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OPINIÓN

Fútbol: los sudamericanos de las patadas voladoras

Por Fernando Del Corro

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 05/12/03.- Si de escándalos y batallas campales se trata, con patadas voladoras incluidas, lo sucedido en el reciente partido en San Pablo entre el equipo brasileño homónimo y el de River Plate, a la distancia de casi 45 años hizo acordar, a los que asistimos en aquella ocasión, a una auténtica guerra entre dos equipos, tal vez la mayor de un torneo internacional, con jugadores sangrantes y dientes rotos.

Fue la noche del 26 de marzo de 1959 en el estadio del mismo River Plate, acá en Núñez. Jugaban Brasil y Uruguay. Era el partido número quince del Campeonato Sudamericano en el que, finalmente, se impuso Argentina que venía del colapso del Mundial de Suecia de 1958 que había ganado el mismo Brasil. Arbitraba el réferi chileno Carlos Robles.

En la cancha pululaban los notables. Brasil formó con Castilho; el mítico Djalma Santos, Haroldo Bellini, el luego boquense Orlando y Coronel en el fondo; Didi y Formiga, en la mitad de la cancha; y Garrincha, Almir, Pelé y Chinesinho en el ataque. Luego entraron también otro mítico, Gilmar dos Santos en el arco por Castilho, Dorval por Garrincha y Paulo Valentin, también luego nueve de Boca, por el marcador lateral Coronel.

Fue precisamente el gran día de Paulo Valentín que con los tres goles con los que Brasil venció por tres a uno (para Uruguay convirtió Escalada) tomó la titularidad como centrodelantero de la selección brasileña y convenció a la dirigencia boquense de que debía adquirirlo para el club de la ribera.

Para Uruguay lo hicieron Leiva, que también luego jugó en Argentina; Walter Davoine, que en 1962 integró el gran "lobo" platense, el legendario William Martínez, Alcides Vicente Silveira más tarde en Independiente y Mesías; Demarco, Néstor Goncálvez y Vladas Douksas, otro de Independiente, en el medio; y Borges, el "Pepe" Sasía y el negro Escalada, que también pasó por Gimnasia y Esgrima La Plata, adelante. Después entraron, a la hora de las expulsiones, el lateral derecho Roque Fernández, ex Estudiantes de La Plata, por Borges, y Aguilera por Escalada.

Si se observa que anoche hubo tres expulsados de cada lado y entonces sólo dos: Orlando y Almir en Brasil y Davoine y Goncálvez en Uruguay, pareciera que la cosa no fue tanta. Sin embargo fue una auténtica batalla. Durante varios minutos los jugadores que estaban en la cancha, los suplentes y hasta los asistentes de ambos equipos se batieron en toda la cancha. Estaba en juego la vendetta de la victoria oriental en el Mundial de 1950 en el Maracaná.

Pelé le pegó una patada voladora a William Martínez y con los tapones dejó la cara del zaguero de Penarlo cubierta de sangre; algún brasileño fue a parar al foso lanzado por un uruguayo; el gordo aguatero de Brasil, otro personaje de décadas en la selección de su país, una suerte de Batterbean negro, repartía de lo mejor; el grandote Goncálvez era imparable; el arquero Castilho estaba tan loco que pretendía seguirla hasta cuando muchos minutos después el escándalo se había parado y fue necesario reemplazarlo por Gilmar. William Martínez, como un héroe antiguo, terminó el encuentro con un vendaje blanco que le cubría la cabeza.

Seguramente entre los 70.000 asistentes que vimos el partido en la cancha de River, que para ese torneo había dejado de ser "herradura de Núñez" porque se había construido especialmente la tribuna de la cabecera que da al río, nunca olvidaremos aquella lucha enconada donde no había pacificadores sino solo guerreros; algo, también seguramente, de una dimensión irrepetible.

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