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CLÍO, UN LUGAR PARA LA HISTORIA - ARGENTINA

La conquista del desierto y la zanja de Alsina bajo la dirección de Alfredo Ebelot

Por Cecilia González Espul (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 21/03/08.- Buenos Aires, debe su nombre al puerto que el adelantado español Don Pedro de Mendoza fundara en 1536, bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Aire. Poco tiempo duró este asentamiento acosado por el hambre, hasta el extremo de cometer actos de antropofagia. El padre Luis de Miranda, testigo de estos hechos, nos lo recuerda así: "Allegó la cosa a tanto/ que como en Jerusalén/ la carne de hombres también/ se comieron./ Las cosas que allí se vieron/ no se han visto en escritura/ comer la propia asadura/ de su hermano."

Las tribus indómitas incendiaron el incipiente poblado, siendo trasladados sus habitantes a Asunción del Paraguay. Años más tarde, en 1580, Juan de Garay, partiendo de Asunción, organizó una nueva expedición para "abrir las puertas a la tierra", fundando la ciudad de la Santísima Trinidad. Pero fue el nombre del puerto el que finalmente se impuso, reduciéndose sólo a Buenos Aires.

En sus comienzos, fue un mísero caserío, recostado sobre un río, el más ancho del mundo, del que no se puede ver la orilla opuesta, y al que llamaron de la Plata, aunque nada de plata había. A sus espaldas, la inmensidad de la pampa sin árboles, habitada por tribus de cazadores nómadas que nunca lograron reducir.

Grandes penurias pasaron sus primeros pobladores, pero la creencia en un fabuloso reino con palacios recubiertos de oro y calles de plata, la ciudad encantada de los Césares o la del Rey Blanco, impulsaba a estos hombres y a algunas osadas mujeres a soportar estoicamente las privaciones. El cerro de la plata existía, pero mucho más al norte, y ése fue Potosí, conquistado por los españoles que venían del Perú. Aún así era tan fuerte su ilusión, que ésta fue la causa por la cual el padre Martín del Barco Centenera denominó a esta regiones Argentina, del latín argentum, plata.

Su riqueza, sin embargo, no consistía en el oro y ni en la plata, sino en sus fértiles campos donde vacunos y equinos traídos por los españoles se reprodujeron en forma exponencial.

Tampoco contó con la ventaja de hallar altas culturas agrícolas, ni sociedades acostumbradas a la obediencia a una autoridad central, como ocurriera en México y Perú, donde rápidamente se suplantó esa autoridad por la española y se contó con abundante y dócil mano de obra indígena.

Los aborígenes de la pampa, en cambio, no pudieron ser dominados por los españoles, quienes se limitaron a establecer una línea de fortines en la frontera, en una táctica meramente defensiva y de contención. La dominación definitiva de las tribus y conquista de su territorio, lucha que duró tres siglos, fue una tarea realizada por los criollos. La frontera con el indio del sur se mantuvo sin variaciones hasta el río Salado, durante toda la época colonial.

Las tribus indígenas que hallaron los españoles de la conquista en el siglo XVI, fueron los pampas, nombre derivado de su habitat. Pobladores nómades de la llanura, eran de alta estatura, aunque no tanta como la de los patagones o tehuelches. Se dedicaban a la caza de venados, a pie, porque todavía no conocían el caballo. Utilizaban para ello el arco y la flecha, pero sobre todo las boleadoras.

Esta antigua población fue sustituida a principios del siglo XVIII por los indios araucanos procedentes de Chile, a quienes siguieron llamando pampas los vecinos de Buenos Aires, debido a que esta sustitución fue un proceso gradual imperceptible al principio.

Los araucanos argentinos, o aucas que significa indio alzado, abandonaron la vida sedentaria y agrícola que llevaban del otro lado de la cordillera, convirtiéndose en nómades que vivían de la caza, de la recolección y de la rapiña.

Aprendieron a domesticar el caballo, siendo jinetes extraordinarios. Su modo de subsistencia se centró en el aprovechamiento de este animal. Comían carne de yegua, usaban botas de potro, construían su vivienda, o toldos, con sus cueros. Sus armas eran la boleadora, llevada en la cintura, y la lanza de tacuara de varios metros de largo. Creían en un dios creador, y en un espíritu maligno o gualichu.

El caballo era entrenado con gran paciencia y pericia para que soportara las largas travesías durante las invasiones a los poblaciones cristianas llamadas malones. Todo caballo pampa podía hacer 30 leguas diarias cargado, era dócil, infatigable y veloz. La gran extensión de la frontera, guarnecida por tan pocos fuertes, hacía que fuera cruzada fácilmente por los indígenas de noche y sin ser vistos. Realizaban sorpresivos ataques a los poblados arriando el ganado y llevándose a las mujeres cautivas. La defensa pasiva hacía imposible que los españoles pudieran escarmentar definitivamente a su audaz enemigo.

A partir de la época independiente, a principios del siglo XIX, se tendió a considerar al indio como a un hermano, buscando atraerlos a la civilización por medios pacíficos. Las guerras por la emancipación relegaron a un segundo plano estos buenos propósitos, y la política reivindicatoria de los derechos del indio quedó sólo en los papeles.

En 1820 el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, buscó extender la línea de frontera más allá del río Salado, organizando una expedición a las sierras de Tandil donde fundó el Fuerte Independencia.

Pero su política, opuesta a la sustentada por las primeras autoridades criollas, se basó en el desprecio al indígena. Decía Martín Rodríguez en el Diario del Ejército: ..."nos guía el convencimiento de que la guerra con ellos debe llevarse hasta el exterminio...En la guerra se presenta el único remedio bajo el principio de desechar toda idea de urbanidad y considerarlos como enemigos que es preciso destruir y exterminar".

Uno de los más importantes estancieros de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, que poseía un profundo conocimiento de los indios, muchos de los cuales trabajaban en sus establecimientos, participó en esta expedición. Aconsejó que se buscara la alianza con las tribus amigas, los pampas (1), araucanos nacidos en la Pampa, para enfrentar a los ranqueles, pehuenches originarios del Neuquén, y los más belicosos. Sin embargo no fue escuchado por las autoridades, por lo cual se alejó de la expedición, que terminó en fracaso. Los indios arrasaron los campos incluidos los de Rosas.

Cuando accedió al poder este poderoso estanciero, cesaron en gran parte los malones. Esto se debió primero a la exitosa campaña que organizó hasta los ríos Colorado y Negro, a comienzos de la Patagonia, en la que puso en práctica por primera vez una táctica ofensiva, atacando a los indios en sus propias tolderías. En segundo lugar, mediante una política de pactos con las tribus amigas, consistente en la entrega de raciones, ganado, yerba, tabaco, aguardiente. Al respecto, el investigador Jorge Fernández C., sostiene: "Sólo un hombre existía en el Río de la Plata que, así sobre los indios como acerca de los territorios por ellos ocupados, había logrado acumular conocimientos precisos, ordenados y metódicos, ... siguiendo un método que, en su concepción general, se asemejaba al científico. Ese hombre era Juan Manuel de Rosas: con él los indios, como los lugares y la topografía de la Pampa, reciben un nombre identificatorio".

Alfredo Ebelot, un ingeniero francés que participó en campañas posteriores nos ha dejado una interesante opinión sobre la acción de Rosas contra los indios, la que consideró la más efectiva...."Juan Manuel de Rosas, quien con pocos elementos es en resumen, el que ha hecho más por la seguridad de la frontera. Su método no era sentimental, aseguraba a los indios que se sometían ventajas positivas, pero los obligaba a sangre y fuego a mantener sus promesas. Toda violación de los tratados era castigada con salvaje rigor. En las profundidades del desierto hay una laguna que los indios llaman aún la "Colorada", porque una tribu entera fue pasada allí a cuchillo. (...) Es evidente que si estas ejecuciones sumarias de la lúgubre época de Rosas estremecen de horror a los argentinos civilizados de nuestra época, el efecto que producían sobre los indios era totalmente opuesto. Don Juan Manuel de Rosas, como lo llamaban aún con respetuosa simpatía, ha seguido siendo para ellos el tipo perfecto de justiciero; no lo odian, lamentan su ausencia. "¡Ah, si don Juan pudiera volver!", hemos oído decir en los toldos, y jamás un deseo ha sido más sincero."

La campaña de Rosas ganó a los indios cerca de 3000 leguas cuadradas, rescatando miles de cautivos y de ganado. El problema de la frontera con el indio quedó por veinte años en relativa calma. Interrumpida por los ataques del cacique Baigorria, un cristiano, enemigo de Rosas, que se fue a vivir con los indios ranqueles del cacique Yanquetruz.

Cuando se produjo la caída de Rosas en 1852, los malones se reiniciaron con extraordinaria virulencia, retrocediendo la frontera a la del año 1828. Habiendo vencido el cacique Cipriano Catriel al propio General Mitre, más tarde presidente de la nación, obligándolo a refugiarse en Sierra Chica, y a huir de noche subrepticiamente y a pie hasta la localidad de Azul, porque le habían robado todos los caballos. Esto lo convenció de la conveniencia de pactar con los indios. Así fue como Catriel recibió un grado militar, tierras en Azul, y raciones convirtiéndose en su aliado y participando de su lado en las guerras civiles. Llegó a tener casa propia en el pueblo, cuenta en el banco y marca para su hacienda. Sin embargo, tuvo un triste fin, murió lanceado por sus propios congéneres, quedando el cacicazgo en manos de su hermano Juan José, que ambicionaba su puesto.

Desde tiempo atrás había llegado desde el otro lado de los Andes, Calfucurá, Piedra Azul, quien logró confederar a la mayoría de las tribus araucanas, en las Salinas Grandes. Lo llamaban el "Atila del Desierto". Los indios bajo su mando, arrasaron todas las poblaciones próximas a la frontera, defendida por una interminable línea de fortines de 2000 km. La vida de los soldados gauchos en esos lugares era muy dura, soportando terribles privaciones. La lucha con el indio era de igual a igual, y las pocas armas de fuego poco servían ante las lanzas de tacuara y las boleadoras manejadas con extraordinaria habilidad por esos audaces jinetes de la pampa. Las penurias de los gauchos enganchados muchas veces por la fuerza para cumplir el servicio en la frontera están relatadas en el poema épico que más identifica al pueblo argentino como lo es el Martín Fierro de José Hernández. En uno de sus cantos dice así: "¡Quién aguanta aquel infierno!/ Si eso es servir al gobierno/ a mí no me gusta el cómo." Y más adelante: "Aquello no era servicio/ ni defender la frontera:/ aquello era ratonera/ en que es más gato el más fuerte:/ era jugar a la suerte/ con una taba culera."

Pero en 1872, se produjo un episodio de vital importancia en la guerra contra el indio, la derrota de Calfucurá, el más poderoso de los caciques, que trataba con el gobierno de potencia a potencia. Luego de una arrasadora invasión a los departamentos del centro de la provincia de Buenos Aires, en la que había logrado reunir un botín de 150.000 cabezas de ganado, enfrentó a las fuerzas nacionales dirigidas por el General Igancio Rivas en la batalla de San Carlos, pero no pudo batirlas porque la tribu del cacique Catriel combatió junto a las fuerzas del gobierno. Poco tiempo después Calfucurá murió en su campamento de Salinas Grandes, a la edad de casi cien años, y el testamento político que dejó a su hijo Namuncurá fue: "no abandonar Carhué a los huincas.", la llave del desierto. Su muerte no significó la paralización de la ofensiva indígena, realizando hasta 200 invasiones por año, que mantenían en vilo a la República.

En esta época, el desierto estaba poblado por las siguientes tribus araucanas y ranqueles, rebeldes al gobierno: 1) La Confederación de Namuncurá, en las Salinas Grandes, 2) La tribu del cacique Pincén, que había pertenecido a la Confederación en tiempos de Calfucurá, en la zona de Trenque Lauquen y 3) Los ranqueles del cacique Mariano Rosas (2), más otras tribus sujetas a su autoridad, ubicados en Leuvucó. La tribu de Catriel era leal al gobierno.

Durante la presidencia de Avellaneda se decidió que había llegado el momento de poner fin a las continuas depredaciones de los indios. Existían poderosas razones para ello. De orden económico: era necesario incorporar nuevas tierras para la ganadería y agricultura en expansión. De orden político: los vecinos chilenos en tratos con los araucanos y ranqueles estaban prestos a disputarle a Argentina la posesión de esas tierras. Era imperioso ocuparlas. La finalización de la guerra del Paraguay, llamada de la Triple Alianza (Argentina, Brasil, Uruguay) dejó el ejército disponible para emprender esta tarea siempre postergada. El ministro de Guerra, Adolfo Alsina, fue el encargado de cumplir dicho objeto.

El plan que presentó, consistió en un avance de la frontera por líneas sucesivas, en una forma lenta y progresiva hasta alcanzar el río Negro. La nueva línea pasaba por Púan, Carhué, Guaminí, Trenque Lauquen, Ita -Ló. Con este avance se lograba reducir de 160 a 110 leguas la extensión de la frontera, y se les quitaba a los indios los puntos que utilizaban como aguadas en sus malones.

Cinco columnas del ejército debían partir hacia cada uno de estos puntos. Se agregó a cada columna un ingeniero que debía levantar una carta de la zona recorrida y parajes a ocupar. El telégrafo se iría construyendo a medida que se avanzaba. Otro elemento que contribuyó en la derrota del salvaje de las pampas fue la adopción del rémington, fusil a repetición de largo alcance, 80 metros. Un soldado con rémington valía por cinco indios.

Una vez alcanzado el objetivo señalado se debían construir potreros para la invernada de caballadas y ganado, fundar cinco pueblos en cada comandancia militar, y el zanjeo de todo su frente.

Esta construcción denominada la zanja de Alsina era un foso de 3 varas de boca, dos de profundidad, y media vara de ancho en la parte inferior. La tierra extraída de la excavación se amontonaba del lado interior sostenida por un paredón de césped para evitar que sea arrastrado por el agua o el viento. Esta obra fue trazada y dirigida por el ingeniero francés Alfredo Ebelot, ya nombrado, quien ha dejado valiosos testimonios sobre sus experiencias en la guerra del Desierto, aparecidos en la Revue des Deux Mondes de París, entre los años 1876 y 1880.

La zanja unía los fuertes y fortines que se fueron construyendo a lo largo de toda la línea, y tenía como misión impedir el paso de los invasores y principalmente del ganado robado. Se proyectó desde Fortín Cuatreros (Bahía Blanca) hasta la frontera sur de Córdoba (laguna La Amarga) Eran 610 km. de largo de los cuales se construyeron 374 km., especialmente en el tramo entre Carhué y Guaminí, sector normalmente elgido por los salvajes para invadir y regresar con su arreo.

Al desalojar a los indios de sus antiguas posesiones bien provistas de agua y pastos, se los alejaba de las poblaciones. Por ende tendrían que recorrer inmensas travesías para poder llegar a los campos poblados y sus caballos no resistirían el viaje de ida y vuelta. Si querían los indios forzar la zanja, los fortines que la vigilaban estaban prontos a repelerlos, y dar tiempo a organizar la reacción de los efectivos a retaguardia situados en la segunda línea de la frontera.

Muchas críticas recibió en su momento su construcción, quejándose los contemporáneos de su alto costo, que sólo protegía a Buenos Aires, y que tenía un carácter defensivo. Alsina respodía a los adversarios de la zanja que para operar sobre el enemigo convenía antes establecer una base, siendo posible organizar la ofensiva desde la primera línea con éxito más seguro al alejarse menos de la misma.

Un inconveniente surgió a último momento que retrasó el inicio del avance. Esto se debió a que el ministro Alsina había proyectado trasladar a la tribu de Catriel establecida en las cercanías de Azul, y leales al gobierno, alejándola más al sur, a la línea de la frontera, donde los indios debían prestar servicios de guardias nacionales. Una de las primeras tareas que tuvo Ebelot, y que relata en su libro, fue el trazado de un pueblo para esta tribu en el que se daba a cada integrante una parcela de tierra en propiedad. Sin embargo, considerando su traslado como un despojo de sus tierras se sublevaron apoyados por los caciques Namuncurá, Pincén y Baigorrita, decididos a cumplir el mandato de Calfucurá antes de morir: no abandonar Carhué a los huincas!. Reunieron una fuerza de 3500 indios, asolaron las poblaciones de Azul, Tandil, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear, abarcando una extensión de 300 leguas. Tan solo en Azul 400 vecinos fueron asesinados, y 500 cautivados. Ocurrió en 1875, y se la conoció como la "invasión grande", la mayor que se realizó nunca en el Desierto, haciendo en total un arreo que llegó a calcularse en 300.000 cabezas de ganado vacuno, yeguarizo y lanar. La represión del ejército nacional duró tres meses, librándose cinco combates, el último de los cuales en Paragüil el 8 de marzo de 1876, marcó el ocaso de Namuncurá.

Finalmente, las cinco divisiones del ejército avanzaron en abril de 1876. Tardaron dos años en construir la zanja, muralla china invertida, como la llamaban, y los 92 fortines y fuertes. Al respecto decía Ebelot: "Ese foso, que los partidarios de las viejas rutinas habrían tratado de volver ridículo, mostraba ahora lo que valía. Era él quien nos permitía dirigirnos animosamente a terminar con Catriel mientras les llegaba el turno a sus cofrades, los demás caciques. Era él quien nos lo entregaba. Sin él hubiera sido una imprudencia destacar 200 hombres de una frontera que en realidad no tenía 500 para guarnecer un frente de 20 leguas."

A partir de la ocupación de la nueva frontera ocurrieron sólo tres invasiones en Buenos Aires, que fueron reprimidas, recuperándose el ganado robado. Cada vez se hacía más riesgoso para los indios enfrentar a las tropas nacionales. Al no conseguir ganado, no podían hacer sus compras a los comerciantes chilenos. La miseria de los indios fue cada vez mayor, al perder los buenos campos de invernada y las aguadas. Alsina ordenó la ofensiva, organizando expediciones ligeras contra Catriel, Pincén y Namuncurá, en sus guaridas. El resultado final de la campaña no pudo apreciarlo el ministro Adolfo Alsina, pues murió a raíz de una penosa enfermedad, el 29 de diciembre de 1877. Había sido jefe del partido Autonomista, muchos de sus seguidores eran antiguos partidarios de Rosas. Era muy amado por la gente del pueblo, y de las orillas de la ciudad (orilleros). En su funeral, un viejo negro exclamó arrojando sobre su cuerpo su pañuelo: "¡Te doy todo lo que tengo, mis lágrimas!"

Los caciques vencidos fueron sometiéndose ante las autoridades fronterizas, obligados a convertirse en auxiliares del ejército en la lucha contra sus hermanos del desierto. La otra alternativa era replegarse al sur del río Negro a tierras más áridas e inhóspitas.

En el último capítulo de su obra, Ebelot narra la ofensiva sobre la tribu de Catriel, en los desolados parajes de Treycó, de la que participó. Su lectura nos permite revivir emocionantes episodios de esta lucha, contra un enemigo "el más osado, el más escurridizo y más perspicaz del mundo". "Era cosa de magia, nos dice, nadie los había visto venir. Poseen el arte de disimularse en los pliegues del terreno hasta el momento de estar sobre el enemigo y la velocidad de sus cabalgaduras se encarga del resto. Salen literalmente de bajo tierra."

Las descripciones del paisaje, esas llanuras iguales de horizontes chatos, imposible orientarse sin un baqueano, del puma o león, cuya carne le resultara insulsa, de los algarrobos, árboles no tan lindos como los de Europa, pero de durísima madera, de la lastimosa situación en que se encontraba la tribu debido al hambre, y a la viruela, de la hermosa cristiana enamorada perdidamente de su cacique que prefirió morir peleando antes que pactar con el gobierno. Todos estos relatos hacen de su libro un testimonio riquísimo para el que quiera recrear este pasado dramático.

El nuevo ministro de Guerra, el general Roca, quien no era partidario de la táctica de Alsina, planeó el avance hasta la confluencia de los ríos Negro y Neuquén en una táctica ofensiva. A él le cupo el sometimiento final de los caciques araucanos.

Sin embargo fueron los logros obtenidos por su antecesor los que le permitieron concluir en forma definitiva una lucha que había durado tres siglos. Con Alsina se logró extender la red telegráfica, uniendo las comandancias militares con Buenos Aires, el relevo topográfico de la Pampa, la fundación de cinco pueblos, ganándose 56.000 km2 de las más fértiles tierras aptas para la agricultura y ganadería. Hallándose derrotadas las principales tribus indígenas.

La campaña de Roca se llevó a cabo en una favorable situación externa, que alejaba del teatro de operaciones a Chile, comprometido en la guerra contra Perú y Bolivia en el Pacífico. Gracias a ella, la Argentina ocupó un vastísimo territorio de inmensa riqueza.

Alfredo Ebelot también participó de la misma, y en el prólogo de sus relatos nos confiesa: "El ambiente que voy describiendo, no lo he atravesado como un viajero que llega, echa miradas por todas partes, toma unos apuntes y se marcha. La existencia del desierto, la he sobrellevado. Le he cobrado cariño amoldándome a ella. Durante largos períodos, no sólo he vivido, sino que he pensado como un gaucho."

Como en toda guerra, hubo crueldades por ambas partes. Los pueblos nómades del desierto que establecieron como base de su economía el abigeato y la comercialización de hacienda robada, es decir al malón como instrumento de producción, finalmente sucumbieron ante el hombre blanco. Como sostiene el historiador Jorge Ferrero en un artículo de la revista Disenso: "La conquista del desierto era una necesidad histórica. Las tentativas de una acción civilizadora pacífica, en la que habían sacrificado sus vidas jesuitas y franciscanos en los siglos anteriores, habían fracasado porque no tenían en cuenta que los indios no sometidos aun estaban en otro estadio de la organización social. Se encontraban en una etapa pre-agraria,.... al nivel de cazadores-recolectores (incluyendo el robo de ganado como una novísima forma de caza) ....Contra esa naturaleza social de las tribus se estrellaron todos los esfuerzos por inculcarles formas más elevadas, que sólo podían ser producto de una larga evolución que la nación no podía esperar sin el peligro cierto de empobrecerse económicamente, perder la Patagonia a manos de Chile o ver surgir asomados a su frontera nuevos Estados bárbaros sometidos a la tutela imperialista. Esto último ya lo había intentado el francés Aurelio Antonio Tounens, alias "Orllie-Antoine I", rey de Araucaria y Patagonia, en 1860/70".

Notas:

(1) La antigua población pampa que habitara en la inmensa llanura del mismo nombre fue absorvida por tribus de estirpe araucana que llegaron de Chile a principios del siglo XVIII. Como fue un proceso gradual, apenas perceptible, se continuó llamando pampas a la población nueva.

(2) El cacique Mariano Rosas, era en realidad Pagithruz Guor, hijo del cacique Painé. Rosas lo había tenido cautivo en sus estancias varios años hasta que logró fugarse. Al bautizarlo le había dado su apellido y un nombre cristiano.

Bibliografía:

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(*) Profesora de Historia de la UBA, de la escuela de Antonio Pérez Amuchástegui.
El presente material se publica en Rebanadas por gentileza de Alberto Buela.