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El escolástico señor Romero (Primera parte)

Por Francisco José Pestanha

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 12/04/05.- "Fue un error irreparable para los primeros pensadores no aceptar, de principio, que la realidad americana no era inferior, sino distinta... Llamar barbarie a todo lo que era americano no era una actitud de definición sino de rechazo" . JULIO MAFUD

ALBERTO METHOL FERRE sostuvo hace un tiempo que en el orden de las ideologías la intelligentzia uruguaya vivía "...en una sucesión de modas escolásticas...", donde lo escolástico representaba para él una categoría histórica que daba cuenta "... de la cualidad del trasplante, en el espacio y tiempo, de ideas pensadas de una circunstancia en otra circunstancia...". De esta forma el lúcido oriental denunciaba la alineación ideológica de vastos sectores de la intelectualidad de su país respecto al imperio dominante en la época, y además, el desajuste entre ideología y realidad que se operaba a partir de este fenómeno.

Aquella dinámica de sometimiento descrita por METHOL, es compartida por nuestras elites vernáculas. Quien haya transitado por las aulas de las universidades argentinas, y sobre todo por aquellas que alegan concentrarse en las ciencias sociales, puede advertir una clara tendencia en este sentido que se repite sistemáticamente desde hace más de un siglo. Basta para ello consultar las orientaciones generales de las cátedras, enumerar los textos que allí se recomiendan, o analizar las repetidas exégesis locales que se exhiben para lectura y estudio de alumnos y docentes.

Es posible que dicha tendencia, tal como enseña el profesor VÍCTOR DÍAZ GUAJARDO, se haya originado a partir de la tenaz influencia que la corriente de pensamiento positivista de la ilustración occidental ejerció sobre los intelectuales iberoamericanos durante el siglo XIX, la cual "... fue transmitida y asimilada por los pensadores latinos, quienes consideraban que el racionalismo, la ciencia y la educación, redefinirían nuestra identidad bajo el modelo científico-racional europeo de fuerte contenido racista...".

Ese deslumbramiento por las ideas emergentes de Europa o del epicentro desarrollado de turno probablemente haya generado en la intelectualidad Argentina ese profundo sentimiento de inferioridad que la caracteriza, y que le ha impedido asumir los desafíos que le competen. Además, muy posiblemente haya contribuido a potenciar esa dinámica, cierta pretensión de carácter universalista muy presente en algunas corrientes sociológicas, que anhela encontrar algunos principios generales aplicables a todas las sociedades.

Para adquirir cabal comprensión de este fenómeno vale la pena ejercitarse mediante el análisis de un texto concreto. En esta oportunidad, he seleccionado el publicado recientemente por uno de los académicos más conspicuos de la Universidad de Buenos Aires, Don LUIS ALBERTO ROMERO, aparecido en el matutino La Nación el 23 de marzo p/pdo. y que tituló sugestivamente "Para un proyecto colectivo".

El nudo gordiano del trabajo de ROMERO gira sobre una conjetura que el autor enuncia de la siguiente forma: "...la carencia de un proyecto nacional es un viejo tópico que nuestra cultura política ha reactualizado...". A criterio del historiador, existe una errónea concepción que emerge de ciertos ámbitos antagónicos (a los cuales no define ni describe claramente), pero que según él, "...coinciden en que para construir un país distinto y mejor, lo primero es acordar en un proyecto nacional..l". El catedrático niega enfáticamente la virtualidad de tal formulación, y concluye su razonamiento sosteniendo que, aún "...para quienes somos escépticos respecto de los llamados "proyectos nacionales", es posible sumarnos al reclamo de un proyecto colectivo.." .

Vamos a desguazar alguno de los argumentos a los que recurre ROMERO para sostener tales afirmaciones. Con respecto a la labor de la denominada generación del ochenta (la generación de Sarmiento, Oroño y otros), el académico sostiene que si bien se advierten en ella "varios consensos básicos", dichos consensos constituyen un núcleo armónico percibido ex post; "... algo así como un camino hecho al andar...", cuyo rasgo principal "...fue una correcta lectura de la situación del mundo y del lugar que la Argentina podía ocupar en él...", y cuyo instrumento primordial fue un "...estado eficaz, no trabado todavía por intereses encastillados en sus corporaciones, de modo que el tramo que separaba la concepción política y su ejecución era breve..".

A partir de tales argumentaciones, el investigador concluye que no puede hablarse del proyecto nacional de la generación del ochenta, sino de un consenso genérico al que arribaron dirigentes entre quienes "...las cuestiones divisivas fueron abundantes..." y que además, "...puede darnos una lección para el presente..."

Hasta aquí ROMERO no hace más que exteriorizar una de las tantas versiones historiográficas sobre aquella etapa de nuestra historia - añorada por liberales y progresistas - que se caracterizó por una situación colonial inaudita, y además a sostener curiosamente que MITRE, SARMIENTO, y otros conspicuos representantes de esa estirpe, no diseñaron un proyecto nacional sino que establecieron entre sí una serie de acuerdos básicos sobre los que se asentó su gestión.

No puedo continuar el análisis sin dejar de resaltar que llamativamente, ROMERO omitió en todo su relato consignar algunos aspectos sustanciales sobre los que se asentó ese consenso genérico - como entre otros - la conquista del desierto, el exterminio de la oposición, y ciertas concesiones en materia económica que determinaron nuestra sujeción durante décadas.

Respecto a la ausencia de una idea de proyecto nacional en los ilustrados del ´80, la lógica argumental del autor es incuestionable. Resulta tradicional que en los cenáculos liberales, se suela desconocer esta posibilidad ya que la idea de un proyecto asociado a "lo nacional" tiene connotaciones sociológicas y filosóficas de tinte colectivista, las cuales se encuentran absolutamente distanciadas de ese principio de autonomía de la voluntad que junto al del mercado, constituyen las reglas naturales sobre las que se asienta - para ellos - la naturaleza de lo humano.

El académico, en síntesis, sostiene que la generación del ´80 no concibió un proyecto de nación en términos de cohesión colectiva, ya que la idea de nación como instrumento de progreso no cabía en los principios que regían su ideario. El progreso indefinido según ellos, se materializaría a partir de tres factores; la educación, los valores republicanos y la inmigración.

Voy a permitirme discrepar con ROMERO, ya que a mi leal saber y entender la denominada generación del 80 tenía nítido un proyecto de país. Muchos autores, entre los que puedo citar a GUSTAVO CIRIGLIANO, comparten esta postura y puedo remitirme a sus sagaces razonamientos para sostenerlo.

No obstante ello, existe para mi un argumento cardinal para sustentar nuestra posición, que resulta de un dato de la realidad preciso e irrebatible: la generación del 80 encaró activamente un programa de exterminio material y simbólico de lo preexistente. Un programa que apuntaba eliminar todo vestigio étnico cultural de lo prehispánico, que para ellos representaba la barbarie, y de lo hispánico, que encarnaba la decadencia. La idea era reemplazar una cosa por la otra - de hacer la Europa en América como después enseñaba JAURETCHE - y dos eran los grandes obstáculos que se oponían a ese reemplazo: la tradición y el emergente étnico - racial. La generación del 80 tenía entonces un proyecto nacional. Claro, un proyecto nacional de substitución.

Volvamos al texto y a otra de sus afirmaciones. ROMERO sostiene por ejemplo que los consensos de la generación del 80 "...echaron la base de un crecimiento formidable...". Esta afirmación constituye una antigua consigna sostenida por la historiografía liberal que se basa en unos pocos datos certeros, algunos parciales , una considerable cantidad de instrumentos falaces, y una interpretación interesada de ciertos indicadores. Dicha consigna suele ser esgrimida como ejemplo de una política liberal exitosa en América del sur.

Surge aquí un primer interrogante: ¿Cuáles son lo parámetros a los que recurre ROMERO para realizar tal afirmación?. Sostener que durante una etapa histórica determinada hubo un crecimiento formidable supone el análisis previo de algunos parámetros. ¿Cuáles son los que utilizó ROMERO?, ¿Quién creció para ROMERO?, ¿Qué creció para ROMERO?, ¿Quiénes fueron los destinatarios del crecimiento para ROMERO?

Respecto a ello cabe traer a la memoria del lector aquellos diagnósticos de los economistas neoliberales, que en década pasada enunciaban cotidianamente el crecimiento de la economía Argentina, mientras que lo único que crecía era la pobreza y el desempleo. Claro, era solo una cuestión de indicadores. ¿Habrá utilizado ROMERO los mismos indicadores de crecimiento económico que utilizaban BRODA, ALEMANN, O ARTANA para evaluar la economía en tiempos de CAVALLO?

Continuemos con el análisis. El historiador, luego de referir al crecimiento operado a partir de la acciones de dicha generación, sostiene que el mismo se afirmó en principios: la república, la educación, la inmigración y los ferrocarriles. Como es sabido, gran parte del ideario de la generación de SARMIENTO, ECHEVERRÍA y MITRE se asentó en una serie de valores emergidos en la Europa del Siglo XVIII de acuerdo a las condiciones históricas allí imperantes y que aparecieron en su época como renovadores para la envejecida Europa.

Ahora bien, sin perjuicio que se comparta o no la tesis del crecimiento, el éxito o fracaso de la estrategia de una generación como la que nos ocupa, que tuvo un papel primordial durante más de medio siglo en la conducción del país, no puede medirse en años ni en décadas: debe medirse por las consecuencias de la impronta ejercida sobre las futuras generaciones y sobre el destino del país. A esta altura de las circunstancias puede uno preguntarse entonces: ¿qué beneficios reales trajo para nuestro país un sistema de instituciones y prácticas políticas totalmente alejado de nuestras tradiciones como el que consagra la constitución 1853/60?; ¿qué provechos obtuvieron las posteriores generaciones de argentinos de una educación universalista y alienada? ; ¿ cuáles son las utilidades que obtuvo la economía nacional, o más concretamente nuestros paisanos, de un sistema de ferrocarriles concentrados sobre el puerto y funcionales al saqueo y al latrocinio, como tan magistralmente denunció en su época SCALABRINI ORTIZ; o tal vez interrogarse sobre: ¿Cuáles fueron lo principios éticos y humanistas sobre los que se asentó una política inmigratoria que en vez de orientarse hacia el fortalecimiento y engrandecimiento cultural y social del país, estaba claramente destinada a suplantar al hijo de la tierra?.

El escolástico ROMERO por ingenuidad o tal vez por necedad, ha caído en la misma trampa que otros tantos intelectuales argentinos. El escolástico ROMERO sugiere, como lo han hecho otros, que determinados valores e instituciones, aptos para el desarrollo de una nación determinada, pueden ser transpolados directamente a otra y a partir de ello, obtener "éxitos" similares. El escolástico ROMERO sigue la moda, claro está, una moda un poco anticuada.

No puede culpársele a ROMERO su adscripción a un pensamiento liberal. Cada uno tiene el derecho de tener su propia mirada sobre la realidad. Lo que no puede perdonársele a un intelectual argentino es que siga recomendando formulas que ya han demostrado su palmaria ineficacia en nuestro país, y que por otra parte, desnaturalizan el mismo liberalismo que él pregona.

Note el lector qué interesantes paradojas. Los liberales suelen proclamar al laissez faire, la libertad individual y la autonomía de la voluntad como instancias determinantes en la constitución de lo humano, es decir sujetan la dinámica humana a una serie de reglas o determinaciones, y en tanto, mientras proclaman la libertad, se ubican en el campo del determinismo. Y luego cuando se inmiscuyen, como lo hace ROMERO, en el campo de la política y de la economía, ponderan y recomiendan para lograr la panacea social, un cartabón de principios y libertades que deben resguardarse con independencia de la sociedad que nos ocupe. Es decir para los liberales la diversidad no cuenta, las diferencias sustanciales respecto a las condiciones humanas e históricas no valen. Solo cuentan ciertos principios. Se predica la libertad, se dice valorar la libertad, mas no se comprende la diversidad que es el presupuesto de la libertad. ¿No constituye este tipo de razonamiento la base del totalitarismo?

Continuemos con el texto. Luego de negar el carácter de proyecto de país de la generación referida, el académico se inmiscuye en lo que a su criterio constituye algo "... más antiguo, más raigal y más perdurable.." en la cultura política local como "el proyecto nacional", primo hermano del "ser nacional", de la "identidad nacional", del "movimiento nacional" y de la "doctrina nacional". Sostiene que éstos son conceptos incubados desde comienzos del siglo XX, se vinculan a "... una versión malsana del nacionalismo, ligado a la idea de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación, que se define en contra de un enemigo declarado como ajeno a ella...", afirmando luego que "...las Fuerzas Armadas, que se proclamaron custodias de los superiores intereses de la Nación; la Iglesia Católica, que afirmó la catolicidad de la Nación, y los grandes movimientos políticos democráticos -el yrigoyenismo y el peronismo-, autoproclamados expresión esencial de la Nación...".

Sobre estas cuestiones podría explayarme durante varias horas, pero por cuestiones de espacio, dejo el análisis sobre éstas y otras afirmaciones para una segunda, o tal vez tercera entrega. ¡No hay caso! los escolásticos, como diría Jauretche, siempre nos dan que hablar.

Gentileza de Pensamiento Nacional. Web
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