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OPINIÓN

La asunción de Néstor Kirchner, su bastón de mando, la Patagonia, el nombre Argentina y una vieja leyenda medioeval

Por Fernando Del Corro

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 29/05/03.- Cuando días atrás el primer presidente patagónico de Argentina, Néstor Kirchner, asumió la presidencia del país, su acto de asunción estuvo plagado de reminiscencias legendarias comenzando porque comenzó por tomar el bastón de mando de manos de su antecesor, Eduardo Duhalde, una vez que éste se desprendió de él, de la manera correcta, con la parte roma hacia abajo, como lo hacían con sus atributos los viejos dioses olímpicos.

Según se simbolizaba en Poseidón, deidad del mar; Urano, del cielo; Hades, del subsuelo, y otros se debía apuntar (o sea direccionar la punta) hacia arriba, del mismo modo que lo hicieron con sus lábaros los emperadores del bajo Imperio Romano, lo que se trasladó a Bizancio y más tarde a Rusia, la última pretensión de adir el mundo clásico, donde los zares para sancionar sus úkases golpeaban el piso con dicho bastón en la posición indicada.

Tal vez Kirchner lo haya hecho sin saberlo aunque su nombre, Néstor, el consejero, nos fue legado por Homero en "La Illiada", como el del viejo rey de Pilos, que tras sus múltiples hazañas juveniles, en su madurez se convirtió en el más respetados por su sabiduría entre los jefes militares griegos en la Guerra de Troya, de suerte que se le pedía opinión antes de adoptar decisiones trascendentes.

Pero la cuestión del nuevo bastón presidencial de los argentinos en sus simbolismos va mucho más allá, a partir de su propia elaboración por el orfebre Juan Carlos Pallarols quien en lugar de oro utilizó plata porque, como explicó, correctamente, Argentina deriva de "argentum", que en latín significa plata. Y, además, le agregó en su interior, tierra patagónica, todo lo cual nos lleva a una leyenda nacida en la Alta Edad Media, y aunque las leyendas en la concepción actual es algo de dudosa credibilidad, su etimología, a partir del verbo latino "legere", indica que son cosas para ser leídas.

La leyenda del "bastón de mando", cuyo origen se pierde en el tiempo (al parecer hace unos 8.000 años) fue llevada al papel escrito en el Siglo XII, más precisamente en 1140 por el bardo francés Chretien de Troyes ("Parsifal o la historia del Santo Grial") y luego por Robert de Boron y en el poema anónimo "Perlesvous o el alto libro del Graal". Pero la versión que finalmente se impuso, y que nos trae a Argentina, fue la que dejó el trovador alemán Wolfram Eschembach ("Vida y milagros de Parsifal"), redactada entre 1150 y 1170.

El "bastón de mando", en las antiguas culturas de Afganistán, India, Nepal, Persia y el Tibet, era considerado como "la piedra de la sabiduría". En el se concentraba todo el conocimiento posible, a través suyo era posible penetrar en la esencia divina, el gran objetivo incumplido del gran matemático inglés Isaac Newton, quién poco antes de morir se consideró un quasi fracasado, a pesar de sus hazañas intelectuales como la elaboración del cálculo diferencial, por no haber llegado a esa sabiduría absoluta, como nos cuenta su gran biógrafo, el más notable economista del Siglo XX, su connacional John Maynard Keynes.

¿Cómo nos relaciona Eschembach con la historia del "bastón de mando" legendario y el que ahora posee en sus manos el presidente argentino?. Veamos uno de sus párrafos: "En que lejana cordillera podrá encontrar a la escondida piedra de la sabiduría ancestral que mencionan los versos de los veinte ancianos, de la isla Blanca y de la estrella Polar. Sobre la montaña del Sol con su triángulo de luz surge la presencia negra del Bastón Austral, en la Armónica antigua que en el Sur está. Solo Parsifal, el ángel, por los mares irá con los tres caballeros del número impar, en la Nave Sagrada y con el Vaso del Santo Grial, por el Atlántico Océano un largo viaje realizará hasta las puertas secretas de un silencioso país que Argentum se llama y siempre será".

Seguramente demasiadas coincidencias. ¿Cómo se podía hablar en Europa en el Siglo XII de un país llamado Argentina del otro lado de Océano Atlántico?. Oficialmente hasta entonces solo se sabía de América por los viajes de los vikingos un par de siglos antes pero por las costas del hemisferio norte. Hoy existe una teoría elaborada por los que siguen las tradiciones de los Caballeros Templarios según las cuales aquellos recorrieron estas tierras desde tiempos muy remotos por lo que atribuyen sus fabulosas riquezas a plata llevada desde las minas hoy bolivianas de Potosí.

El bardo alemán nos habla claramente de un presunto viaje de Parsifal (en sánscrito "el hombre de Persia"), uno de los caballeros de la famosa "mesa redonda" del rey Arturo Pendragón, de Cornualles, en el sur de Inglaterra, quién murió durante una batalla en el año 539. Por si hubiera dudas sobre otro Parsifal de menciona la Isla Blanca, en realidad la Isla de Avalón, el imaginario país de las hadas en el medioevo, y hoy identificada con una zona en la que siglos después se hallaron las tumbas de Arturo y su esposa Ginebra. Además habla de la estrella Polar, dentro de la que se encuentra la Osa y, Arturo, precisamente, en griego, significa "Guardián del Oso".

Esto nos sitúa, entonces, en la primera mitad del Siglo VI, reflejada de Godofredo de Monmouth (1136) en la "Historia de los reyes de Britania". Por lo tanto mucho antes de que los vikingos comandados por Eric, "El Rojo", y luego por su hijo Leiv Eriksen, "El Afortunado", reconocieran parte de América del Norte y fundaran las primeras ciudades europeas en este continente. ¿Era posible que se conociera el país Argentum?. Solo la versión templaria, que en Argentina tiene un gran sostenedor en la Fundación Delphos que dirige el ingeniero Fernando Fluguerto Martí, dice que sí.

Para ello se basa, entre otros argumentos, en su hallazgo patagónico, y otra relación con el bastón presidencial, en su hallazgo, en el Golfo San Matías, de un fuerte que por sus características -asegura- fue realizado por los templarios. Un fuerte que en su momento, recuerda Fluguerto, había sido buscado por Juan de Garay, que al parecer había escuchado la leyenda de los templarios en Paraguay, y luego por su pariente Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias).

La leyenda germana habla de la llegada de Parsifal a tierras de la Patagonia, a una zona donde los barcos quedan en tierra por momentos (San Matías es una zona de mareas de gran magnitud) y luego de un viaje que lo llevo hasta Viarava (aparentemente el cerro Uritorco) donde enterró el "bastón de mando" y el "Santo Grial" (el vaso donde José de Arimatea juntó la sangre de Jesús de Nazareth cuando este fue herido por un lanzazo del romano Longino).

Tanta importancia se asignó a esa saga en Alemania que en tiempos ya contemporáneos hubo ocho expediciones para investigar sobre el terreno, la última en 1986. Una de ellas fue enviada por el propio Adolph Hitler, que como es sabido había restablecido en su país el culto a los viejos dioses nórdicos. Importante fue la que en 1948 dirigió el arqueólogo Georg von Hauenschild, quién revisó la pieza encontrada en 1934, en el Uritorco, por Ofelio Ulises Herrera, un místico campesino cordobés que había pasado varios años en el Tibet, y que creyó encontrar el "bastón de mando" (junto con otras piezas) traído por el mítico Parsifal inspirador de la ópera homónima de Richard Wagner.

Von Hauenschild dio credulidad a la historia del responsable del hallazgo al dar a la pieza una antigüedad de unos 8.000 años, sobre todo por las características de su tallado, pero Fluguerto no coincide con él y la considera un elemento de carácter meteórico. Este bastón, escondido hoy celosamente, tiene aproximadamente 1,10 metros de largo, unos seis o siete centímetros en su parte más ancha y posee forma cónica.

Entre los buscadores del "bastón de mando" también estuvo hacia 1830 un jefe araucano que hizo revisar varias sierras del país en Buenos Aires, Córdoba y San Luis, por haber escuchado la leyenda de Parsifal que tiene un correlato en otra de los viejos indios comechingones (los únicos americanos nativos altos, de barba y ojos claros, lo que para los templarios constituye una prueba del mestizaje con germanos) que habla de la llegada de un hombre blanco proveniente de tierras lejanas, muerto en la Montaña Sagrada y convertido en eterno guardián de la piedra de la sabiduría.

Sabido es que el nombre de Argentina para nuestro país fue tomado del poema "Argentina y conquista del Río de la Plata, con otros acontecimientos de los Reynos del Perú y Estado del Brasil", del clérigo español Martín del Barco Centenera, editado en Lisboa en 1602. Pero cabe preguntarse de donde sacó el cura logroñés esa denominación. Una lógica respuesta apelando al "poco común sentido común" del que hablaba Federico Engels, es que Del Barco Centenera conocía la leyenda de Parsifal, su viaje al sur a través del Océano Atlántico y del país Argentum.

Para los seguidores de la tradición templaria el escriba del poema sabía de la explotación platífera desde el alto medioevo en Potosí por la Orden Sagrada de los Caballeros del Templo de Jerusalén, la que había llegado al hoy Río de la Plata por donde, al decir de esa versión, pasaban los drakares cargados en el actual Paraguay camino de Europa. De ahí el nombre del primero denominado Mar Dulce por Juan Díaz de Solís y de la denominación de Argentina para el territorio. Claro que bien los aborígenes de esta zona podían saber de la plata boliviana vía la transmisión oral, del mismo modo que conocían la leyenda de "El Dorado", llegada desde mucho más lejos, desde Colombia, surgida de una ceremonia ritual anual entre los jefes lugareños de Tunja y Bogotá.

Sea como sea, por la circunstancia de que Del Barco Centenera se haya basado en Eschembach, en una transmisión oral aborigen o en la hipotética existencia de un tráfico prehispánico de metal altoperuano hacia el Viejo Continente, lo cierto es que el nuevo "bastón de mando", en cuya elaboración participaron unos 30.000 argentinos, y que debiera ser una fuente de inspiración para el jefe del Estado, tiene connotaciones legendarias, lo supiera o no Pollarols al encarar su construcción, como que en su interior lleva tierra patagónica (lugar de llegada del viaje de Parsifal) y está hecho en urunday, una madera autóctona, y en argentum, que mucho más allá de que lo escribiera el poeta español, fue el mítico país en el que Parsifal depositó la suma de la sabiduría, la que inútilmente buscaron en la también mítica "piedra filosofal" los alquimistas medioevales o, más recientemente Newton, como nos los relató Keynes.

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