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Rebanadas
de Realidad
- Madrid, 20/03/07.-
Quien
ha tenido la suerte de vivir entre los pobres de Sudamérica comprometido
en la auténtica resurrección de los eternamente olvidados, de los invisibles,
de los que estorban en el banquete grande y espléndido del mundo, no puede
por menos que admirar la labor de los teólogos de la liberación que han
entendido y vivido la presencia de la Iglesia como una projimidad evangélica
con los pobres. Más aún: estros teólogos han comprendido con todas sus
consecuencias que la voz de los pobres se convierte en exigencia de projimidad.
Y frente al axioma eclesiástico de que fuera de la Iglesia no hay salvación,
Jon Sobrino defiende que la salvación sólo está en los pobres. No somos
los ricos los que salvaremos a los pobres, sino que son los pobres los
reales salvadores de los ricos. Y mientras esto no se comprenda, la Iglesia
vivirá en la farsa de una cruz invertida, necesitada de un giro copernicano
que la sitúe en la verticalidad de la realidad. Teología de la liberación:
evidente pleonasmo, porque una teología que no sea liberación queda reducida
a puro opio alienante.
Me
lo decía un día Helder Cámara: Dios no está para llenar estómagos vacíos.
A esos estómagos hay que darles pan y no resignación. El hambre no brota
de los designios de Dios sino de la programación exacta y calculada de
los ricos. Los pueblos ricos abastecen a los pueblos pobres de la cantidad
estrictamente necesaria para que estos sigan produciendo en beneficio
del capital. Y cuando a pesar de todo no son rentables, se les hipoteca
con cargamentos de armas y se promueve una guerra que extermine el número
sobrante.
Jon
Sobrino lo sabe, lo vive y lo enseña. Y la conciencia de la Iglesia no
soporta este reproche continuo de su testimonio, de su postura, compañera
de Ellacuría, de Monseñor Romero, del Obispo Casaldáliga y de tantos otros.
Los que murieron en aquella Universidad católica no estorban a los militares
asesinos ni a una Iglesia instalada en la riqueza, cómplice con su silencio,
que planta como escarnio supremo una cruz sobre sus tumbas. Jon Sobrino
se salvó de aquella matanza. Y es ahora Benedicto XVI el que dispara y
le prohibe la enseñanza porque los pobres no pueden dictar la conducta
de la Iglesia. Y deja en manos de la Compañia de Jesús y del Arzobispo
de San salvador el "castigo" que se le deba imponer. A Sobrino le castiga
el Papa por ser pobre, por vivir con los pobres, por defender a los pobres,
por hacerlos protagonistas de la historia de la salvación. Y en un documento
aparte el Papa condena a los homosexuales, prohíbe la comunión a los divorciados
y exhorta a los Obispos del mundo a declarar una guerra ideológica siguiendo
el ejemplo del episcopado español. Son beatificados curas, monjas y seglares
que delataron a sus hermanos no franquistas durante la guerra civil española.
Descubrieron a los rojos, los acompañaron hasta las tapias donde los fusilaron
y después rezaron por su eterno descanso una oración sacrílega. Merecen
ahora la honra de los altares, la gloria de Bernini, como ejemplos supremos
de santidad. A Jon Sobrino se le niega el más elemental derecho a opinar,
a exponer un evangelio auténtico, a vivir una pobreza salvífica y se le
hunde en la tumba del oprobio, del castigo, del olvido. El brazo de la
Santa inquisición es alargado y llega hasta nuestros días. La Iglesia
-que se lo digan a Rouco o Cañizares- está para defender privilegios (sueldos,
derecho a una enseñanza sectaria, a la administración de un patrimonio,
a convivir con una extrema derecha, a ser apoyo incondicional de dictaduras
asesinas) y no para defender a los pobres. Los pobres sólo tienen derecho
a morirse, con la ventaja de que esta primacía les otorga una precoz entrada
en un cielo que entre los ricos les hemos ayudado a conseguir. Y encima
van y ni siquiera los agradecen.
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