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ESPAÑA

Aznar, destructor

Por Rafael Fernando Navarro

Rebanadas de Realidad - Madrid, 08/11/07.- Los comentaristas políticos suelen referirse al Partido Popular y a su honorífica cabeza Aznar como al partido conservador. ¿Se dará algún punto de contacto con el Partido Conservador inglés, por ejemplo? Concluyan ustedes mismos. ¿No se daría una mayor simbiosis con Le Pen?

Tradicionalista, decía Ortega, es el que sitúa el pasado en su marco temporal exacto. Aparte la necesaria y poco frecuente distinción entre pasado e historia, quien no hace de su vida un proyecto de futuro permanece embrionado en un complejo de Edipo o Electra.

Aznar anda por montañas lejanas (me temo que nevadas) y desiertos remotos. Perdido está Aznar insultando la inocencia de la arena, blasfemando contra la elegancia de las palmeras y enfrentándose a los músculos del monte. Perdido. En la soledad más absoluta, sin un etarra que llevarse a la boca, sin ni siquiera tener la fuerza para hacer del terrorismo el terrorismo que él desea. Hasta el terrorismo de ETA, que atentó contra él, ha abandonado su prepotencia napoleónica. La ETA asesina mata, pero no donde Aznar quiere y exige.

Aznar no llega a la esférica categoría de la naftalina. Ni es tradicionalista, ni conservador, ni distingue pasado e historia. Es sencillamente un destructor. Allí donde pisan su pluma o su palabra no vuelve a pasar el viento. Nada ha quedado a su alrededor. Ni siquiera el oasis compasivo e ilusorio de un mañana. Sólo sangre irakí, sangre fechada el 11 del 3, sangre coagulada, sólo coagulada, de Rajoy, Acebes o Zaplana.

Aznar, sin dignidad de Quijote, enloquece contra los poderes de un Estado de derecho: destruye la justicia, convoca al Parlamento para repartir fotos de las Azores y lancea a un Gobierno surgido de las urnas porque en las urnas sólo intuye ataúdes elegantes.

Es repugnante la actitud de Aznar frente a los trenes humeantes. Su partido no perdió las elecciones el 14 -M. Las perdió en el momento mismo en que, desentendido de la tragedia de toda España, prefirió mentirle a la ONU, a las embajadas, a la prensa, a la ciudadanía. Las perdió cuando por boca del vergonzante Acebes llamó miserables a todos los que, comiéndose su pena, intuían los caminos oscuros de la sangre inocente.

Aznar no se ha reinsertado en una sociedad digna que sufrió la indignidad de Irak y que condecora de cariño a los peruanos, los rumanos, los españoles, los marroquíes que aquel día iban al trabajo y encontraron el infinito INEM de la muerte.

Este Aznar apóstata de la dignidad de una nación no merece ni el tercer grado de redención. En cada aula americana donde habla sitúa el mapa de España y clava en su costado todo el odio acumulado que le inyecta la FAES y la COPE. Le queda la asistencia espiritual del Cardenal Cañizares al que no le preocupan los muertos pero sí los muslos lésbicos de las rosas.

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