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Bienvenido, Santidad

Por Rafael Fernando Navarro

Rebanadas de Realidad - España, 05/07/06.- Era Usted Joseph Ratzinger. La fumata le nombró Benedicto. Una esquizofrenia blanca se extendió sobre la Plaza de San Pedro. Lo anunció el Cardenal Camarlengo: "Reinará" con el nombre de Benedicto XVI.

Llega a una Valencia abierta. El mar se pone una esclavina de espuma y el viento lleva solideo de brisa virgen. Bienvenido, Santidad. Le saluda Juan Carlos Rey, Sofía Reina y el Presidente de un gobierno no confesional. El episcopado se postra a sus pies con una obediencia medieval. Y más lejos, por motivos de seguridad, está el pueblo trajeado de Tucci y Purificación García.

Cuando Su Santidad empezó a llamarse como nunca se había llamado, yo escribí un artículo pidiéndole humildemente varias cosas.

Yo le pedía al nuevo Papa que abandonara los añadidos acumulados por inercia secular, y asumiera con todas sus consecuencias el título de "experto en humanidad". Encabezando la búsqueda de la verdad, con el cansancio y la humildad que ello significa, y no con la certeza de poseerla de antemano. Consciente de que la verdad, como la utopía, contiene lo hermosamente prematuro, lo bellamente inalcanzable. Denunciando la injusticia en el mundo como el pecado fundamental por la falta de amor que entraña. Afrontando un cristianismo liberador y transformador de la realidad como signo de resurrección humana. Un cristianismo interpelado por el hambre, el sida, la opresión del poderoso, la sed física, el estómago que grita su angustia. Esta es la auténtica teología de la liberación, cuya terminología constituye en sí misma un pleonasmo. Porque la teología o es liberación o se convierte en opio anestesiante. Y hay que tener la valentía de admitir que con demasiada frecuencia se ha repartido opio, evitando conscientemente el esfuerzo de roturar caminos.

Yo le pedía al nuevo Papa que asumiera, con todas las implicaciones que ello encarna, el VALOR MUJER. No como ayuda de, como sostén de, como apoyo de, como brazo de, sino la MUJER COMO MUJER Y EN CUANTO MUJER. Los humanos estamos en el mundo a través de nuestro cuerpo. La percepción exclusiva de ese mundo a través del varón mutila la realidad. Juan Pablo II pidió perdón, menos veces de las necesarias, por algunos pecados cometidos en el pasado. Tal vez el primer arrepentimiento del nuevo Papa debía consistir en pedir perdón a la mujer por su decidida condena al ostracismo, por exhibirla como representación del pecado, por reducirla a una sexualidad pasiva pero excitante que encarna el mal, y por haberle negado casi la existencia. Hay holocaustos sangrientos que deben ser abolidos y sobre los que la Iglesia tiene que llorar arrepentida. Sería elegante un ramo de rosas sobre tanta mujer sacrificada.

Le pedía al nuevo Papa que no obstaculizara doctrinalmente las investigaciones biogenéticas. La dignidad humana radica precisamente en eso: en aumentar en humanidad, en su progresividad theilardiana, en su marcha evolutiva por caminos abiertos. La ciencia es también verdad amorosa, parida con dolor y proyectada hacia una maduración siempre provisional. La ciencia es luz enamorada de toda la claridad que brota en otros ventanales de la vida. Sólo la luz, venga de donde venga, puede sustentar el futuro con garantías de identidad. El auténtico tradicionalista, decía Ortega, es el que mira al pasado en su auténtica categoría de pasado. Hay que distinguir de una vez por todas pasado e historia. La historia es un vientre fecundo. El pasado es un lastre. La historia se sigue pariendo con dolor, impregnándola de madrugadas azules hacia su plenitud última. El pasado sin más, es el meconio que todo lo mancha. El hombre se soporta y se hace al mismo tiempo en una dialéctica creadora. Es la visión de lo humano que tiene Laín Entralgo como poesía y pasión. La confrontación siempre encarna lucha. Sólo el abrazo es fértil. Sin miedos, sin vértigos. Apostando con la decisión de quien se sabe acompañado en la tarea.

El descubrimiento del pobre, de la mujer, de la capacidad científica. De los pobres porque de ellos es la revolución del mundo. De la mujer porque entonces empezaremos a percibir la realidad como plenitud. De la ciencia como apuesta por lo humano y humanizante.

En España, Santidad, se está bien. Siéntese al sol cálido de Valencia y contemple la marea de cadáveres africanos dormidos para siempre entre las olas. Escuche a la mujer, a la ciencia, a los homosexuales, a los teólogos de la liberación. No los condene, y menos en nombre de Jesús. Escuche en el silencio la voz de los sin voz. El Dios que es amor plantó su tienda de campaña entre nosotros. A lo mejor lo encuentra entre los naranjos como prójimo del azahar y la espuma

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