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Rebanadas
de Realidad
- Madrid, 02/03/08.- La
conciencia es el reducto donde el hombre se erige en sí mismo. Y a esa
íntima plaza, donde lo humano se hace uno, único, irrepetible e histórico,
le está vedada la entrada a todo el que es ajeno a la unipersonalidad
propia.
Todos
los dictadores tratan de llegar hasta esa interioridad para que nada auténticamente
humano se escape a su dominio. Pero históricamente han sido las religiones
quienes se han creído en el derecho de sojuzgarla, hasta el punto de sentirse
con el privilegio de dictar su orientación en todos los sentidos. A la
conciencia van dirigidas las leyes que deben ser cumplidas para armonizar
la propia conducta a las exigencias de los dioses y adecuar incluso los
pensamientos a las normas divinas. Y si el individuo no es consecuente
con esa legislación divina debidamente interiorizada, será maldito en
esta vida y arderá para siempre en el fuego eterno. Por eso los dictadores
son tales y las religiones no son democráticas.
En
contraste, las democracias deben practicar como norma primera y fundamental
el respeto a cada conciencia porque ella encarna la individualidad engendradora
del ser y la autocreación intransferible del hombre.
Los
Obispos españoles nos han dicho claramente a quién debemos votar porque
el programa de ese partido político se adecua mejor a las directrices
de la Iglesia. Aunque ese partido tampoco esté dispuesto a derogar leyes
establecidas por gobiernos anteriores, como el aborto o la unión homosexual.
El
Obispo de Sigüenza acaba de amenazar a los españoles con consecuencias
insospechadas si no seguimos las directrices de la Jerarquía: "La agitación
de la cuestión religiosa por parte del poder suele traer fatales consecuencias
para la seguridad, incluso para la integridad física de personas y bienes,
para el equilibrio de una sociedad y para la paz. Y el desprestigio de
las autoridades religiosas suele repercutir en el desprestigio de la autoridad
en general". Y el Cardenal Cañizares, Pelayo reconquistador donde los
haya, advierte que España dejará de serlo si se desprende de su fundamento
cristiano.
Esta
postura episcopal no es otra cosa que una intromisión en las conciencias.
Ponerle sitio a ese reducto íntimo y personal del individuo responde a
una actitud totalitaria y dictatorial. La Jerarquía sigue la inercia de
haber dictado la bondad y maldad de las conductas durante cuarenta años.
Y si los Obispos fueran capaces de ejercitar la más mínima autocrítica
llegarían a la conclusión de que están obligados a pedir perdón por haber
ejercido una dictadura de báculos mientras un generalísimo ejercía una
dictadura de pistolas.
Estamos
en democracia. Y la conciencia es la plaza donde el hombre convive amorosamente
consigo mismo.
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