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ARGENTINA

En la hora más critica de la nación, el Ejecutivo desconoce el reto político de la hora actual

Tras el acto multitudinario y popular del campo en Rosario vuelve a negar otra realidad, así como lo hizo con la inflación ahora lo hace con el agro.
Por José Marcelino García Rozado

Artículos de José Marcelino García Rozado editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 28/05/08.- El gobierno ha hecho sólo, el milagro de lo que la oposición no pudo desde que el kirchnerismo se montó en el poder en el 2003. Esta larga e innecesaria confrontación con el campo terminó dándole una guía señera, y hasta un rumbo, a una oposición desperdigada; esta nueva energía política y esta razón para bocetar la unidad impensada hace apenas cien días escasos. Tal vez esa unidad sea apenas una circunstancia, pero no existe -salvo en nuestro país- gobernante en el mundo civilizado que se solace con la unidad de todos los dirigentes opositores.

El Gobierno vuelve a repetir que no habrá marcha atrás con el sistema de retenciones móviles a las exportaciones de granos; pero existe una alternativa sin vulnerar eso que es planteado como una declaración de "principios", y eso es simplemente corregir el régimen, tal como lo propuso por escrito en la última reunión de los Fernandez con los dirigentes agrarios y consensuándolo con aquellas otras que éstos le acercaron ese mismo día. Los contenidos de ambos documentos pueden compatibilizarse, dando rápidas respuestas técnicas a ser instrumentadas en "no más de un día", y logrando reabrir sinceramente los canales de diálogo.

Las experiencias políticas difícilmente se repitan calcadas, pero el Gobierno de Cristina debe intentar aprender de los errores del pasado, aún dispone de tiempo - aunque muy poco - para remontar los efectos del conflicto , pero dispone también una contra en esta pulseada con el agro, ya no está fuerte como lo estaban otros gobiernos cuando pulsearon en situaciones similares (Menem julio 1994 paro agrario de diez días) blindado para una enorme mayoría del pueblo argentino por la estabilidad y la baja inflación; algo que hoy no es así primero, porque esta gestión recién comienza pero no es registrado de esa manera por la sociedad que en el imaginario colectivo la nexan a los cuatro años de Néstor. Después porque el encantamiento popular que produjo la salida de la crisis -generada por la decisión política del Presidente Eduardo Duhalde y no del matrimonio como falazmente se la quiere presentar-, el crecimiento económico y las mejoras sociales fueron perdiendo efecto.

Un claro y profundo desencanto es empujado por la inflación rampante, más allá de la negación oficial del problema y por un estilo político útil solo en tiempos anárquicos, pero absolutamente refractario socialmente cuando se recobra algún grado de normalidad; el Gobierno cristinista parece desconocer el horizonte político inmediato por delante, porque ese horizonte le plantea interrogantes sobre el modo de conducir desde el Estado hasta las negociaciones con los dirigentes de las entidades rurales. Cuando toda el pueblo de la Patria esperaba un mínimo de racionalidad, humildad y sabiduría para sortear este conflicto por parte de quienes tienen sobre sus hombros la enorme responsabilidad, delegada por la ciudadanía, de conducir los destinos nacionales, éstos contra toda lógica pretenden convertir el conflicto en una contienda a todo o nada y donde el perdedor quede de rodillas y a merced del triunfante.

¿Esperaban un pobre acto opositor para quitarle trascendencia? ¿Esperaban que menguara el espíritu opositor incentivado con dichos y actitudes confrontativas y provocativas de su parte? ¿La falta de señales de diálogo podía convertir ese acto en otra cosa que una expresión aún más rabiosa?

El cristinismo hizo tibios intentos para desactivar el acto, tibios porque conoce los márgenes de la dirigencia rural y que el gobierno se encarga permanentemente de achicar aún más. Tan estrechos que los autoconvocados sólo por inteligencia -algo que parece faltar en el sector del poder- decidieron acatar la tregua, más allá de que es allí donde se hallan enquistados sectores radicalizados que imaginan, parecidamente al pensamiento matrimonial, esta pulseada como "una batalla final". Para hacer justicia -algo que el ejecutivo parece desconocer- se debe señalar que partió del Gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, ese intento pero rápidamente comprobó que resultaba imposible; igual actuó el santafesino Hermes Binner logrando el mismo resultado, es que el Gobierno Nacional tozudamente profundizó el conflicto, agravando la ya muy grave situación existente -previa al acto rosarino- al reunirse con aquella dirigencia campesina sin propuesta alguna en el sentido de superar el conflicto.

Primero fueron los intendentes -opositores, aliados y hasta oficialistas-, del interior profundo quienes hicieron llegar a la Casa Rosada la inquietud de que las bases populares estaban abandonando apresuradamente los campamentos orgánicos para pasarse a las filas abiertamente opositoras; luego se agregaron a ellos algunos gobernadores -unos abiertamente como Córdoba y Santa Fe y otros menos públicamente como Das Neves- , a ellos se agregaron insignes figuras del peronismo nacional como el Senador Carlos Reutemann y el Diputado Jorge Busti ambos ex gobernadores, quienes remarcaron aquellas originarias informaciones intentando lograr la cordura y la sabiduría del matrimonio Kirchner. La oposición se encontró de repente con una escena pública a disposición que nunca pudo imaginar, realmente imposible de imaginar al inicio del mandato cristinista, pero la explosión espontánea del campo y, muy especialmente, la terquedad y soberbia del Gobierno la hicieron posible.

Eliminar el extremo techo del 95% -realmente confiscatorio e inconstitucional- permitiría reactivar el diálogo, dándole ciertas básicas garantías a los productores; pasar a un techo del 45% con movilidad incluida, pero partiendo de una base de imposición 0 % para pequeños productores -menos de 500 Tn.- o aquellos otros de zonas desfavorables o las de aquellos que se sitúan en la periferia de la zona agraciada y subiendo a un 10% para aquellos medianos productores -menos de 1500 tn- y gravando con retenciones móviles a los grandes productores, los exportadores, los pooles de siembra, los aceiteros y los molinos dedicados a producir para la exportación que tributarían del 20 al 45 % según los precios internacionales y en forma progresiva eliminando las operaciones especulativas basadas en rentas financieras, incentivando la expansión agropecuaria tanto de rindes como de superficies hacia zonas hoy no rentables, ya sea por distancias a los centros y puertos acopiadores como por estar en zonas desfavorables para la agricultura y la ganadería..

Los funcionarios saben desde hace tiempo que allí está la salida, si se quiere incentivar la producción de granos, la cárnica, la lechera, la de los productos regionales. Pero si se mantiene este jueguito de ganadores y perdedores, del digo pero no digo, del concedo siempre que no se note y del grito pelado, la descalificación y el patoterismo venal estamos mal, muy mal. No son ninguna novedad, a esta altura, todos los efectos que esta interminable contienda ha provocado, y la que todavía puede provocar; pero además ha acentuado los muy visibles problemas de gestión de este Gobierno, haciendo recrudecer las internas de palacio y los primeros síntomas de descomposición del "aparato" de apoyo partidario. Mirada desde las políticas concretas, la Administración Pública luce casi paralizada, y en la generalidad de los casos -cuando esto no es así- los resultados son necesariamente poco felices, debido al excesivo centralismo de la toma de decisiones. Nada parecido a una lógica cadena de mandos, poco o casi nada que facilite la bajada de líneas claras.

Cuando los problemas y las soluciones resultan inevitablemente complejos -porque así lo impone el espacio de acción- suena a razonable aceptar que el debate de ideas agrega alternativas, más allá de en quien queda la decisión final. La pelea del campo se ha sumado a muchas otras cuentas pendientes, entre las que descollan la inflación, las penurias energéticas, las desigualdades sociales, la falta de inversiones genuinas y sostenidas, la inseguridad, la institucionalización; pero con más o menos tiempo requeridos para solucionarse, todas requieren de tres condiciones encadenadas, hoy inexistentes: contar con equipos aptos, acertar con los diagnósticos y dar con las mejores respuestas posibles, pero existe una más necesaria, previa e imprescindible a todas aquellas : admitir las dificultades.

Cuando el Pueblo ve que la calma lograda hace apenas siete días duró menos de lo pensado, y la "mesa de diálogo" se transformó, a pesar del clamor popular por el acuerdo, en otra "mesa de arena" de una pelea o riña lo que sí se está notando claramente son los primeros, y por desgracia no los más dañinos, efectos del conflicto del campo. Consecuencias que no tienen que ver solamente con los cortes de ruta, discursos más o menos encendidos y del estado psicológico de los contendientes, sino con la economía de todos los días y a todos los sectores involucrados, que es decir con la Patria en su conjunto. Pero el principal elemento que nos deja este conflicto es el incesante aumento de la incertidumbre sobre la organización económica nacional, no solo para los extranjeros, sino que ya a llegado a las decisiones económicas más sencillas y por lo tanto a la gente.

Las dudas incrementadas durante estos casi 80 días sobre lo que terminará pasando con el conflicto afectan gravemente el crecimiento del consumo y las mismas decisiones de inversión, impactando además -y no por culpas de los chacareros precisamente- en la inflación. Ya hay muchos precios más altos en dólares, más altos que antes de la crisis, en alimentos y servicios; en la ya conocida política del "por si acaso" tan arraigada en la conciencia argentina. Los ahorristas están retirando los pesos de los bancos y comprando dólares y al haber menor liquidación de parte de los exportadores comienza a subir el valor de la divisa, y para contrarrestarlo el BCRA vende moneda americana perdiendo reservas -esas tan ponderadas por el matrimonio K- ; generando la primer consecuencia palpable de la pelea campo-gobierno: el dólar. Rumores infundados algunos tanto en la city como en la sociedad llevaron a los pequeños y medianos inversores a retirar los ahorros de los bancos, como consecuencia de la desconfianza generada con el lanzamiento de las retenciones móviles desplegando un manto de sospechas sobre la solvencia fiscal.

Si le sumamos el despropósito de las declaraciones de Lousteau cuando en el BID planteó un préstamo de U$S 8 mil millones y un "canje de deuda", haciendo mucho ruido y generando el inicio en la caída de los bonos, hoy agravada por la incertidumbre exacerbada por la pelea inconclusa. A este impresionante derrumbe de los bonos siguió la corrida cambiaria provocando una sangría de casi U$S 1.500 millones de las reservas, incidiendo negativamente en el factor anticíclico de éstas. La disminución de los depósitos bancarios ya es una realidad -aún no muy grave- bajando principalmente aquellos menores a $ 500 mil; la baja en las exportaciones de más del 30% comienza a ser palpable aunque aún no muy significativa debido al proceso inflacionario que las disimula, pero aquí aparece el otro gran problema argentino: la inflación potenciada por el conflicto ya muy disparada desde el segundo semestre de 2007 permite por un lado tapar la caída en la recaudación pero exacerba el deterioro impresionante de los salarios, convirtiéndose en un nuevo impuesto recaudatorio.

Tratar las retenciones como "el problema" es simplificar el conflicto, otras cosas debajo de la superficie fueron las detonantes de esta pelea y por lo tanto lo que impide evaluar seriamente las consecuencias. Los colchones fiscal y comercial permiten todavía superar esta mala experiencia, pero si el mismo continúa -como hoy se prevé- por la impericia y tozudez gubernamental no van a alcanzar. A la perdida real de los mercados tan duramente conseguidos y la de los tradicionales que comienzan a buscar nuevos y más confiables mercados, como lo hace hoy Brasil con el trigo, y que prolijamente se oculta desde el gobierno siendo realmente muy serio y preocupante hacia el futuro, se suman los déficit energéticos, de combustibles, de inversiones genuinas, de ahorro interno, etc. presentando un panorama muy desalentador.

La desconfianza genera mayores costos y una real caída en la rentabilidad -el caso paradigmático es el maíz, que si es argentino cuesta menos porque los compradores no saben cuando lo recibirá-, la cadena de comercialización y distribución está totalmente distorsionada; los precios internacionales luego de la disparada del 2007 se está estabilizando y atentando también contra la rentabilidad erosionada por los impuestos, los mayores costos de producción, el aumento de los arrendamientos y la nueva movilidad de las retenciones que aún cuando bajó el precio internacional aquí por efecto de la nueva normativa ha subido. El gobierno confunde gordura con hinchazón, y apoyado en las encuestas que marcan que el 75% del pueblo está pidiendo el arreglo del conflicto cree que se ha pasado a su bando, desconociendo la realidad que si bien marca aquella encuesta como real, no observa que el mismo por ciento le ha perdido confianza tanto a la Presidente como a su gobierno. La imagen positiva de Cristina no llega al 25%, la del gobierno no alcanza el 27% y la del consorte apenas orilla el 30%.

A su vez el campo debe ser consciente que no puede erosionar la legitimidad obtenida por las medidas a llevar a cabo, ni debe permitirle al Estado y sus venales funcionarios las rendijas de la aplicación de la ley por sedición o desabastecimiento, sin necesidad de que lleguen a aplicarles la de defensa de la democracia. El gobierno kirchnerista no ha logrado aún explicarle al pueblo la lógica, ni el objetivo, ni el funcionamiento de la mecánica implementada de confrontación del final de batalla que legitime lo que para la enorme mayoría forma parte de la intransigencia y soberbia oficiales. Mantener este conflicto donde ambas partes -y el pueblo- pierden no pareciera ser, ni aún desde la más obtusa de las mentes, un escenario que pueda mantenerse sin cambios y encorsetando a la Patria.

Cesar Gagliardo en nota de Clarín del 25/05/08 demuestra sin fisura alguna las "verdaderas cifras del conflicto" al analizar lo que percibe el Estado por hectárea de soja sembrada -en zonas de 3 mil toneladas de rinde- llega a demostrar que el gobierno embolsa $ 2.350 de retenciones, IVA, IIBB, impuesto al cheque; a ese monto se le debe sumar el impuesto a la ganancia (35% mínimo sobre la rentabilidad que puede incrementarse según la posición fiscal del productor), el impuesto inmobiliario, el municipal y a los bienes personales en el caso de ser propietario de la tierra. Hay U$S 14 mil millones de excedente en el aporte por el aumento de las retenciones y todos aquellos otros impuestos que terminan en las arcas del Estado solo por la soja, si le sumamos la de los otros cultivos -trigo, girasol y maíz- esa cifra se incrementa hasta los U$S 19,94 mil millones, pero dejando de considerar otros cultivos que realizan aportes fiscales con retenciones menores o sin ellas -sorgo, arroz, cebada, y otros-. Las pérdidas de los productores durante estos 70 días pasados llegaron a más de U$S 600 millones, sin considerar el transporte.

Pero también se remarca que los costos de producción se incrementaron por inflación o por aumentos internacionales entre un 333% -fosfato diamónico- un 228% -urea- e informando que mientras unos años atrás (2002) sembrar una hectárea costaba $ 36 hoy cuesta $ 78, los fletes en ese período subieron un 150% y las semillas se incrementaron entre un 60% y un 110%.

Al problema agrario, y al inflacionario se le está sumando ahora un nuevo problema y éste radica en el aumento muy significativo de la deuda durante el año pasado. Al consolidar las cuentas públicas, los números fiscales no "lucen tan positivos" como se los pretende presentar a diario; debiéndose a una serie de gastos corrientes, intereses y ajustes que por no estar pagándose -se cancelan con títulos o se suman al pasivo- incrementan la deuda y se convierten en la principal razón de que luego del default y el consiguiente quite producido durante su renegociación vuelva a estar en $ 402.642 millones o sea U$S 127.418 millones incrementándose solamente en 2007 en $ 39.702 millones. Hoy el país tiene realmente un déficit de cuenta corriente cercano a los $ 2.057 millones y no superávit como quieren engañarnos desde el Estado -apalancado sobre el superávit de la Seguridad Social, los Fondos Fiduciarios y otros- que sirvieron para tapar el rojo creciente de caja.

Las obligaciones contraídas en moneda extranjera -incremento del tipo de cambio nominal- aumentó la deuda en $ 19.390 millones, el ajuste por CER (por suerte mentiroso a instancias de Guillermo Moreno) agregó $ 14.404 millones, reconocimientos de deuda nueva suman también $ 9.818 millones -capitalización de intereses de bonos y renta no pagada al Club de París-; a todo esto se deben sumar $ 2.454 millones por saldos bancarios, asistencia financiera a provincias, constitución de garantías y otras operaciones financieras. Claro que si se los excluye habría un "ahorro" -postura oficial- o ajuste técnico, igual a la economía de finanzas creativas de Enron y tantos otros desfalcos internacionales, de $ 11.025 millones. La realidad es que hay $ 37.645 millones que no aparecen en las planillas fiscales del Tesoro, pero son gastos que deberán pagarse en los próximos años, y eso es incremento liso y llano de la deuda externa Argentina.

Pero como si esto fuera poco, crisis-pelea con el agro, inflación desbocada, aumento de la deuda externa y déficit fiscal serio, se debe agregar un problema que no por viejo y de arrastre del anterior período gubernamental -2003/2007- deja de ser sumamente importante y preocupante. Estamos hablando de la "pesada herencia energética heredada de Néstor" y que nos plantea una nueva dicotomía ya que si para empezar a solucionarla recomponemos las tarifas podemos enfriar la economía (ese mal tan declamado por la pareja gubernamental), pero si no lo hacemos terminamos exacerbando la inflación; es así que ahora que llueva o no ya no es tan solo un problema agrario, sino que incide directamente en el problema energético nacional. Ante los primeros y suaves descensos de las temperaturas la escasez de gas natural a impelido a los cortes de suministro industrial, si ha esto sumamos los solapados aumentos de los combustibles líquidos, la pertinaz falta de gas oil, los subsidios cruzados para tapar el sol con la mano y que nadie sabe donde terminan realmente, el panorama energético nacional es muy oscuro y poco transparente.

La energía es un problema real en el país. El Índice Monitor de Precios de la Energía (IMPE) que mide la distorsión de los precios de la canasta energética argentina -petróleo, combustibles, gas y electricidad- da 0,69 o sea que una canasta energética que en la región cuesta $ 1, en nuestro país sale $ 0,31, o sea que deberíamos triplicar los precios de la canasta energética para alcanzar los precios regionales; eso sin considerar que hay ocultas otras distorsiones tales como la de las tarifas domiciliarias residenciales mucho más retrasadas aún. Estas significativas distorsiones ha hecho que en el tiempo las recomposiciones sean muy dificultosas -tarifas sociales mediante- por su incidencia en el poder adquisitivo de la totalidad del pueblo argentino. Una recomposición real de tarifas, que incentive y genere inversiones imprescindibles en el rubro energético, que descuente inflación resta poder de compra y afecta el patrón de crecimiento actual, muy dependiente del consumo doméstico, desacelerando las economías.

Pero de no haberla, el desencuentro entre oferta y demanda energética doméstica nos obligará y nos obliga a importar cada vez más energía con precios atados a un barril petrolero de U$S 130 y a un gas natural líquido de entre U$S 15 a 18 el MMBTU, cuando en la actualidad los precios nacionales que se abonan son de U$S 42 por barril petrolero y U$S 1,4 el de MMBTU. Esas diferencias engrosan y engrosarán las cuentas de subsidios millonarios que crecen exponencialmente y que beneficiarán más a los países ricos en energía de la región, por la falta de criterio de nuestras actuales autoridades. Los subsidios se pagan con los impuestos y no dejan inversión de arrastre, la inversión pública en energía deberá sustituir a la privada y financiarse con recursos y fondos públicos, aumentando el gasto, erosionando los superávits y retroalimentando la inflación.

Estamos ante un precipicio por ambos lados de un estrecho corredor económico que el Gobierno pretende ocultar, engañando cotidianamente a la población. Recomponemos y enfriamos o no lo hacemos y exacerbamos la inflación. Tarde o temprano -con un gobierno serio y responsable hubiera sido temprano más que tarde- habrá que asumir la recomposición tarifaria y de precios de la canasta energética a partir de los precios regionales o internacionales, encarar las inversiones postergadas en prospección y perforación petrolera y gasífera que nos permita volver a autoabastecernos y dejar de depender de los costos internacionales. Más temprano que tarde deberá hacerse la corrección y reparación que requiere con urgencia el motor del plan -mal llamado modelo- productivo, la chapa y pintura que se quiere realizar no alcanza, y si de una vez por todas las autoridades se deciden a encarar los problemas para solucionarlos y no como ahora que se busca complicarlos, es posible que luego del inevitable período de sacrificios populares de escasez y restricciones, de aportes de los que tienen para hacerlo y de mucho patriotismo de todos pero especialmente de las autoridades de turno, nuestra Patria vuelva al destino de grandeza que Dios y la naturaleza nos ha reservado.