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Ideología y sindicalismo. La procesión va por dentro

Por Carlos M. Duré - Correo

Rebanadas de Realidad - Carta Argentina (CA), Buenos Aires, 06/05/06 .- Un día -al cabo de la disolución soviética-, un funcionario de menor relevancia del gobierno de Estados Unidos, Francis Fukuyama, anunció el fin de las ideologías y el fin de la historia como resultado de una confrontación ideológica terminada.

Naturalmente la historia siguió puesto que seguía la reyerta ideológica, aunque no se sabía bien qué tipo de ideologías sobrevivientes causaban la continuidad de la historia.

De todas maneras la falacia de Fukuyama ya se había instalado en la clase dirigente occidental (empresarios, políticos y aspirantes a ambos) que desde entonces se maneja con un opúsculo sobre el pragmatismo.

En la Argentina y a todo lo largo de los 90, ese convencionalismo global eximió a los intelectuales de remozar las corrientes ideológicas. Pero hubo una excepción, un intento de redefirnir los intereses en pugna, los bandos antagónicos y el modo en que se pretendían aniquilar recíprocamente.

Durante el proceso de creación de la Central de Trabajadores Argentinos, CTA, y con más énfasis durante el lanzamiento del Frente Nacional contra la Pobreza, FRENAPO - y su plebiscito del 2001 que prefiguró la caída del gobierno -, su principal dirigente, Víctor De Genaro, aportó la única novedad ideológica que, aun en sus facetas discutibles, define el campo del enfrentamiento entre los megaloempresarios y la clase obrera.

Sencillamente, De Genaro decía que puesto que las corporaciones locales y transnacionales abarcaban distintas ramas de la producción bajo una sola dirección, los obreros no podían negociar salarios y condiciones de trabajo divididos por ramas gremiales sin perder la fuerza de presión que supone la unidad.

Si bien ésta definición servía para establecer diferencias cualitativas con la CGT -que continúa negociando con las patronales por rama de producción aun cuando se ampara bajo los convenios colectivos de trabajo-, gremios como el de camioneros, cuyo jefe es Secretario General de la confederación obrera, pretendían sumar fuerzas ante un sólido empresario polirubro metiendo a los demás gremios implicados dentro de un camión.

La solución de De Genaro es ideológica. Su CTA pretende asumir la representación operativa de la masa de trabajadores en su diversidad de oficios para enfrentar a las corporaciones empresarias que los comprenden. Pero un objetivo tan vasto excede el ámbito sindical y se proyecta hacia el político donde debería disputar al ubicuo empresariado el control del gobierno, el Estado y la sociedad argentina.

La de Hugo Moyano, el camionero, es pragmática porque deposita la representación de los trabajadores en los sindicatos más poderosos. Llega a obtener mejores resultados que la CTA incluso asociándose con las corporaciones (el caso del ferrocarril Belgrano en el que el gremio de camioneros tendrá el 4 % de las acciones) y no se aventura en el campo político en donde el partido peronista canaliza sus intereses tanto como el de los empresarios haciendo todo tipo de acrobacias para controlar el gobierno, el Estado y la sociedad argentina.

En una sola oportunidad la CTA y la CGT, De Genaro y Moyano, coincidieron en enfrentar al statu quo de las corporaciones. Fue en Plaza Congreso en septiembre de 1995 para frenar el ariete del neoliberalismo: la ley de flexibilización laboral. Por entonces, todavía en el gobierno peronista y en las gerencias de los supermercados se citaba a Francis Fukuyama. Hoy nadie lo haría. Cuando menos, en voz alta.

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