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Rebanadas
de Realidad
- Madrid, 07/03/08.- Fuimos
niños de patria. Nos la clavaron en los pliegues del cordón umbilical.
Fuimos niños de Dios. Lo heredamos con los genes de quienes lucharon en
una guerra cuyo aniversario final celebramos por estas fechas. Macuto
de Dios y patria para el camino unidireccional donde todos los senderos
estaban tapiados y bien tapiados. España limita al norte, y al sur y al
oeste. España era un límite ideológico más allá del cual sólo había perversión,
comunismo, enemistad, herejía y ateismo. Se nos quedó el hambre dentro,
y el dolor de los muertos y un olor de ausencias. Pero teníamos Dios y
patria y montañas nevadas como horizonte. Una paz de tricornios y cementerios
blancos. Veinticinco años de paz, y treinta y Plaza de Oriente para siempre
y Valle de los Caídos.
Quedaba
el mar. Como una lanzada abierta en el costado. Y por el mar, Europa.
España buceadora, braceando de ola en ola hasta alcanzar orillas imprevistas.
Franco no había contado con el mar. No aguantó una España abierta por
la izquierda. Y se murió porque el mundo se le atascó en la femoral, como
una cornada grande, paquirri-pozoblanco venido a menos, cubierto de crespones
negros, peones de plata llevando el cuerpo, hasta la mortaja de piedra
entre los montes.
Tuvimos
sensación de anchura, de amplitud. Fuimos mayores de golpe, sin cursar
adolescencia. Lanzados hacia delante, irremediablemente verticales. Nos
vino Europa. Globalizó positiva y negativamente. Los pirineos fueron un
adorno sobre el televisor. Como el torito negro que engalanaba saloncitos
alemanes. Se nos universalizó el alma y hasta Dios debería hacerse grande,
europeo, laico, compañero o extraña y asfixiante raíz. Dios hizo lo que
pudo, lo que le permitieron Rouco y Cañizares. Se nos fue quedando, rezagado.
La patria fue algo distinto. Se la apropió la derecha. Y como cuando Franco,
se convirtió en reducto. Cabía la patria en la Castellana, banderas al
viento. Y en las manos del Alcaraz prostituyendo el dolor. Y la llevaban
en procesión, con su dios rajoy-pequeño, desde Alcalá a Sol. Patria paseada
los sábados por la tarde. De cinco a siete. Credo final y villancincos
nacionales. De vuelta del nuevo parque sindical hasta la bandera que viene,
hasta la patria como unidad de destino en lo universal. Fuimos niños de
Dios y patria. Somos hombre de patria en pecho. Dios tuétano en nosotros,
medinaceli y gran poder, cristos morenos por la cintura estrecha de Sevilla.
La
patria crea antipatria. El patriota, antipatriota. Surge la exclusión,
el otro como extraño, como enemigo, más que adversario. Se erige el credo
único, el que excomulga, el que divide, el dogmático, el endogámico. Debe
destruirse el suburbio, el chabolerío marginal. Es mandato de la patria.
Angel flamígero, exterminador. Tapiado el paraíso. Cercado. Extranjerías
vigentes. Nadie sin papeles. Muros altos contra invasores foráneos, contra
dioses sin túnica nazarena, contra vírgenes pobres y musulmanas. Que entren
sólo los que cotizan en bolsa porque hacen patria en el parqué. Los emires
de petróleo negro, los buhses que programan guerras prósperas, enriquecedoras,
los aznares antibalcánicos, los zaplanas-pegamento-imedio que no permiten
la rotura estremecedora de España. Reservado el derecho de admisión. Sólo
novios de la muerte. Caudillos Buesa y Rosa Díez: presentes!
Fuimos
niños de patria. Hoy sólo somos indecentes expatriados.
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