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La aventura del hambre

Ya que no les quitamos el hambre, no les robemos por lo menos su derecho a la aventura
Por Rafael Fernando Navarro

Rebanadas de Realidad - España, 01/06/06.- África está ahí. Como dolor, como hambre, como marginación. Ojalá estuviera también como conciencia. Porque la mayor parte de países africanos han sido colonias europeas. Y como colonizadores hemos sabido extraer el jugo de sus riquezas para abastecer nuestros mercados y aumentar nuestro bienestar. Los fuimos dejando en las aceras del mundo y nosotros seguimos nuestro camino con la altanería de quien siente una billetera en el bolsillo.

Repoblada de sida, ahogados sus mercados por las exigencias capitalistas del primer mundo, sin más medicación que sus hierbas ancestrales, sin más agua que la que producen sus frutas, África es el grito de la miseria. Y molesta. A los ricos siempre les estorban los pobres porque hasta son incapaces de comprender cómo se puede ser pobre en un mundo de abundancia. Y culpamos a sus dirigentes, y con razón, por que son sátrapas sanguinarios que nutren sus cuentas en paraísos fiscales. Pero el primer mundo ayuda a esos sátrapas con los beneficios que le reporta la venta de armas para que se maten entre ellos.

Canarias está recibiendo un aluvión de inmigrantes, derivados frecuentemente hacia la península sin más objetivo final que el abandono y la persecución por irregulares. Y pide el Gobierno canario que la Armada española blinde las aguas de las islas como garantía de tranquilidad. Pero esta presencia de la Armada sólo puede cumplir dos papeles: ayudar a los que se acercan a llegar a las islas o destruirlos a cañonazos como propuso en su día Berlusconi. Que nadie diga que se trata de una presencia disuasoria porque el hambre y la miseria encontrarán caminos vírgenes entre las olas.

Europa está dispuesta a admitir a los que ella necesita para que engrosen su mercado laboral y produzcan riqueza. Pero se desentiende descaradamente de los más pobres. A esos sólo les deja el derecho a la muerte como salida final del abandono.

No valen muros sofisticados, ni fronteras prefabricadas. El dolor es una pértiga infinita que permite saltarlas. El absolutamente pobre no tiene nada que perder excepto la vida. Y ésta le vale para tan poco que merece arriesgarse por un pedazo de pan. Mientras los ricos hacen las guerras, tal vez los pobres consigan hacer la revolución. Nos sobran aquellas porque nos falta ésta

Los poderosos proponemos un inmigración "legal" Los papeles son más importantes que la humanidad que está detrás. En nuestro estado de libertad, a veces conseguido con tremendos sacrificios, no comprendemos que el hombre no es para la ley, sino que la ley debe estar al servicio del hombre. Y cuando hemos aplaudido la caída del muro de Berlín y nos mostramos orgullosos de ello, henos inventado nuevos muros entre EE.UU. y Méjico, entre Israel y Palestina o entre el sur de España y el norte de África. Se trata literalmente de matar el hambre, pero sin que nos quede en las manos el temblor de los asesinos ni en la conciencia el escalofrío de los cementerios. Nos defendemos con la legalidad y ella incluye la muerte. Lo importante es que los cadáveres caigan del otro lado de la valla.

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