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Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain |
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| Por Ron Powers | |||
Rebanadas de Realidad - America.gov, Washington, 07/05/10.- Transcurridos ya 135 años desde su primera edición en Estados Unidos, Las Aventuras de Huckleberry Finn (1883) conserva el puesto como una de las grandes obras de la literatura universal. Para incontables millones de lectores y estudiosos, la obra sigue siendo la mejor novela jamás escrita por un estadounidense. De los más de treinta títulos que escribió Mark Twain (en estos días se cumple el centenario de su muerte), Huckleberry Finn es la obra que hace que la figura de lo que antes era un humorista poco pulido se cuente ahora entre los más importantes genios literarios. Resulta fácil dar con la prueba de la popularidad duradera del libro: ventas que llegan a unos 200.000 ejemplares cada año, lo que supera las de todos salvo un reducido número de novelistas contemporáneos. Además, se ha traducido en más de 50 idiomas y se han publicado más de 700 ediciones en todo el mundo. Trescientas mil personas visitan todos los años el pueblo de Hannibal, Missouri (17.500 habitantes), el lugar donde transcurrió la niñez del autor y el punto de partida de la odisea que emprenden Huck y Jim por el río Misisipi. Y, ¿quién puede culpar a los fervientes lectores y peregrinos que visitan este lugar sagrado? ¿Quién es capaz de no dejarse seducir por este épico y lírico relato de dos compañeros de viaje que descienden en balsa por un río apacible en busca de la libertad y la realización de sus sueños? ¿A quién no le haría ilusión acompañarles según conocen a personajes fascinantes y se defienden contra los peligros que constantemente les amenazan desde la orilla? Sin embargo, Las Aventuras de Huckleberry Finn es como el mismo río Misisipi, más compleja de lo que aparenta a simple vista. Aunque la obra puede ejercer una fascinación ilimitada en la mente del niño que lee las extraordinarias aventuras de Huck en compañía de Jim, su amigo y esclavo fugitivo, el lector adulto puede adentrarse una y otra vez en las profundidades de la obra para descubrir nuevas capas de alusiones, comentarios sociales y alegorías. Aún así, no todos los lectores se han sentido gratificados por lo que han descubierto en la novela. Aunque eminencias de la literatura estadounidense, desde H. L. Mencken a T. S. Eliot, y de Ernest Hemingway a Russell Banks, han dado fe de las cualidades transformadoras de esta obra, otros han visto en ella una renuncia de los valores que consideran sagrados. Sus opiniones se pueden clasificar en dos o tres líneas generales de investigación: ¿Cuál es la característica central o la esencia que hace de Huckleberry Finn una magnífica novela? ¿Es una gran novela, una mala novela o incluso una novela destructiva para la sociedad? Y, por último, ¿qué ha transformado esta obra "transformadora"? Comencemos por hacer examen de la crítica que por más de cuarenta años dominó las conjeturas sobre las intenciones de Mark Twain al escribir el libro: la idea de que el autor y su libro eran racistas. Esta polémica estalló en 1957, cuando la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color censuró sus 211 menciones de la palabra "nigger" (negro), un adjetivo despectivo utilizado para referirse a los esclavos africanos y a sus descendientes. A partir de entonces, y durante las siguientes cuatro décadas, la lectura de Huckleberry Finn se prohibió en escuelas y bibliotecas de todo el país. Los defensores de la obra se mantuvieron firmes en su postura y respondieron que, lejos de querer propagar la intolerancia racial, el uso del calificativo era habitual en el lenguaje de los sureños de la época antes de la Guerra Civil estadounidense, y aún más, que el autor recurría a su uso para satirizar, y no para apoyar, los prejuicios raciales. Un buen ejemplo del uso de esta palabra figura en el capítulo 32 durante la famosa conversación que sostiene Huck con su tía Sally, en la que describe el estallido del barco de vapor: "Se reventó la cabeza de un cilindro". |
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| "¡Santo Dios! ¿Algún herido?" | |||
| "No, señora. Mató a un negro". | |||
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"Vaya, pues qué suerte, porque a veces resultan personas heridas". El público admirador de lectores y críticos de Twain no entienden cómo es posible que a alguien se le escape la ironía mordaz que se desprende de estas líneas. Se trata de una broma que el autor juega a Huck y a la tía Sally, quienes parecen ajenos al hecho de que los "negros" son seres humanos. Además, Huck, a diferencia de su tía de más edad, está a punto de quitarse la venda de los ojos. En el capítulo anterior, en lo que probablemente sea el pasaje más memorable del libro, Mark Twain presenta a Huck rompiendo una carta dirigida al amo de Jim que vive río arriba que revelaba el paradero de Jim y aseguraba su captura y castigo. En esa época, antes de la Guerra Civil estadounidense, dar amparo a un esclavo fugitivo era considerado por todos como un pecado contra Dios, pero Huck destruye la carta pronunciando en tono desafiante: "Pues bien, me iré al infierno". En otro pasaje anterior de la novela, y uno menos conocido por partidarios y detractores de la obra, Huck pide a Jim que le perdone por haberle engañado cuando le hizo creer que él era un fantasma. Robert Hirst, director del Proyecto Mark Twain en Berkeley (California), afirma que es el primer ejemplo, de los pocos que se dan en la literatura estadounidense, en el que un hombre blanco pide disculpas a un hombre negro. No obstante, y aunque con menos encono, la polémica se mantuvo a lo largo de la década de 1990. Los disidentes más duros son prueba fidedigna de que Huckleberry Finn sigue ejerciendo una influencia fuerte en la conciencia colectiva de Estados Unidos. Pero si aceptamos el supuesto más probable: que Mark Twain no era racista y que su libro tampoco lo era (como ha sostenido durante mucho tiempo una eminente estudiosa de su obra, Shelley Fisher Fishkin, la novela es, evidentemente, antirracista), queda aún sin respuesta la pregunta: ¿qué fue lo que transformó Las aventuras de Huckleberry Finn? Es evidente que no transformó las relaciones interraciales en Estados Unidos. De hecho, medio siglo después de su publicación, ni la amistad entre Huck y Jim, ni los efectos del odioso epíteto recibieron mucha atención de nadie. Lo que sí despertó interés, junto a una amarga controversia, fue un aspecto de la novela que escasamente hubiera llamado la atención de ninguno de sus lectores contemporáneos. Ese aspecto tiene que ver con los modos de hablar y el comportamiento poco elegante de sus personajes. Es decir, que Huck y Jim y los demás personajes hablaban como gente común y corriente de Estados Unidos, y no como la alta burguesía inglesa. (Una de las pocas excepciones es el caso del falso "Duque" y el falso "Rey", que se esfuerzan por imitar los modales finos del Viejo Mundo, y nos hacen reír con sus fallidos intentos.) A los guardianes del buen gusto y de las costumbres piadosas del público les mortificaba este tipo de lenguaje y comportamiento, dada su actitud defensiva ante la llamada "inferioridad" cultural del país, aún cuando había pasado casi un siglo desde su liberación política de Europa. Las reseñas en los periódicos, en un principio favorables, dieron un brusco giro en cuestión de semanas y los críticos calificaron la obra como "basta", "una descuidada chapuza", "una verdadera basura". Este aluvión de recriminación pública podría haber perjudicado seriamente las posibilidades de venta de la nueva obra, si no fuera por un golpe de suerte que el propio Mark Twain supo reconocer al instante. El 17 de marzo de 1885, los directores de la Biblioteca Pública de Concord (en Massachusetts) o "esos idiotas de Concord", como jocosamente los llamaba el autor, restauraron sin querer el atractivo de la novela para el público al prohibir su lectura. Esta medida supuso "un resonante y excelente espaldarazo", aseguró Mark Twain al director de la editorial, "que se publicará en todos los periódicos del país". Y así fue. Las Aventuras de Huckleberry Finn superó esos primeros reparos y para marzo de 1885 se habían vendido 43.500 ejemplares, mejores ventas que cualquier otro libro del autor en esa década. Mark Twain no vivió para ver cómo se disparó la fama de su obra hasta convertirse en un clásico de la literatura estadounidense, que más tarde alcanzó el reconocimiento universal como uno de los tesoros más preciados de la literatura estadounidense. Y ahí está la solución al enigma de la siempre magnífica Huckleberry Finn. ¿Qué transformó? Pues nada menos que el alma literaria de Estados Unidos. Esos mismos lectores "comunes y corrientes" que compraron y leyeron la novela a pesar o debido a la censura de los árbitros de las buenas formas, reconocieron algo que pasaron por alto los ansiosos guardianes del fervor religioso del país. Se dieron cuenta de que, por primera vez, una obra daba voz poética y sincera a personajes como ellos mismos. Por fin, una obra presentaba personajes desvinculados de las fracasadas tradiciones del Viejo Mundo sobre el decoro y la jerarquía de castas; personajes claramente estadounidenses, que miraban al futuro, que emprendían el camino hacia el futuro, que improvisaban su futuro, arriesgando sus propias vidas. Una novela en la que unos personajes relataban a otros sus peripecias en un lenguaje no muy pulido, pero auténtico, el vernáculo del país. Ningún otro escritor estadounidense había logrado antes ese importante avance. Pocos autores estadounidenses se habían atrevido a intentarlo. Mark Twain tuvo la audacia de hacerlo y el talento para lograrlo. Huckleberry Finn es una novela entrelazada al espíritu perdurable y regenerador de Estados Unidos. Eso es lo que la hace magnífica. |
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