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OPINIÓN

El fuego olímpico: de la cañaheja de Prometeo a la moderna protección de nuestros tiempos

Por Fernando Del Corro (*)

Rebanadas de Realidad - Portal Mercosurnoticias, Buenos Aires, 11/04/08.- La Antorcha Olímpica fue paseada hoy por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) como parte de su recorrido hacia Beijing, la próxima sede e los Juegos Olímpicos modernos, cuando dentro de casi cuatro meses concluya la actual Olimpíada, o sea el período de cuatro años entre juego y juego. Y esa moderna antorcha, que hasta pudo ser trasladada bajo el agua por buceadores en los Juegos del 2000, trae a la memoria aquella cañaheja (fécula communis) del Mediterráneo con la cual el gran titán Prometeo (en griego el que primero piensa, el previsor, el reflexivo) entregó a los hombres para siempre el uso del fuego, lo cual les había sido quitado por el supremo Zeus.

El fuego es la vida misma. Sin el fuego eterno del propio Sol no existiría la vida. Con el aire, la tierra y el agua, el fuego constituye uno de los cuatro elementos básicos que reconocieron muchas culturas antiguas, especialmente la helénica, en la que Empédocles de Agrigento los definió como "las cuatro raíces". Sin ellos nada es posible. Por eso el fuego era atesorado en el monte Olimpia y cuidado por los propios dioses.

Pero como eran los días de la "edad de Oro", en la que no existían las mujeres pero sí diosas, y los hombres (que aparecían en todo su esplendor veinteañero y que así se mantenían durante algunos siglos sin envejecer hasta que un buen día desaparecían) convivían con los dioses, aquellos compartían con éstos casi todo. Eran dioses falibles, como que tenían pasiones, se equivocaban y hasta podían ser engañados. Como decía Jenófanes de Colofón, habían sido creados por los hombres a nuestra imagen y semejanza.

Según nos contó Hesíodo de Ascra en dos de sus libros ("La teogonía" y "Los trabajaos y los días") la historia de cómo llegó el fuego definitivamente a poder de los hombres constituyó el segundo de los engaños del titán Prometeo a Zeus y, de algún modo, el origen de la venganza de éste creando a las mujeres para mal del género humano, con algunas ventajas por todos conocidas, pero con todo lo inherente a una vida azarosa que incluye desde una existencia más breve, hasta las enfermedades y las múltiples necesidades insatisfechas, además de la obligación de trabajar para ganarse la vida. Como se recordará, la primera mujer, Pandora, llegó acompañada por una caja en la que Zeus depositó todos los males que en el futuro acompañarían a los hombres, incluyendo la esperanza que desestimula la acción.

La historia del fuego comenzó con que un buen día se carneó un buey. Había discusiones sobre que parte era para cada quien. Entonces se llamó como árbitro a Prometeo "el astuto" quién con su sabiduría sabría como resolver el intríngulis. Fue así que, el protector de los hombres, optó por separar los huesos y demás partes poco apetecibles y las preparó con una gran presentación y tomó las mejores carnes y las puso de una manera hasta desagradable. Luego llamó a Zeus y le pidió que eligiese la parte de los dioses. Entonces el rey del Olimpo se llevó lo más simpático a los ojos y quedó lo mejor para los hombres. Desde entonces en los sacrificios siempre se ofertó a las divinidades los desperdicios de las reses y los hombres se comían la carne.

Advertido Zeus de la engañifa, prohibió el uso del fuego a los hombres, con lo cual éstos debían engullir cruda la carne. Pero Prometeo no iba a dejar abandonados a los hombres, así que decidió devolverles el fuego, y ahí entra a jugar la similitud con la nueva Antorcha Olímpica. El titán subió al Monte Olimpo, donde ardía la llama sagrada de los dioses y donde en los tiempos modernos se prende la antorcha para los Juegos, incorrectamente llamados olimpíadas (una olimpiada es un período e tiempo de cuatro años entre juego y juego) y su inteligencia lo ayudó, una vez más, a resolver el problema.

Contó Hesíodo, en sus trabajos mitológicos, que el titán tomó una rama de una planta que puede mantener el fuego en su interior algún tiempo. Entonces le introdujo una brasa y salió tranquilamente del monte de los dioses y se volvió con los hombres, a los que nos entregó para siempre el fuego. Cuando leí esto hace tantísimos años pensé que esa planta también era parte de la leyenda, hasta que, décadas más tarde, Internet de por medio, la busqué y me encontré con la cañaheja, científicamente latinizada como fécula communis, que crece, precisamente, en Grecia y algunas áreas aledañas del Mediterráneo en el Asia Menor.

Hay una mala historia que dice que Prometeo fue castigado por Zeus siendo atado a una roca donde un águila iba todos los días y le comía el hígado, y que él, como inmortal, al día siguiente estaba otra vez con su hígado que era nuevamente comido, y así por la eternidad. Una mala versión que implica que el hombre no puede resistirse a los poderosos. Sin embargo esa enseñanza que predomina en las escuelas es falsa. Algunos dioses, y sobre todo diosas, estaban de su lado, y así el poderoso Heracles, un buen día, con su flecha mató el águila y liberó a Prometeo y Zeus debió tragarse el sapo, como decimos en estos tiempos.

Hoy, ante la gran difusión del paso por la CABA de la Antorcha Olímpica protegida, me acordé de su traslado submarino y del mítico protector de los hombres y su rama de cañaheja. Una máxima de los antiguos romanos era "Historia magistra vitae est".

(*) Periodista, historiador, docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.