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DESPUÉS DEL TRIUNFO DEL FRENTE AMPLIO

Artigas y San Martín, el proyecto del siglo XXI

Por Carlos del Frade (especial para Argenpress.info)

Rebanadas de Realidad - Argenpress.info, 02/11/04.-

Los años setenta y los derechos humanos
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La película 'Estado de sitio' del realizador griego Costa Gavras fue elocuente del resultado de la falsificación histórica y sus efectos en la lectura política del proceso social uruguayo de los años setenta del siglo XX.

La imagen de José Gervasio Artigas estaba presente en los cuarteles policiales y militares que ordenaban la tortura y la vejación como metodología represiva contra los insurgentes políticos en los tiempos de la dictadura de José María Bordaberry.

Y también el retrato artiguista y su bandera azul y blanca cruzada por un banda roja presidía las reuniones de Tupamaros.

El terrorismo de estado se aprovechó del Artigas de bronce, del 'padre de la patria', como militar abnegado y desprendido y símbolo de la identidad de la nación ante los enemigos internos que propugnaba la doctrina de seguridad nacional impulsada por los Estados Unidos para los ejércitos de Sudamérica en la teoría de la Tercera Guerra Mundial.

'Ese' Artigas estaba vaciado de sus hechos económicos, políticos y sociales a favor de las mayorías.

En tanto, las organizaciones políticas reclamaban la democratización del 'otro' Artigas, el referente de las luchas colectivas del pueblo uruguayo.

Pero el Artigas concreto, de carne y hueso, el histórico había sido muy claro en relación al respeto por la soberanía popular: 'el despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos'.

En forma paralela, el terrorismo de estado en la Argentina también idolatró al San Martín estratega militar, supuesto defensor del orden de los privilegios y enemigo de lo político.

De acuerdo a los distintos testimonios de los sobrevivientes de los 340 centros clandestinos de detención que funcionaron en el país durante la dictadura inaugurada el 24 de marzo de 1976, la imagen de San Martín también estaba en algunas de estas mazmorras en las que se violentaba a mujeres embarazadas y se mutilaba gente joven y anciana.

San Martín, al igual que Artigas, había sido demasiado preciso en torno a las armas del ejército. 'La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene', sostuvo el general de Los Andes.

Y agregó en Perú que 'la presencia de un militar afortunado es temible a los estados que de nuevo se constituyen... el general San Martín jamás desenvainará la espada contra sus hermanos, sino contra los enemigos de la independencia de la América del Sur'.

Ni San Martín ni Artigas avalaban la prepotencia militar ni mucho menos el desprecio de la voluntad popular.

Sus imágenes presentes en las salas de torturas son el resultado de presentar y difundir durante décadas una historia en la que deliberadamente se despojaron los proyectos políticos, económicos y sociales que encarnaron.

Y, al mismo tiempo, haberlos presentado como los grandes vencedores del siglo XIX, cuando, en realidad, fueron los grandes derrotados, junto al sujeto histórico que expresaron: las mayorías populares.

Estado, mercado interno, proteccionismo y desarrollo autónomo

Más allá de las discusiones sobre la vida personal de los próceres.

Los proyectos económicos y políticos que representaban.

Ocultos para la historia oficial y desconocidos para las renovadas discusiones de fin de milenio.

Ideas y hechos de los dos líderes populares, Artigas y San Martín.

Proyectos inconclusos que sirven para el presente y marcan un camino para el futuro en el que necesariamente 'los más infelices' deberán 'ser los más agraciados'.

La permanente y mentada sensación de inseguridad de los crepusculares días del año 2000 tenía para Artigas una solución política, principista y existencial.

'...como el objeto y fin del gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y de los pueblos, cada provincia formará un gobierno bajo esas bases, además del gobierno supremo de la nación', dice Artigas en sus instrucciones del año 1813.

Es decir, para que exista seguridad es necesario que el gobierno primero garantice la igualdad y la libertad.

Un principio político que deberían tener en cuenta los gobernadores del presente en el barrio cósmico latinoamericano.

Ante la invasión de mercaderías extranjeras, la concentración de riquezas en pocas manos y la extranjerización de la banca que hoy sufren los pueblos del sur, las palabras artiguistas no solamente suenan como contraste sino también como proyecto político económico alternativo: 'todos los derechos, impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán iguales en todas las provincias unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio'.

El sujeto de la historia, el origen de la legitimidad política y el destinatario de la acción estatal son las mayorías populares pauperizadas: 'los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suerte de estancias, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la provincia'.

Un gobierno que reparte la tierra y recompensa al trabajo. Reforma agraria en ciernes y protección al mercado interno. Distribución de riquezas desde la decisión política del estado naciente.

Dirá sobre los ingleses: 'Abriré el comercio con quien más nos convenga...los ingleses deben conocer que ellos son los beneficiados, y por lo mismo jamás deben imponernos'.

Y repetirá sobre el origen y fin de los impuestos: 'los señores comerciantes serán obligados a pagar en nuestros puertos los derechos de introducción y extracción establecidos y acostumbrados en las diversas receptorías según los reglamentos generales'.

'Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la provincia, para poseer sus antiguas propiedades'. Semejante concepto del estado expropiador por razones políticos estaba en la base del Plan de Operaciones de Mariano Moreno y sería el principal argumento de la obra de gobierno de San Martín, ya sea en Cuyo como en Perú.

Bartolomé Mitre, el inventor de la historia oficial argentina, escribió en 'Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana', que el programa político llevado adelante por el correntino en Cuyo era un 'plan cooperativo económico militar'.

'Se solicitaba todo en auxilio, y luego se devolvía (carretas, caballos, mulas, semillas)' y se exigían 'contribuciones ordinarias y extraordinarias', sostuvo Mitre.

'Secuestró los bienes de los prófugos; se recogieron los capitales a censo pertenecientes a manos muertas, usando de sus intereses; impuesto general según el capital de cada individuo, previo catastro (cuatro reales por cada mil pesos de capital); contribución extraordinaria de guerra pagadera en cuotas mensuales; se expropiaron los diezmos; se gravaron los barriles de vino y aguardiente; propiedad pública de las herencias españolas; los trabajos públicos se hacían gratuitamente', enumeró Mitre en una perfecta descripción de un estado que expropia riquezas según las necesidades políticas del proyecto de liberación nacional al mismo tiempo que da trabajo e iguala a los gauchos, indios con los ex representantes de la oligarquía nativa cuyana.

'A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos', decretó el gobernador San Martín.

Mitre señaló que 'durante tres años el gobierno fomentó la instrucción pública, se mejoraban los canales de regadío y se propagaba por primera vez la vacuna'. A los curas 'les recomendaba que en sus pláticas y sermones hiciesen ver la justicia con que la América había adoptado el sistema de la libertad. Los tuvo que ajustar varias veces por medio de circulares', apuntó el creador del diario 'La Nación'.

Según Ricardo Rojas, otro de los historiadores oficiales de San Martín, 'reglamentó el trabajo social en el sentido de suprimir la vagancia, el juego y el delito; creó los decuriones que eran alcaldes de barrios, con amplias facultades para mantener el orden instituido por él' y 'el cabildo se convirtió en un cuerpo semejante a una legislatura'.

Para el equipo de investigación que conducía Rodolfo Walsh, 'San Martín sentó en Cuyo las bases de una economía independiente, aunque no cerrada y si la Argentina hubiera sido gobernada con el criterio que él usó para crear su Ejército de Los Andes, otro hubiera sido el destino nacional'.

De otro modo, 'San Martín no hubiera podido instalar en Mendoza una fábrica de pólvora, una fundición de artillería en la que 300 obreros trabajaban en 7 fraguas, un batán para tejer las telas de los vestuarios, una fábrica de tintas para dar color a los uniformes, e inclusive aplicar la fuerza motriz del agua al batán y el laboratorio de explosivos. En todas estas empresas los trabajadores fueron organizados dividiendo sus tareas y coordinándose en un plan de producción'.

De acuerdo a este punto de vista, 'el mismo sentido tiene la reunión concertada en Mendoza de alimentos, animales, tejidos, monturas, capitales, técnicos y mano de obra proveniente de San Luis, San Juan, La Rioja, Corrientes, Córdoba y Buenos Aires; la liberación de los esclavos para que sirvieran al ejército; las explotaciones ganaderas y agropecuarias a cargo de la Intendencia en tierras de particulares; la confección del vestuario distribuyendo su corte y costura entre sastres y mujeres voluntarias que trabajaban bajo un programa coordinado; la recolección en almacenes de ropa vieja que luego se usaba para forrar el calzado; la construcción de 20 mil herraduras para mulas y caballos; la nota de San Martín al gobierno de Buenos Aires en diciembre de 1816 pidiendo que se suprimieran los impuestos a los licores cuyanos y se gravaran los importados para proteger la industria'.

Un completo programa de economía que asentada en el desarrollo del mercado interno, fomentara la industria regional, generara inclusión social y sentara las bases para el crecimiento y la exportación.

En Perú, años después, siguió con estos conceptos políticos económicos. Los mismos se vieron reflejados en el llamado Reglamento de Comercio. Allí dispuso la duplicación de los derechos de importación sobre los artículos que pudieran competir con los del país; eliminó aduanas interiores; decretó que sólo los peruanos podían ejercer el comercio minoristas; prohibió la exportación de metálico; rebajó las tasas aduaneras a los barcos de bandera peruana o americana y creó un banco presidido por el ministro de hacienda, con accionistas particulares nativos y sus fondos se mantuvieron siempre separados del gobierno. 'El banco peruano debió cerrar por la oposición del comercio inglés y el Reglamento de Comercio fue modificado por la presión de los mismos intereses cuando San Martín se alejó del Perú', remarcaron los integrantes del centro de estudios 'Arturo Jauretche'.

Para ellos, todos estos hechos 'indican que San Martín percibía la estrecha relación entre independencia económica y defensa nacional cuando estos temas no habían sido estudiados aún por ninguna escuela científica ni militar'.

Artigas y San Martín representaron los intereses de las mayorías sociales.

Se convirtieron en sus líderes políticos y sus medidas económicas desde los estados creados impulsaron respuestas concretas para satisfacer las necesidades existenciales de la gente que se jugó la vida detrás de estos dirigentes populares.

La aplicación de estos proyectos políticos, económicos, sociales y educativos generó el rechazo del grupo dominante que se hizo cargo de los resultados de la guerra por la liberación nacional luego de 1816. De allí que ambos fueran exiliados, desterrados y posteriormente falsificados de acuerdo a los intereses de diferentes grupos de poder, fundamentalmente las fuerzas armadas de Uruguay y Argentina.

Los que siguieron a San Martín y Artigas tenían entre quince y sesenta años.

Ellos abandonaron todo lo material en pos de concretar aquellos proyectos colectivos basados en esas ideas políticas y económicas.

Los que hoy no siguen a nadie, los más castigados por el modelo que se aplica en estos arrabales del mundo, también tienen entre quince y sesenta años.

Pero no saben casi nada de las ideas políticas que hicieron de San Martín y Artigas líderes populares.

Por eso la necesidad de devolver a los dos José a la existencia cotidiana de las mayorías rioplatenses.

De difundir sus ideas políticas y económicas y defenderlos de tanto bronce vacío y discusiones particulares que vuelven a negar el verdadero fundamento de su paso a la posteridad: el haber sido representantes de las masas anónimas que decidieron con sus ideas ser protagonistas y no merca comparsa en la historia del sur de América.

Los exilios de San Martín y Artigas

1820, año límite para el sueño de inventar 'una nueva y gloriosa nación', aquella a la que a sus plantas se rendía el león de la globalización de entonces, Gran Bretaña.

El proyecto político de la Revolución de Mayo, el Plan de Operaciones de Moreno es una leyenda de la que ya nadie habla y la idea de la igualdad se murió en la papeleta del conchabo que establecía con claridad que solamente tenían derecho aquellos que eran propietarios y los peones obedientes a los patrones de estancia.

En los primeros días del año 20, en la quebrada de Belarmino murieron los mejores oficiales indios de las misiones que seguían al general de los humildes. De los casi veinte mil orientales que hicieron el éxodo en octubre de 1812, solamente quedan 400 sobrevivientes con Artigas.

'Formen la tropa y disuélvanla en mi nombre, que cada uno vaya donde quiera. Yo no pienso pelear más contra los protugueses. Toda resistencia ahora me parece un sacrificio inútil', dice Don José.

'Nadie mueve a ninguno de los últimos cuatrocientos hombres', narra Jesualdo.

En uno de los últimos campamentos antes de entrar a Misiones, recibe la visita de dos caciques del Chaco que han atravesado muchas leguas para ofrecerle su indiada.

Cuando tenía 76 años aún su nombre despertaba sentimientos de rebeldía y dignidad, palabras que bien podrían ser sinónimos, en aquel entonces, en este presente.

Lo engrillaron y estuvo seis meses presos en Paraguay.

A los ochenta años lo trasladaron a un rancho en el Ibiray, cerca de Asunción. 'Es lo que queda de tantos trabajos: hoy vivo de limosnas', dijo Artigas.

Murió el 23 de setiembre de 1850, aunque varias veces sufrió distintas muertes, entre otras la que produjo la falsificación histórica, el permanente ocultamiento de sus pensamientos y prácticas políticos y económicos.

1820, el año en que los sueños de Mayo se fueron con los dos José.

San Martín era el jefe del Ejército de Los Andes, del primer ejército popular latinoamericano en armas, como diría el historiador Norberto Galasso. Desde Rancagua en adelante San Martín ya no sería empleado del estado argentino.

Sus ideas políticas y económicas lo dejaron prescindente.

Retiro involuntario por disposición de un gobierno que llevó adelante la más profunda de las reformas del estado argentino: la reconversión de las ideas de Mayo de 1810 en el rol que exigiera cumplir el primer mundo de la época.

Reforma política del estado y San Martín despedido, jubilado sin sueldo, militar en armas pero con dineros chilenos y peruanos.

Antonio Gutiérrez de la Fuente, joven militar peruano, el 22 de mayo de 1822 se embarcó en El Callo con rumbo a Valparaíso. Su misión era llegar a Buenos Aires y pedir apoyo financiero para terminar la guerra de liberación continental. Dos veces habló con Bernardino Rivadavia. El 14 de agosto de 1822 se volvió con las manos vacías.

Según Félix Luna, 'Rivadavia dio el golpe definitivo a la expedición pedida por San Martín en 1822; en 1825, los rivadavianos del congreso facilitaron, sin movérseles un pelo, que el Alto Perú abandonara el conjunto rioplatense'.

En 1823, San Martín le escribió a su amigo Tomás Guido: 'Ignora usted por ventura que en el año 23 cuando yo por ceder a las instancias de mi mujer de venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para prenderme como a un fascineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración...hay alcaldes de lugar que no se creen inferior a un Jorge IV'.

Estanislao López, caudillo santafesino, le remitió a San Martín una esquela en la que comentaba: 'Se de manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de usted a aquella capital, será mandado a juzgar por el gobierno en un consejo de guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes de 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir a Santa Fe y la expedición libertadora del Perú...siento el honor de asegurar a usted que a su solo aviso estaré con mi provincia en masa a esperar a usted en el desmochado para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la victoria'. San Martín prefirió seguir coherente a su postura de no desenvainar su espada contra hermanos.

En setiembre de 1824, Rivadavia desnudó su sentimiento hacia San Martín en una carta dirigida a Manuel García: 'Es de mi deber decir a usted para su gobierno que es un gran bien para ese país que dicho general esté lejos de él'.

Malditos e indispensables

'Maldita sea mi estrella. El general San Martín siempre será un sospechoso en su país', dijo el general correntino que se reconocía indio y que se opuso al proyecto de la burguesía porteña.

La maldición que alcanzó a San Martín y Artigas no es individual.

Sino colectiva.

La marginación, el olvido construido sobre sus proyectos económicos, políticos y sociales, conforman la derrota de un proyecto que incluía a las masas gauchas y nativas, a los pequeños propietarios y a las economías regionales.

La hipocresía institucionalizada a partir de la construcción de la historia argentina y uruguaya difundida desde la concentración de las riquezas que ahogó al interior y condenó a las mayorías a ser meras espectadoras de los procesos sociales; hizo que se levantaran estatuas, se multiplicaran calles y avenidas, pueblos, comunas y ciudades con los nombres de los exiliados, perseguidos, desocupados y censurados San Martín y Artigas.

Tanto bronce, tanta mentira, ocultaron los proyectos político, social y económico de ambos José.

La historia oficial los elevó a padres de la patria luego de haber ocultado sus derrotas frente a los intereses de las burguesías y oligarquías del Litoral, el Plata y las provincias de Buenos Aires y parte de la mesopotamia argentina.

La suerte de individual de Artigas y San Martín fue la suerte de las mayorías que le habían puesto del cuerpo a las ideas de la revolución de mayo.

Jubilados sin sueldos, despedidos de los estados nacientes por sus ideas políticas y económicas, San Martín y Artigas constituyen una imagen del presente: víctimas, como millones de personas, de un sistema de economía concentrada al servicio a los intereses de los dueños de la globalización.

Sin embargo, ambos forman parte del necesario ideal existencial que descubrirán las nuevas generaciones americanas.

Cuando los pibes del nuevo milenio vuelvan a morder los privilegios y se enamoren de los viejos proyectos aún por ser, Artigas y San Martín volverán a caminar con ellos para completar sus proyectos de igualdad, libertad y justicia para los que son más en estos barrios cósmicos del sur.

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Gentileza de la Agencia Argenpress.
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