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Rebanadas
de Realidad
- Madrid, 12/02/08.- Las
diversas leyes de inmigración publicadas en España pueden resumirse en
las siguientes coordenadas: Nosotros, que pertenecemos a un país rico,
tenemos un problema y en vuestra mano de obra está la solución. En consecuencia,
permitiremos la entrada exclusiva que se adecue a nuestras necesidades
y seremos nosotros, los poderosos, los que fijemos las condiciones de
vuestra venida.
Una
ley concebida con este principal argumento corresponde a un país endogámico,
narcisista, que contempla su propio ombligo como centro del universo.
En el fondo subyace una conformidad capitalista que hace de las diferencias
humanas el muro vergonzante que separa a unos de otros. Los ricos siempre
tienden a aprovecharse de la esclavitud porque así disfrutan de su propio
complejo de superioridad. Todo debe hacerse dentro del orden que emana
del dinero y de un pensamiento político correcto y único que no moleste
a los propios conciudadanos. Porque lo que nos irrita de los que vienen
de fuera no es su color, su religión, sus costumbres, su distinta concepción
de la vida. ES SU POBREZA. Son aceptados sin reparos los ejecutivos de
Arabia Saudí, los sudamericanos (que no sudacas) que hacen filigranas
con un balón de fútbol. Pero los peruanos, los del cayuco, los de la patera
que traen anidada el hambre en las venas, esos deben llegar con una previa
legalidad contractual. A los primeros les concedemos inmediatamente la
nacionalidad española. Los segundos serán ilegales mientras nos convenga
para explotarlos en una economía sumergida, carente de derechos civiles
y sanitarios.
Nos
sobra orgullo y nos falta solidaridad. Orgullo de nuevos ricos que nos
lleva a olvidar que hemos sido necesariamente emigrantes y no siempre
legalizados en origen como ahora se nos hace creer. Y nos falta una solidaridad
que nos obligue a comprender que ellos tienen un problema, que nosotros
poseemos la solución y que en consecuencia les alargamos la mano fraternal
para que emerjan de su pobreza y compartan con nosotros el pan caliente
de la vida. Y casi nunca nos paramos a pensar (porque no nos conviene)
que es frecuente que esos países africanos o sudamericanos carezcan de
muchas cosas, no porque no las hayan tenido, sino porque históricamente
nos hemos encargado de apropiárnoslas. El colonialismo europeo sabe mucho
de esto aunque ahora se justifique por razones de un pasado oscuro y ya
superado.
Los
países europeos maquinan una estrategia que contenga la marea humana de
la inmigración. El gobierno italiano en tiempos de Berlusconi llegó a
pensar en la posibilidad de enviar cañoneros, no sabemos si para disuadir
o directamente matar. En España el partido de la oposición enardece a
las multitudes criticando regularizaciones que ponen en peligro nuestra
estabilidad económica. Se dice abiertamente que si la sanidad no funciona
bien es porque hay que atender a toda esa multitud que se nos ha colado
por las fronteras. Hemos hecho de la legalidad la norma suprema de la
vida. Lo importante no es el factor humano, sino la ley. Se habla del
peligro que corre nuestra cultura si nos la dejamos arrebatar por otras
extrañas. Y el mestizaje lo concebimos como una degradación. Hay más nazismo
del que creímos eliminar con la finalización de la segunda guerra mundial.
Izquierda
y derecha se colocan por encima de lo humano para situarse al lado de
unas leyes que declaran ilegales al hombre. Habría que tener muy claro
que unas leyes arbitradas para declarar ilegales a los hombres son en
sí mismas perversas y destructoras de una visión antropocéntrica irrenunciable.
¿Y
la Iglesia? Está ocupada en su medios de financiación, en condenar a gays
y lesbianas, en estudiar concienzudamente si se debe volver a celebrar
la misa en latín y en proclamar (oh paso gigante de modernización) que
el limbo no existe.
Voy
a buscar un rincón para llorar a escondidas mi condición de hombre rico
y europeo.
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