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OPINIÓN - ARGENTINA
Alfonsín y una historia de anteojos
Por Fernando Del Corro (*)

Rebanadas de Realidad - Portal Mercosurnoticias, Buenos Aires, 01/04/09.- Nunca fui radical ni tuve que ver con el gobierno del ahora fallecido ex presidente Raúl Ricardo Alfonsín. Cuestioné durante su mandato su política económica severamente y lo sigo haciendo con mis alumnos en la universidad. El mismo día en que se anunció el “Plan Austral”, en junio de 1985, escribí una extensa nota en la agencia “Noticias Argentinas” señalando las razones por las que consideraba que eso iba a terminar en un fracaso. Un par de días después la reprodujo el diario “Tiempo Argentino” donde ocupó una página entera. Mis pronósticos, lamentablemente, se cumplieron por las causas allí expuestas. Eso no interrumpió nuestras buenas relaciones personales aunque sí con muchos de sus funcionarios de los que se exceptuó un caballero como Adolfo Canitrot, el viceministro de Economía, con quién solía tomar café todas las tardes en el Palacio de Hacienda y me adelantaba todas las novedades.

Pasó algún tiempo y el “Plan Austral” ya hacía agua. Alfonsín cruzó la calle que separa la Casa de Gobierno del Palacio de Hacienda y fue a respaldar a su ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille. Todo un simbolismo inédito. El entonces presidente subió por el ascensor privado del ministro y salió en el quinto piso donde estaba la oficina de Sourrouille. Apenas el ascensorista abrió la puerta y apareció hizo una recorrida visual. Los esperaban los funcionarios del Ministerio de Economía y una buena cantidad de periodistas; yo uno de ellos.

Insólitamente Alfonsín se dirigió hacia mí, me abrazó y me preguntó por sus anteojos. Luego tomó mis manos entre las suyas y me preguntó por “la patrona” (mi ex esposa). Luego, ante la perplejidad general, fue hacia Sourrouille. Al día siguiente los diarios sacaron recuadritos con la anécdota. En el diario “La Razón”, donde también trabajaba por entonces, y en el que mi línea no era bien vista, se olvidaron de cuestionarme.

También al día siguiente reunión convocó a una breve charla a un grupo de periodistas que cubríamos la información ministerial. Sourrouille, que a veces me hacía comentarios sobre historia económica, esa vez se dirigió a mí para hacerme la chanza de que era un ladrón de anteojos. En privado le había preguntado a Alfonsín que era eso de los anteojos y éste le había dicho que yo me había quedado con unos anteojos suyos, y era verdad.

Siendo opositor dentro del radicalismo a Ricardo Balbín, que tenía buenas relaciones con el poder militar, me veía a menudo con Alfonsín. En una ocasión hasta fui intermediario para que firmase un documento sobre derechos humanos cuando los promotores del mismo no podían dar con él, ni tampoco Antonio César Morere, un periodista que trabajaba en “Crónica” y en la agencia “NA” y que también colaboraba en difundir ese tipo de informaciones al amparo de ese gran periodista que dirigía la agencia, Horacio Tato.

Un día Alfonsín viajó a Europa y llevó una lista de amigos periodistas para que le hiciesen entrevistas en el Viejo Mundo. Con uno de ellos, en Alemania, se olvidó un par de anteojos. El que se quedó con ellos me los hizo llegar a través de otro periodista, Alfredo Becerra. Le avisé a Alfonsín y un mediodía me pasó a buscar por NA y nos fuimos a almorzar a mi casa de entonces, en Caballito, en el ómnibus 132. Le di los anteojos y almorzamos. Cuando se fue los lentes, tipo lapicero, quedaron sobre la mesa. Era un hecho que me tenía que quedar con ellos.

Varias veces quedé en llevárselos, pero pasó el tiempo y no lo hice. El fue electo presidente y entonces decidí que los anteojos se quedaran entre mis recuerdos y así fue. En esas condiciones es que lo comentó en el Palacio de Hacienda como me hizo acordar hoy otro periodista, Alfredo Gojman, testigo del hecho, que me hizo una entrevista radial.

Alfonsín dejó de ser presidente y yo pasé a estar al frente de un diario en la Provincia del Chaco. Corría 1991 y él hizo una visita partidaria. Cenamos juntos en Resistencia en el acto con sus correligionarios. Nos tocó la misma mesa y hablamos de los anteojos. Le dije que no tenía un elemento probatorio de que eran suyos. En una tarje de las invitaciones al acto escribió su certificación y la firmó. Ahora ya el museo personal tenía más solidez. Años después, los anteojos y la certificación se fueron con “la patrona”.

(*) Periodista, historiador graduado en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la UBA en “Historia Económica Argentina” y subdirector de la carrera de “Periodismo económico” y colaborador de la cátedra de grado y de la maestría en “Deuda Externa”, de la Facultad de Derecho de la UBA. De la redacción de MERCOSUR Noticias.