proceso comenzó el 21 de junio de 1886, ante el Juez Joseph E. Gary. El jurado compuesto, en su mayoría de comerciantes, industriales y empleados de esos mismos comerciantes e industriales, era lo menos imparcial que pueda imaginarse. Según investigaciones realizadas posteriormente por un Gobernador de Illinois, John A. Altgerd, “cuando el juez que actúo en este caso falló que un pariente de uno de los muertos era jurado competente, y eso después de que ese hombre había declarado ingenuamente que estaba profundamente prejuiciado contra el acusado… y cuando en una serie de oportunidades afirmó que eran competentes como testigos o como jurados hombres que se proclamaban convencidos de la culpabilidad de los acusados antes de haberlos escuchado… entonces ese proceso perdió toda y cualquier semejanza con un juicio justo”.

Esos despachos de prensa describen una y otra vez a los acusados. El “ impasible” Fieldem, el “elegante” Spies, el “melodramático” Parsons; el “alto y pálido Fischar, el “reflexivo” Schawab; el “desafiante” Lingg. Un reportero con muy poco sentimiento y ningún seso escribía: “Son irreductibles, no tienen ningún remordimiento, y para sus mentes distorsionadas es la sociedad la que está en juicio y no ellos mismos.

Pero quien hizo sonar la nota más alta al dirigirse al juez, Gary, fue Spies:

“Si usted cree que ahorcándonos puede eliminar el movimiento obrero, el movimiento del cual millones de pisoteados, millones que trabajan duramente y pasan necesidades y miserias esperan la salvación, si esa es su opinión…. Entonces ahórquenos”. Así aplastará una chispa, pero allá y allá, detrás de usted y frente a usted y a sus costados, en todas partes se encienden llamas. Es un fuego subterráneo y usted no podrá apagarlo.

Todos los alegatos de los acusados fueron inútiles. Como es sabido el 9 de octubre de 1886 se dictó la sentencia de muerte, de acuerdo con una descripción del New York Times de aquellas fechas:” El rostro del juez Gary al dictar la sentencia contra Spies se estremecía convulsivamente… y cuando llegó a la palabra “ahorcado”, apenas pudo balbucearla y con extrema dificultad pudo proferir “hasta que esté muerto”. Estas últimas palabras apenas fueron perceptibles.

El hombre de letras mas destacado de los EEUU, William Dean Howells, escribió: ¡Nunca los he creído culpables de asesinato, ni de ninguna otra cosa como no sea de sus opiniones , y no creo justo el juicio en que se les declaro culpables. Ese caso constituye la injusticia más grande que jamás haya amenazado nuestra fama como nación.

No hubo clemencia

Después de que la Corte suprema de Justicia de los EEUU se rehusó terminantemente a examinar el caso, denegando todas las apelaciones, se fijo la fecha de la ejecución para el 11de noviembre de 1887. La única esperanza que quedo entonces fue que el gobernador Oglesby conmutase las condenas a muerte por las de cadena perpetua.

Y los pedidos de clemencia llegaron a millares al despacho del Gobernador de Illinois. Robert Ingersoll, Henry Demarest, John Brown, hijo del gran emancipador, y cientos de de ciudadanos destacados de Chicago, le escribieron en ese sentido. También centenares de dirigentes sindicales norteamericanos, incluyendo a Samuel Gompers. Y desde todos los puntos del país; millares de personas apelaron al Gobernador Oglesby pidiéndole clemencia y destacando que esos hombres iban a ser ahorcados por sus opiniones políticas.

La Ejecución

Los cuatro condenados, Spies, Parsons, Engels y Fisher, en su última noche parecieron alivianados al ver que por fin su calvario llegaba a su término. No pudieron dormir mucho, pues en un local cercano a sus celdas los carpinteros construían las horcas y el martilleo se oyó claramente durante la noche. Esos obreros concluyeron su lúgubre trabajo recién hacia la mañana. Eneros momentos Parsons comenzó a cantar “Marchando hacia la Libertad”, y su voz de temor se oía a través de toda la cárcel. Después canto “Arnie Laurie”, pero en voz muy baja, suavemente, como si fuese nada más que para el mismo.

Sabiendo que estaban preparando a su esposo para la ejecución, la señora Parsons y sus dos hijos suplicaron frenéticamente que se les permitiese entrar a la cárcel para verlo por última vez. Sin embargo se les negó ese postrer consuelo y no pudieron pasar más allá del cordón policial que se había tendido alrededor de la prisión; como siempre, con el irrisorio pretexto de que los anarquistas intentarían el rescate. Ante la insistencia de la esposa de Parsons, las autoridades policiales no vieron solución más humanitaria que arrestarla y arrojarla a una celda con sus dos hijitos.

Las últimas palabras:

Cuando un verdugo bajo la máscara sobre el rostro de August Spies, éste pronunció una sola frase.

“Llegará la hora en que nuestro silencio será mucho más elocuente que las voces que ustedes estrangulan hoy”.

“Este es el momento más feliz de mi vida”. Fue la única exclamación de Fischer”.

“!Viva la anarquía!”., gritó Engels

Por último retumbó en la sala la potente voz de Parsons:

“¿Se me permitirá hablar, ¿Oh? Hombres de los Estados Unidos?, ¿Déjenme hablar, !Alguacil Matson! ¿¿¿ QUE SE ESCUCHE LA VOZ DEL PUEBLO!!! y trató de continuar, pero se soltó el muelle que sujetaba la trampa del cadalso y su cuerpo pendió en el vacío.

Hoy 123 años después, la situación para la clase trabajadora no es la mejor, por ello la CONFEDERACION GENERAL DEL TRABAJO CGT, reafirma su compromiso de lucha por la construcción de una Colombia distinta en donde la PAZ sea el fruto de la JUSTICIA, por lo tanto nuestro compromiso para con los sectores más pobres y excluidos sociales se profundiza, las actividades de la CGT en contra de los contratos basura, por los derechos de los jóvenes, de las mujeres y de los niños son cada vez más sólidos, por lo tanto en este 1º de Mayo la CGT se moviliza por el derecho a la vida, por el derecho al trabajo decente, digno y estable y justamente remunerado, por la plena vigencia de los derechos humanos, por los derechos de organización y negociación colectiva, por una Reforma Social Agraria Integral, por la libertad de todos los secuestrados y por el respeto a los trabajadores de la economía informal.

Fuente: Una desconocida historia del sindicalismo,(Richard O. Boyer y Herbert M. Morais). Publicación CGT en mayo de 1980.

El presente material se edita en Rebanadas por gentileza de Adriana Rodríguez M., Secretaria del Departamento de Organización, CGT Colombia.