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El pesquero que fue prójimo

Por Rafael Fernando Navarro

Rebanadas de Realidad - España, 18/08/06.- Llevan olas en las manos y una colección de vientos en la sangre. Redes siempre arregladas para que admire la luna la artesanía del aire. Sobre la popa los hombres. Rumiando soledades espesas y mujeres acunadas en los sótanos del alma. ¿Cómo estarán los hijos? A lo mejor en la escuela, pintando mares futuros. Y las novias, con su fidelidad atada a la cintura, esperando abiertas el barco del regreso.

Pesquero. Barco pesquero que no va a ninguna parte. Que sólo quiere estar de vuelta. Porque en la vuelta están ellos y ellas varados en la alegría del reencuentro. Pero hay que navegar, soledades aparte, añoranzas aparte, desgarros aparte. En el mar están los trigales dorados de los atunes y hay que segar el pan de los peces marineros. Bancos de plata para pagar los banco de oro de los botines y los gonzález, de los santanderes y los bilbaos que usurparon el pesquero para siempre. Marisco sudado para estómagos perfumados de hipotecas vitalicias. Pesquero. Barco pesquero que no va a ninguna parte, sólo abriendo camino para los yates de la usura. Y si los atunes no han echado raíces y no hay cosecha de trigos en las olas, pues habrá que arrimarse al hambre y esperar junto a la miseria para pagar la letra de miserable de intereses.

De golpe, la patera. Fletada por el abandono y el olvido de los ricos. Con un puñado de ilusiones cayéndose por la borda. Hombres más pobres que los pobres. Con el hambre colgada. Con el desarraigo colgado. Colgada la desesperación. Hay que llegar a la patera e izar la bandera de la ruina para que alguien la vea. Para que alguien comprenda. Para que alguien sea prójimo. Y ahora nadie los quiere. Estorban los pobres. Para qué quiere Europa pobres. Ella sabe cómo fabricarlos sin necesidad de importarlos. Europa la cristiana, la de los valores de occidente, la de la cultura guardada en museos, monopolizadora de civilizaciones, evangelizadora del amor, la que se acostó con América y Africa hasta dejarlas preñadas de miseria. Europa no reconoce esos hijos y les niega el apellido, porque vaya a ver el A.D.N. prostituido que les anda por las venas.

Pesquero. Barco pesquero que olvida su quehacer. Pesquero samaritano de hombres rudos. Con callos en la sangre. Con cicatrices de lunas grises de tantas noches negras recosiendo las redes. Y hay que hacerse cargo de esta cosecha humana, cosecha de trigos negros, de negros juncos juncales. Cosecha de oscuros miedos, con hambres, muchas hambres en los ojos asombrados.

Pero nadie los quiere. Y se quedan como una isla. Rodeados de guardacostas por todas partes, encargados de negarles el pan y un pedazo de tierra que llevarse a las bocas de la esperanza. Deberían morirse todos: los del pesquero con su misericordia, los pobres con su pobreza. La misericordia y la pobreza son unos residuos que deben tirarse al mar, aunque contaminen. Lejos de las playas con bikinis que enmarcan muslos morenos. Allá las olas con su conciencia y con sus responsabilidades el viento. También los peces necesitan una ración de muerte cada día.

Van a condecorar al pesquero. Se vestirá chaqué de brisas verdes. Pajarita de estrellas relucientes. Y andará entre la espuma con una jefatura de olas blancas. Medalla para el hambre compartida, para la miseria fraternal, para el amor repatriado.

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